viernes, 23 de marzo de 2018

Zonzo

Joan Cornellà, Fail Better Press.

Bucear en el subconsciente

¿Acaso soy el único que piensa que los cómics de Joan Cornellà son acogedores? Dan ganas de vivir en ellos y lo digo en serio. Déjenme explicarles antes de que me lapiden. Si quitas a los asesinos, pederastas, coprófagos, pirómanos, racistas, cocainómanos, suicidas, depredadores sexuales, misóginos, infanticidas, en fin, toda la gama de depravación que puebla la obra del historietista barcelonés, nos queda un entorno idílico para la vida humana.

Fíjense en los fondos. ¿No es una invocación de los barrios gringos de la posguerra, de aquel estado de bienestar inmortalizado por el Hollywood de los 50, en el que un sujeto corta el césped con una máquina podadora bajo un sol radiante y saluda con una abierta sonrisa a una mujer que pasea a su mascota

El placer de sumergirse en los colores pastel, el sentido del orden y de la pulcritud que rige los espacios de sus historias, el diseño de página invariable (clara apuesta por las seis viñetas, con contadas excepciones), su distribución simétrica. Un universo impecable, ideal para reproducirse y morir, de no ser por el resto. En la unión del primer término (personajes) con el segundo (paisaje) está la clave de su tercer libro, Zonzo. Allí se da un contrapunto entre sordidez y armonía.

Esta sensación de repulsión-atracción toma más fuerza si se repara el vestuario de los personajes de Cornellà. Tipos de saco y corbata, mujeres elegantemente vestidas y peinadas. ¿Acaso es una realidad alternativa en donde las buenas maneras están estrechamente ligadas a lo inhumano?

Traicionar el sentido común

El libro contiene 48 historias autoconclusivas, un estilo que el catalán ha desarrollado y divulgado en internet, en donde es muy famoso. El volumen recopila varias de sus “tiras de una sola página” más célebres, como las llama. Es una edición de tapa dura, con impresiones en papel Kimberly. El patrón se repite: un empaque sofisticado para lo abyecto.

Pero la maldad de sus cómics no sería nada sin la irrupción del absurdo. Cornellà defrauda el sentido común del lector, quien espera que el horror lógico surja de situaciones como un bebé que se rompe la cabeza al golpearse contra una mesa o de un niño apuñalado en el pecho por un cazador. En cambio, al final de esas tragedias se topa con la sonrisa malsana y cínica de los personajes (marca registrada del autor), todo al servicio del sinsentido.

Varias historias parecen una inquietante violación de las certezas moralmente acordadas, sobre todo en estos tiempos de corrección política a ultranza: desde un sujeto que utiliza a un vagabundo sin extremidades como patineta hasta un policía que cruza victorioso la línea de meta de una maratón tras dispararle a un corredor negro.

Pero su fin no es la burla, sino todo lo contrario, una crítica encubierta de cuestiones como el racismo, los videos de gatos en internet, la lucha por los derechos de las minorías, entre otros aspectos. Una caricatura llevada al extremo sobre la banalidad intrínseca de nuestra sociedad.

Zonzo puede leerse rápidamente por el carácter esquemático de la narración y la ausencia de globos de diálogo, aunque lo paradójico es que este tipo de lectura no es la mejor forma de enfrentarse al libro. En cada viñeta hay detalles que exigen concentración y pausa, elementos intrigantes y ambiguos que invitan a la interpretación. No es un libro puesto en bandeja con un tono explicativo. Propone un margen para especular sobre lo que quiere transmitir.

Imagino a Cornellà como un buzo, que desciende hacia las profundidades del subconsciente en busca de fantasías pasadas de rosca y que al encontrarlas las conduce a la superficie, en donde humedece su brocha para darles una manito de colores pastel. Quizás el punto de Zonzo y de su obra es que hasta lo más aberrante puede tornarse encantador con la pizca justa de magia.

¿Han visto las películas de John Waters o leído los cómics de Simon Hanselmann? A eso me refiero.

Libélula Libros

martes, 13 de marzo de 2018

Historia de un cerco personal de Lisboa


Resultado de imagen para sostiene pereiraEn los insomnios casi siempre llueve, llovía también esa madrugada que conocí a Tabucchi, sin saber que se trataba de él, llovía en el hotel de esa ciudad que parece haberse congelado con la imagen de una mujer que mira Sostiene Pereira, en un televisor que permanece encendido todo lo que dura la madrugada.

A Tabucchi lo conocí en una película que iba por la mitad, en una película que era más el rumor de una Lisboa que no ha dejado de llamarme desde entonces, el personaje parecía haber nacido para ser narrado por mí, pero otro adorador de Lisboa y la lengua portuguesa la había escrito.
Sostiene Pereira que, gracias a
Los últimos días de Fernando Pessoa, conoció a este poeta que se multiplicareía en sus múltiples heterónimos, que más tarde viviría en El año de la muerte de Ricardo Reis, de la mano de Saramago.

Desde esa madrugada de insomnio, no he parado de buscarlo; fui a la Rua dos Douradores, navegué por su
Libro del desasosiego, por su vida Plural (de nadie), por su Banquero anarquista, por su Hora del diablo y, sobre todo, no hice más que repetir en otras tantas madrugadas “cuando vine a tener esperanza, ya no sabía tener esperanza”, que a estas alturas de la vida ya no sé a quién le pertenece.

Llevaba su
Libro del desasosiego como un talismán, tanto que lo perdí en algún vuelo, lo recuperé en alguna otra caída; tanto lo leí, tanto bebí de él que cuando me asomaba a las palabras ahí estaba, outra pessoa, posesionada entre la bruma y la distancia de una ciudad sitiada a 2.800 msnm.

Lo conocí en un febrero lluvioso de 1999; también llovía un ocho de marzo de 1914 en aquella habitación de la calle Passos Manuel, esa madrugada
 que pergeñó o fue pergeñado por todos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Antonio Mora, los heterónimos de su vida plural y alquimista, como relata Vicente Valero en El arte de la fuga.

Y como una ciudad puede contener otras memorias para albergar
Autobiografías ajenas, El invierno en Lisboa me había anunciado antes Antonio Muñoz Molina, y más tarde, muchos años más tarde, lo volvería encontrar en Aquí nos vemos, de John Berger, y en medio de esta niebla, una amiga alemana antes de perderse para siempre, como el personaje de la novela de Pascal Mercier, me la recomendaría con tal pasión que lo buscaría con un empeño semejante al de Blimunda en Memorial del convento, de Saramago.

Desde aquella noche lluviosa, no he hecho más que embarcarme en un
Tren nocturno a Lisboa, solo así he podido leer a estos autores, con la lucidez del insomnio, ese reverso de la realidad; quizá Lisboa y todos los que han escrito sobre ella no sean más que Sueños de sueños, ese estado del que es inútil despertar, porque todo lo que he leído desde entonces habla de Lisboa, aunque no contenga su nombre.
Libélula Libros

lunes, 20 de noviembre de 2017

La idea de Europa

George Steiner, FDE. Trad. María Cóndor.

Dice Claudio Magris, en favor de Grecia, que su sufrimiento es el sufrimiento de Europa.  Los latinoamericanos debemos decirlo, pero de Europa toda; su probable desmembramiento producto de nacionalismos chovinistas debe dolernos porque somos resultado de una mixtura que tiene su principal sustrato en ella.  Steiner leyó en el Nexus Institute su conferencia La idea de Europa, y conviene leerla ahora que presenciamos las manidas reivindicaciones regionales que siempre han devenido en racismos y comportamientos insolidarios, precisamente porque tales comportamientos contradicen aquella Europa que se ha gestado durante siglos. Según Steiner Europa se manifiesta especialmente a través de sus cafés y de la conversación que en ellos surge, en medio de un fuerte y decidido reconocimiento de la historia que proviene de Grecia y Jerusalén y que de paso le hace mantener un sentido trágico del hombre. Pues bien, esos chovinismos que solo tienen origen en intereses económicos debilitan aquella Europa de la que Heródoto dijo, según recuerda Steiner: “Todos los años enviamos nuestros barcos con gran peligro para las vidas y grandes gastos a África para preguntar: ‘¿Quiénes sois?, ¿Cómo son vuestras leyes?, ¿Cómo vuestra lengua?’ Ellos nunca enviaron un barco a preguntarnos a nosotros”.

Porque nos heredó ese asombro, así como la idea de que lo trascendente tiene origen en el libro, y en “la sacralidad del detalle mínimo” de que hablaba Blake, debe dolernos Europa y debemos advertir lo que está en peligro justo ahora que una rediviva barbarie pretende volvernos atrás. Mientras los europeos parece que quisieran diluirse, un supuesto califato campea queriendo extender su territorio de Persia al Andaluz.  Alguien debería actuar como los monjes irlandeses resguardando lo sagrado hasta que los barbaros se replieguen y los demás reaccionen. Mucho pedir, sin duda. Y claro, suena muy apocalíptico, cosa que a nadie agrada.
pfa
Libélula Libros

viernes, 17 de noviembre de 2017

Stoner

John Williams, Fiordo. Trad. Carlos Gardini.


El mejor escenario es cuando el libro del que uno quiere hablar trae sus propios adjetivos, de modo que uno sólo tiene que tomarlos prestados y aplicarlos, y de paso citar la propia obra. Por ejemplo, en el caso de
Stoner, podemos usar las palabras del narrador de la novela al referirse al libro que publicó la mujer de la que el protagonista se enamoró: “La prosa era elegante y una lucidez distante y aplomada encubría su apasionamiento”.

El narrador de Stoner cuenta lo que pasa en la novela con una distancia que no es la de la frialdad antipática hacia el objeto descrito, sino la del que se aleja como con un gesto de consideración, de buenas maneras, que en este caso es acorde con la personalidad del protagonista y con todo lo que a éste le sucede. Y sí, de hecho sirve para encubrir el apasionamiento de la novela, como si esta pasión no quisiera ser invasiva sino llegar a nosotros de manera respetuosa. Esta pasión así comunicada es más efectiva que otra probable que nos atropellara. 

La cortesía también está en la cadencia de los acontecimientos: las cosas que le suceden al protagonista son casi previsibles, evitables, y se llega a ellas sin rodeos ni florituras, como si de otra manera el narrador se hubiera permitido sofisticaciones inapropiadas.

Esta manera distante, pudorosa y, sobre todo, leal y consistente, es la identidad de William Stoner, el protagonista de la novela. Y esa personalidad se refleja perfectamente en la consecuente vida del personaje.

Al final de su vida, por ejemplo, Stoner reflexiona que “había querido ser profesor y se había convertido en eso. Pero sabía, siempre había sabido que la mayor parte de su vida había sido un profesor indiferente. Había soñado con cierta integridad, una especie de pureza plena; se había resignado a las concesiones, a los embates y desvíos de la trivialidad. Había atisbado la sabiduría, y al cabo de largos años había hallado la ignorancia. ¿Y qué más?, se preguntó. ¿Qué más? ¿Qué esperabas?, se preguntó”.

Qué esperabas”, se pregunta Stoner como seguramente nos preguntaremos todos en algún momento. La pregunta que plantea esta novela es probablemente si hay o no dignidad en el fracaso. Estoy pensando en el final de esta reseña y ya me suena efectista, pero ni modo, así fue. Al final de la novela, cuando Stoner está muriendo y pensando en “el fracaso”, de repente le parece que “esos pensamientos eran mezquinos, indignos de lo que había sido su vida”.

Me quedé en vilo. Yo sabía que en ese momento de la novela ocurriría la necesaria epifanía que nos reivindicaría a todos. Lo realmente sorprendente es darse cuenta de que no se necesita tal epifanía. Esperarla también es mezquino. La novela de John Williams lo prueba desde la primera página.


ACLI

martes, 14 de noviembre de 2017

La ciudad de las despariciones

Iain Sinclair, Alpha Decay. Traducción y prólogo de Javier Calvo.


Resultado de imagen para Nicholas HawksmoorHe caminado Londres en busca de las iglesias de Nicholas Hawksmoor, para encontrar en la sombra de sus torres lo que este arquitecto del siglo XVII ocultó en las ubicaciones de los edificios y en sus fachadas. He caminado Londres para reafirmar que los perros otorgan estatus a quienes los pasean y para quienes trabajan. También he caminado tras el funeral de un gran criminal. Y he caminado Londres para asquearme de las vallas publicitarias tan familiares para cualquier citadino —porque en las ciudades contemporáneas uno las encuentra por doquier—, y para reconocer la existencia de David Mills, el Hombre de los Búhos, un hombre admirable que cuida aves rapaces heridas y tuvo que marcharse de Hackney, un barrio londinense, por ser un desconocido para la historia oficial (es decir, turística). Pero confieso que no he vivido en Londres, ni nunca la he visitado. Sin embargo, Iain Sinclair, con su mirada, su caminar y con su forma de escritura, me ha llevado hasta allí.

En esta antología compuesta por once ensayos escritos en el transcurso de 40 años, Sinclair, siempre acompañado por un amigo y fotógrafo, contrariando ese principio londinense que privilegia el cuerpo individual en movimiento, busca, como tranquilo paseante a la deriva o como acosador “de mirada afilada y sin patrocinador”, según lo amerite la situación y la terrible vigilancia, esas arquitecturas ocultas por la oficialidad, esos lugares cargados de significado que la guía turística no indica, puntos de fuga de la luz que, luego de ser captados por la lente fotográfica, son la base de una interpretación alquímica que, entre mito y realidad, entre lo sensible y lo intangible, Sinclair construye luego de sus paseos.

Sinclair, a veces con humor hacia la ciudad, y por tanto hacia sí mismo, a veces con cinismo, otras veces con nostalgia, en unas ocasiones con prosa serena, en otras oscura y ruidosa, pero siempre profanando a la ciudad, logra recrear el ambiente citadino, ese en el que encontramos fachadas e interiores cargados de símbolos y personajes desconocidos que llaman nuestra atención, y protagonistas que, por conocidos, queremos pasar de largo; y logra también restituir para el de a pie el uso espontáneo de sus calles, enfrentando a Dios —el Capital— como un auténtico héroe moderno que busca justicia mientras cae al abismo (no está de más recordar que Jack London bajó al submundo londinense en el verano de 1902 y tituló sus vivencias El pueblo del abismo). Cuenta Sinclair que, en una ocasión, mientras escuchaba a uno de los representantes de Dios, un especulador inmobiliario que trataba de convencer a los habitantes de un lugar para que abandonaran su barrio, que sería renovado para los juegos olímpicos del 2012, según él “un desplazamiento temporal”, terminó por hacerle una pregunta: “¿Cómo puede algo volver después de haber sido arrasado?”. Nunca obtuvo una respuesta oficial. Este libro, esta antología, puede ser esa respuesta justa.

William Ospina M.
Libélula Libros

martes, 31 de octubre de 2017

Crónicas de libros

Hernando Valencia Goelkel, Colcultura.


Un libro viejo, no por antigüedad, sino por ser producto de la ordinariez y el mal gusto. Eran los libros que editaba Colcultura en los años 70 (este es del 76). Si todavía encontramos interés en él es por tratarse de ensayos de Valencia Goelkel. Y por una razón adicional: en qué quedaron algunos de los libros que hicieron ruido en esos años.

Muy pocos sobreviven, en todo caso no el de Jan Kott, traducido al castellano como “Shakespeare, nuestro contemporáneo” —que se editó inicialmente en Varsovia en 1961; Valencia Goelkel utiliza la traducción al inglés de 1964—. La insinuación de Kott, por llamarla de algún modo, de que Shakespeare se adelantó a la sexualidad moderna, en especial en Sueño de una noche de verano, fue lo que más impacto tuvo en su momento. Fue favorable para llenar teatros. Pero William Hazlitt —a mediados del siglo XIX— y Harold Bloom dañaron la fiesta al decir que Bottom, el artesano, es el protagonista de la obra. A Bottom no le valen magias, encantamientos ni brebajes para dejar de ser lo que es. No es manipulable. Astucias del autor al colocar como protagonista a uno de los de abajo.

En 1960 aparece la edición de Aguirre de las Obras completas de León de Greiff. Incompletas no sólo porque León moriría en 1976, sino porque no incluía sus prosas, sin contar los desaciertos y erratas con los que él se divirtió leyéndola en Estocolmo, mientras atendía asuntos relacionados con la embajada de Colombia en Suecia. De no ser por la limpia edición de poesía y prosa que hizo Hjalmar de Greiff, tendríamos un León de Greiff trunco. La cita que trae Valencia Goelkel puede servir para mostrar que “la poesía para de Greiff no es un oficio, es agobio de por vida, razón de ser, lacra imborrable, lacerante. Estigma, baldón y malatía peyorativos. Gafedad, manquedad manca y reproche permanentes. Apostolado tonto. Inaptitud e ineptitud consagradas. Inri. Irrisión. Lucro cesante incesante, y daño submergente. Oprobio. Agobio una vez más. Flor de lis en el hombro. Hierro en la espalda. Yerro en el pecho. Lucero en la frente. Tirso y cascabeles de bufón. Cetro de cañas de Rey de Burlas. Nasociranesco [...]”. Pregunta Valencia Goelkel: “¿en qué consiste la tan mentada originalidad de León de Greiff? Simplemente en un hecho insólito en cualquier latitud [...]: la de ser tal, la de la fidelidad a sí mismo [...] los personajes, las fábulas, los mitos, las alusiones y las ironías son indispensables para objetivizar, para darle una estructura autónoma a esa vida interior en torno a la cual gira, incesante y exclusivamente, la obra de De Greiff” (p. 26-27).

Oscar Lewis se va para Ciudad de México a hacer un estudio antropológico de la pobreza y escribe Los hijos de Sánchez, que a Valencia le parece “ideológicamente indigente”. Sin mucha antropología de por medio, Jesús Sánchez le muestra, en dos brochazos, el alma de México: “Puede que las cosas sean distintas en los Estados Unidos. Bueno, quizás sea mejor que no tengamos aquí sino una pandilla en el gobierno, porque tiene una pistola en cada mano. No ha oído el cuento sobre los dos tipos que estaban jugando al póker y el uno tenía dos ases y el otro le pregunta: —¿Y usted? —Dos pistolas. Y entonces le dice: —O.K., usted gana. Y así es aquí el PRI; tiene las pistolas y si alguien protesta, bueno, pues lo coge un carro”.

El libro de Goldmann Para una sociología de la novela (1964), creo que más indigente que el anterior, trae un planteamiento que después acogieron varios estructuralistas franceses: los verdaderos sujetos de la creación cultural son los grupos sociales y no los individuos”. Esto sería una tontería si no fuera por la acogida que tuvo. Las obras de Shakespeare las escribió su época, no un señor que llevaba ese nombre. Es tal vez la mayor sandez de época y la más exitosa. Sin embargo, agrega: “Malraux es uno de los grandes escritores de la primera mitad del siglo XX en Europa Occidental”: ¿Y el grupo social qué se hizo? Este señor es tan apasionadamente científico como apasionadamente francés. Pero no se le puede negar la perdurabilidad, todavía tiene seguidores. 

Aunque parezca raro y hasta un chiste a las generaciones de hoy, hubo en 1966 un concurso de novela nadaísta y hubo además ganadores. Germán Pinzón con El terremoto, Pablus Gallinazo con La pequeña hermana y Humberto Navarro con Los días más felices del año. Los agravios de Gallinazo contra Dios tienen su base en ‘Nich’ (así pronunciamos, dice Valencia, a Nietzsche en Bucaramanga) (¿Ese será también el origen del Grupo Niche?). “El solo hecho de imitar a Camus en La caída tiene ya algo de enternecedor”, dice Valencia, y su paciencia llega hasta leer las tres novelas. Esta tontería por fortuna no perduró.

Todas las épocas escriben más tonterías que cosas serías —éstas son raras o pasan desapercibidas. Aquí el crítico escribe casi en caliente, pues casi nunca deja pasar una sandez sin señalarla. La forma rápida con que captaba tanto las fallas como los aciertos lo convierte en uno de los mejores críticos —junto a Hernando Téllez— de este país. Sanín Cano no llegó a tanto y Gutiérrez Girardot está por evaluar.

Javier Vélez A.
Libélula Libros

miércoles, 25 de octubre de 2017

El hombre sentimental

Javier Marías, DeBolsillo.

El sueño es una segunda vida”. Las palabras con las que inicia Nerval su Aurélia podrían haber sido también las primeras de El hombre sentimental. Esta novela es el relato de un sueño que recuerda lo ocurrido cuatro años antes. El narrador, un reconocido cantante de ópera, habla del preludio a su “historia de amor con Natalia Manur” (la mujer que ve por primera vez dormida y que parece estar “aquejada de disoluciones melancólicas”). No sabemos quién es ella, ni tampoco quiénes los hombres que la acompañan en el tren; la primera imagen del libro. Sabremos después que uno de ellos es su esposo que lleva esperando quince años por su cariño. Sabremos después acerca de las palabras que nuestro narrador le dice a Natalia: “Yo no quiero morir como un imbécil (…) Pero tu muerte sería también la mía”. La novela es una aclaración de estas expresiones.

Javier Marías cree que el amor es en parte importante memoria y anticipación. Los personajes de su historia representan el recuerdo de lo que ya no es y la expectativa de algo que todavía no ha ocurrido, de algo que no se sabe si ocurrirá. Es en la imaginación donde transcurre la vida del hombre enamorado, y también la de todos los seres humanos. El tiempo puede ser el consuelo de quienes imaginan la alegría de los momentos pasados y esperan la felicidad venidera. El tiempo, juez que determina el fin de las cosas, puede llevar también a la desesperación al hombre abandonado por la mujer amada (arrebatándole la esperanza de una vida feliz) y convierte el pasado, el que no se quiere recordar, en algo imborrable. El hombre sentimental es una reflexión sobre el tiempo a través de las imágenes del amor.

Al terminar esta historia el primer recuerdo que tuve fue la declaración del León de Nápoles, el cantante de ópera, sobre el abandono y el desamparo de quien no tiene a alguien que vele su dormir. Marías hace que su narrador relate un sueño, no la fuente, los hechos, de los que éste se nutre. Creo que lo hace para, de alguna forma, convertir a los lectores en vigías. “Los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”. Habrá que añadirse a la hermosa frase final de Mendel el de los libros de Stefan Zweig la palabra ‘soledad’. Porque los libros también se escriben como una cura contra eso.

Libélula Libros

Hacia una espiritualidad de los sentidos

José Tolentino Mendonça, Fragmenta. Trad. Teresa Matarranz.


No dejen de leer a José Tolentino Mendonça (cura y poeta). Sí, el mismo de  La escuela del silencio (Tragaluz). Acabo de leer Hacia una espiritualidad de los sentidos (Fragmenta, una editorial tan cristiana como ecléctica). Es apenas el primer capítulo de un libro más ambicioso: A mística do instante. O tempo e a promesa. 

Tolentino se pregunta cuál debe ser el sentido de la espiritualidad hoy. ¿Nos dice algo todavía la mística del alma, esa de San Juan De la Cruz y la noche oscura, Platón y el rechazo de la carne? Tal vez sí. Pero el autor, como Merton y otros  místicos del siglo XX, cree que tal vez podamos explorar otra: la mística del instante. El cuerpo, los sentidos, hace parte central del dogma: "¿Dónde experimentamos mejor el Espíritu [del mundo o de dios] sino en el extremo de la carne viva? ¿Dónde encontraremos su soplo sino en el barro?". Nuestros sentidos están entumidos, cansados, como en los versos de Pessoa: “Estoy cansado, claro, / porque a estas alturas uno tiene que estar cansado. / De qué estoy cansado, no lo sé: / de nada me serviría saberlo / pues el cansancio sigue igual”. Por lo que Tolentino no teme adoptar el estilo de un manifiesto: necesitamos una “nueva” educación sentimental; cultivar, cuidar y refinar las ventanas por las que percibimos el mundo. Una mística, entonces, que nos permita encarar aquello a lo que escapamos hoy: el luto, la muerte, la enfermedad y la vejez. Hemos bombardeado al ojo y al oído: los sentidos de la lejanía, y descuidado aquellos que evocan y traen la proximidad: el gusto, el tacto y el olfato: la piel. Sentidos que además graban en la memoria recuerdos como ningún otro (la magdalena de Proust, etc.) y que logran derrotar el tiempo: “Walter Benjamin escribió que del reconocimiento de un olor esperamos más que de cualquier otro recuerdo: esperamos nada menos que el privilegio del consuelo, ya que ‘un olor diluye años enteros en el olor que recuerda’“. Pero el, digamos, proyecto de Tolentino no se limita al cuerpo. “Necesitamos una nueva gramática que concilie en lo concreto los términos que nuestra cultura concibe como irreconciliables: razón y sensibilidad, eficacia y afecto, individualidad y compromiso social, gestión y compasión, eternidad e instante”. ¡Y que nos reconcilie con el tiempo! Nuestra mayor crueldad es el tiempo, dice Tolentino. Un Cronos devorador que nos obliga a satisfacerlo con objetos, a llenarlo con la promesa ficticia que encierra toda compra. Tolentino se pregunta por qué si la “más loca pretensión cristiana no se sitúa en la esfera de las afirmaciones metafísicas [sino que] es sencillamente la fe en la resurrección del cuerpo”, no lo sentimos como instrumento vital, como instrumento “del deshielo”. “Los Padres del Desierto decían que abrir las manos, incluso antes de pronunciar palabra alguna, es ya rezar”. Abrir las manos, estar atentos: ahí está la mística del instante. Qué es un místico, se pregunta Tolentino. Y como reputado teólogo y hebraísta sabe que la respuesta es compleja, “pero los largos viajes comienzan con un paso corto”. Así, se aventura a decir que, en esencia, un místico es aquel o aquella que no puede dejar de caminar. 

Se alargó la reseña, va la última cita: “Si nos fijamos bien, continuamente somos desposeídos del pasado y, por mucho que hagamos, no podemos anticipar ni un fragmento de futuro, por ínfimo que sea. Solo nos queda el instante”. Henri Michaux lo dijo más simple: “Leo / Veo / Recorro el evangelio de los cielos abiertos”. 

Libélula Libros