miércoles 16 de noviembre de 2011

La lista de los deseos:


Queremos dejar aquí algunas de las últimas novedades que han llegado; la lista es larga pero ojalá interesante. Hay algunas editoriales nuevas, otras que vuelven con novedades:

Elizabeth Bishop: Norte & Sur, Obra poética.
Franz Werfel: La muerte del pequeño burgués, El secreto de un hombre.
Giuseppe Ungaretti: La alegría
Joyce Mansour: Gritos, desgarraduras y rapaces.
Osip Mandelstam: Tristia y otros poemas.

Trotta:
Mircea Eliade: Fragmentarium, La isla de eutanasius, Una nueva filosofía de la luna.
Edmond Jabes: El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha.

Gustav Meyrink: El golem.
Robert Louis Stevenson: La isla de las voces.
Jack London: Koolau el leproso.

Caja negra:
Lorrain, Villiers de l'Isle-Adam, Schwob y otros: Antología del decadentismo.
William Burroughs: La revolución electrónica.

Akal:
Andréi Biely: Petersburgo.
Th. W. Adorno: Escritos musicales IV, V.

Eafit:
Michel de Mointaigne: Dos ensayos sobre la educación.


Max Frisch: Montauk.

martes 18 de octubre de 2011

Recordando a Selma:

En el número 22 de la revista Arcadia: El librero recomienda.

lunes 12 de septiembre de 2011

Adivinen: Tomás González

Que las editoriales intenten a toda costa crear mitos es desesperante. Cada una quiere su Bolaño, su otro boom de autores, el relevo generacional. En Colombia, Alfaguara ha revivido hasta el cansancio el proyecto iniciado por Norma hace unos años: el del "secreto mejor guardado de la literatura colombiana". Hablamos de Tomás González, que por estos días estrena su nueva novela: La luz difícil. La portada en la revista cultural Arcadia, varias páginas en la revista El malpensante, un cubrimiento no menos que espectacular en el periódico El espectador, todo esto parece anunciar que estamos delante de un prodigio de las letras, que el no haberlo leído es la mayor de las torpezas. 

  En la librería varios clientes lo han leído: unos, la minoría, no por eso menos críticos, afirman que escribe admirablemente; uno en especial, tras algunas cervezas, le concede los más importantes premios. Seguro exagera, pero así es su entusiasmo. Otro nos cuenta que conoció a González cuando este trabajaba como barman en "El goce pagano", famoso bar salsero de Bogotá, nos cuenta que fue uno de los que le ayudó a publicar Primero estaba el mar, su primera novela. Primero estaba el mar, nos dice, le parece excelente. Por otro lado está la mayoría, que en la librería no es democracia ni última palabra. González, para ellos, es un autor sobrevalorado, cansón con su supuesta ingenuidad y "pureza". Un escritor que no logra apasionar. ¿Y yo? pues no lo he leído, y confieso que no tengo planeado hacerlo. La razón, más allá de hacerle caso a unos o a otros, se resume al asunto del comienzo: no quiero más Bolaños, no quiero más Zambras, no quiero más escritores que tengamos que agradecer a los editores y no a los lectores -y es claro que cada vez estos dos personajes se alejan más y más.

  El sábado varios preguntaron por La luz difícil, vendí varios ejemplares; es la novedad de un personaje que entiende que encerrarse dentro de las primeras páginas de los medios no tiene nada de contradictorio, de extraño. Que su notoriedad siempre dependa de su proclamada reclusión es una artimaña comercial que algún día tiene que quebrarse. Lo que me preocupa es que cada vez las lecturas de los clientes que veo una vez al año son el resultado de una exitosa campaña de marketing.

Tomás David Rubio-Libélula Libros


miércoles 24 de agosto de 2011

Boletín 55: El libro de la década

Es un gusto presentarles nuestro último Boletín; ya van cincuenta y cinco y esperamos que sean muchos más. Los invitamos a participar en el próximo:

A la sombra de las hojas

Me cuenta Pablo Felipe que demora aposta la lectura de Elegía de Philip Roth. La está tasando: no por mezquindad, como prescribe el diccionario, sino para gustarla. Eso mismo hago con el libro más reciente de Jean Echenoz: Ravel, 124 páginas, apenas treinta y siete caracteres por renglón y veinticinco renglones por página: el editor —Anagrama— no precisa el tamaño de la letra, que contempla al présbite.

He conseguido la hazaña de demorar diez días la lectura de esta maravillosa miniatura: no más de doce páginas al día, casi la medida de cada capítulo; muchas sentadas: ni a dos, o tres, tirones —no por difícil: para hacerla durar harto.

Para aclarar su asunto y modo mientan las Vidas imaginarias de Schwob y al arduo Michon: ni tan sucinto como aquél —Echenoz se deleita en el detalle— ni alambicado como éste: Ravel, que trata de su gloria y precoz decrepitud, discurre sin rebuscamiento.

Y burla la clasificación de género: “Los pasajes donde hay diálogos, por ejemplo, no los he inventado.”, dice en La Razón: 7 de junio pasado. “Aquí se trataba de una persona real”, dice en Letras Libres de octubre, “aún si la estaba reinventando como un personaje casi imaginario.” Y: “Creo que si hay que llamar de algún modo al resultado final, se trata de una ficción en libertad vigilada.”

Todo con su marca: “Pero, en fin, con eso ya es suficiente, y como todos esos días se asemejan, para qué eternizarse, saltémonos los tres siguientes.” (página 43).

Casi al final, ilustra el deterioro con un episodio conmovedor: el productor Canetti invita a Ravel a supervisar la grabación de su Cuarteto, lo que éste hace con indiferencia: precisa algo, corrige un tempo. Oigan a Echenoz: “Una vez han acabado, mientras los músicos guardan los instrumentos en sus fundas y se guardan a sí mismos en sus abrigos, Ravel se vuelve hacia Canetti: Ha estado muy bien, dice, realmente bien, recuérdeme el nombre del compositor. No es obligatorio creerse esta anécdota".

He guardado la última página para leerla mientras oigo el Très lent del Cuarteto: sé que no puedo hacer dos cosas a la vez, pero no son dos cosas: es la música de Ravel que es la misma escritura de Echenoz.

José Fernando Calle
Libélula Libros

domingo 14 de agosto de 2011

Cuentos y cuentistas. El canon del cuento. Harold Bloom. Páginas de Espuma. Trad. Tomás Cuadrado.

“El canon del cuento” es un agregado del editor español. Como explica el mismo Bloom en la Introducción, no existe un canon del cuento, en buena parte porque no hay una figura preponderante en él. Y no parece que pueda haberla: “no es necesario cuestionar la dignidad de los cuentos, pero parece que a un escritor del canon hay que pedirle mucho más. Hemingway escribió Fiesta y no Ulises, lo cual quiere decir que su verdadero genio lo tenía para los relatos cortos y no para narraciones largas” (Pág. 229). Hay cuentistas que han iniciado una determinada “tradición” en la forma de hacer cuentos, como Kafka o Chejov, pero también hay muchos buenos cuentistas que no pertenecen a ninguna de estas filiaciones. Lo que no quiere decir que no haya jerarquías; las hay y, en buena medida, Bloom las establece en este libro.

Bloom selecciona 39 cuentistas y lamenta no poder incluir otros 11: Alice Munro, Saki, Edna O’Brien, A.E. Coppard, Frank O’Connor, Katherine Mansfield y enormes figuras anteriores como E.T.A. Hoffmann, Kleist, Tolstói, Leskov y Hardy. El libro depara muchas sorpresas. A Poe y a Conrad, por ejemplo, no les va muy bien.

Bloom es de uno de los pocos críticos que se atreve a establecer jerarquías. No son listas de sus gustos personales, al estilo de la que publicó Javier Marías. Bloom no se concede ese derecho; somete sus gustos y rechazos a un constante examen. Quiero terminar con una cita: “La era de nuestros modos de crítica literaria contemporánea pasará; quizás haya ya pasado. Las ficciones que se acomodan con toda presteza a seguir nuestros modos pasaran con ellos. Es posible que Nabokov, Borges, García Márquez o John Barth sean menos accesibles para la generación que venga después que para la nuestra”. La mala traducción va por cuenta de Páginas de Espuma. No creo que la crítica inaugurada por Bloom pase pronto. Creo, antes, que vendrán generaciones que sabrán apreciarlo mejor de lo que nosotros lo hemos hecho. Javier Vélez