jueves, 29 de septiembre de 2016

"Un tiempo para callar", Patrick Leigh Fermor. Elba. Trad. Dolores Payás.

A finales de los años cuarenta, después de convertirse en héroe nacional griego por la captura del general nazi Heinrich Kreipe, recorrer los Andes peruanos y visitar, una a una, las islas del Caribe, Patrick Leigh Fermor se recluyó en la abadía de Saint-Waindrille. Como fue siempre su costumbre, le tomó casi diez años destilar esa experiencia en Un tiempo para callar (1957), que es, al mismo tiempo, la crónica de su paso por éste y otros tres monasterios benedictinos (Solesmes, la Gran Trapa y las ruinas de Capadocia), y la historia portátil del monacato en Occidente.

El viaje de Fermor entraña un doble reto que resulta, para el lector, un doble encanto: el autor no sólo se autoimpone un régimen del todo opuesto a su vida errante y festiva ("El ansia de hablar, de actividad y nervioso afán de expresarme que había transportado desde París no encontraron respuesta ni compañía en este silencioso lugar, tampoco convocaron un solo eco; y, después de gesticular tristemente en el vacío durante un rato, languidecieron para finalmente morir por falta de estímulo y alimento. Y mientras miraba la blanca caja de la celda que me rodeaba, padecí eso que, según Pascal, es el origen de todos los males humanos"), sino que muy pronto declara su total descreimiento (algo que tocó profundamente a Fermor fue que en ninguna abadía fue preguntado por su fe: "Sentí un renovado acceso de respeto y gratitud hacia mis anfitriones, por su incondicional aceptación de un infiel entre ellos").

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Pero su falta de fe no le impide ver –sino resaltar– lo que la abadía y la vida monástica representan: "(…) solo viviendo por un tiempo en un monasterio se puede llegar a captar algo de sus asombrosas diferencias con la vida ordinaria que llevamos. Los dos modos de vida no tienen una sola característica común; y los pensamientos, ambiciones, sonidos, luz, tiempo y humor que envuelven a los habitantes del claustro no sólo son distintos a todo a lo que uno está habituado, sino que, curiosamente, parecen su opuesto exacto".

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Y no es el silencio o el bullicio lo que traza la diferencia entre esos mundos —que también: "Fuera de estos muros se hace un gran abuso de la palabra"1 —: nuestro bullicio no se contenta con ser bullicioso: tiene que ser útil. La idea de que existan órdenes contemplativas, por oposición aquellas que se dedican a enseñar, predicar y atender, es todavía más incomprensible para nuestra sensibilidad. "[Las órdenes de acción] consiguen resultados, cumplen con lo prometido. Pero (pregunta el espíritu moderno), ¿qué bien hacen los otros, enclaustrados en monasterios lejos de todo contacto con el mundo”. Leigh Fermor es contundente: “no menos que cualquier ser humano bondadoso, que no signifique (porque se basta a sí mismo)2 una carga económica para la sociedad, no dañe a nadie y respete a su prójimo".

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Esa dedicación a un oficio que, como la poesía, no busca ningún resultado es lo que termina por contagiar Fermor de una admiración profunda por la vida dura y sencilla en el monasterio. Dura porque las abadías, por lo menos las francesas, no reciben donaciones o subvenciones de Iglesia o Estado, y porque ha sido una forma de vida constantemente amenazada. Pensamos en ellas como edificios que han resistido indiferentes los embates del tiempo y el mundo. No. Fueron, por mucho tiempo, prohibidas. Primero por la Reforma, luego por la Revolución. Apenas en el siglo XIX revivieron bajo la forma en que hoy las conocemos.

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"Pregunté a uno de los monjes cómo resumiría, en pocas palabras, lo que era su vida. Reflexionó un momento y me dijo: «¿Ha estado usted enamorado?» Sí, le contesté. Una amplia sonrisa se expandió en su rostro. «Eh, bien», dijo, «c’est exactement pareil…»"

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1 "Hay una dispensa de la regla del silencio para monjes que se ocupan de los animales pertenecientes a la abadía. Se les permite hablar con aquellos que tienen a su cargo, que sí son mudos de verdad".
2 Recordemos que en el siglo V de nuestra era San Benito de Nursia inventó la permacultura.



Christian Camilo Londoño
Libélula Libros

Sobre la felicidá

Una idea frecuente en la filosofía griega afirma que la felicidad no se puede separar de la virtud; algo que no tiene ningún sentido en la actualidad, cuando la felicidad se suele asociar a la alegría. Séneca, en su breve texto Sobre la felicidad, hace algunas anotaciones al respecto, sin abandonar el ideal griego de la virtud, pero relajando la exigencia de perfección. Presentaré algunos de los puntos de su reflexión, con ese estilo fresco y juvenil de los blogueros cuyo culmen es el listado de internet, o decálogo virtual, a riesgo de defraudar a los exigentes lectores de Libélula Libros.

1. La felicidad es esquiva. Todos hemos podido constatar lo difícil que es alcanzarla, pues cada vez que creemos haberla obtenido, se nos escapa de nuevo.

2. Quizá, el motivo es que nos dejamos llevar por la moda y los prejuicios sociales. No pienses que la felicidad está en lo que desea el vulgo, la masa, la manada o la plebe: la felicidad está en tu interior, encuentra tu –propia– autenticidad.

3. Busca la felicidad en lo duradero. Es un error creer que vas a ser feliz si deseas las cosas pasajeras: el dinero se agota, la belleza física envejece y la enfermedad acecha, pero el alma permanece.

4. Practica la libertad del sabio, que es indiferente a la fortuna. Ellos son imperturbables ante la adversidad, pues aceptan que es condición natural de la vida.

5. Es recomendable mantener siempre una conducta virtuosa, pues solo cuando la vida se encamina hacia el bien, es posible la felicidad. Eso sí, hay que tener en cuenta que ni el placer ni la alegría acompañan siempre a la virtud.

6. Obedece a Dios y haz los sacrificios necesarios.

7. De todas formas, si no eres capaz de hacerlo, puedes optar por la vía del predicador: mejor hablar bonito y actuar mal que hablar feo y actuar mal.
8. Si bien no es sabio y virtuoso desear ser rico, es mejor ser rico que pobre. Con dinero, el sabio puede satisfacer placeres del alma como la lectura y sucumbir ante las recomendaciones insistentes de algunos.

9. Si llegas a ser rico, además, sé generoso, pues no debes apegarte a la riqueza y es virtuoso y feliz luchar por el bienestar del prójimo.

10. Admira al virtuoso o, en su defecto, al predicador. De pronto, de tanto mirar, uno se contagia, o lo convencen. A propósito, felicito a Libélula Libros por sus quince años; a Pablo Felipe y Carolina, Lucy y todos los dependientes que han pasado por allí, así como a los clásicos, el filántropo Tomás y el abogado Christian, y, cómo no, a todas las liendres que hemos salido en el proceso.

Pablo Aristizábal
Libélula Libros

Boletín 73 Libélula Libros:
https://issuu.com/tomasd88
https://drive.google.com/file/d/0B6ON6avkK_PkQ0tmRGZqQ2c2alk/view

"En movimiento", Oliver Sacks. Anagrama. Trad. Damià Alou.

La última obra de Oliver Sacks es un préstamo de piel. Lo cálido del libro permite el más alto grado de simpatía posible: sentirse en la piel de otro. Al leerlo uno siente las obsesiones del autor, sus adicciones, sus alucinaciones, sus frustraciones. El corazón se estruja ante las palabras de una madre muy religiosa que ve en su hijo homosexual un engendro del demonio. Se siente uno arrepentido de no haber estado más cerca de un hermano esquizofrénico que daba lástima y vergüenza. Las palizas del internado se recuerdan con detalle. El cansancio de los muchos fines de semana viciosos y psicodélicos de Sacks se siente en el cuerpo. Se siente la pérdida de un ojo por el cáncer. Se siente, siendo uno joven, el amor que sintió en las postrimerías de la vida un viejo abstemio y tierno. Es posible reconocer el valor de la amistad y el honor de compartir de cerca la erudición ajena: conoce uno al poeta, al neuro-científico, al médico. Se siente uno identificado y dolorido por cientos –quizá miles– de pacientes que se saben normales a pesar de sufrir extrañísimas patologías. Se siente uno escribiendo los muchos libros que Sacks regaló al mundo.

La escritura de Sacks no sólo permite que uno le conozca y le sienta a él, sino también a lo que fue su mundo. El libro es una historia de la ciencia del cerebro desde la mitad del siglo XX; es también una historia de la lucha por la igualdad sexual en la misma época; además, hay una historia de las motocicletas, el fisicoculturismo y la contracultura de las drogas estadounidense. Hay, por último, una apología del fervor por la escritura, por narrar historias, por compartir conocimiento. Aunque la verdad es que con este libro es suficiente para tomar prestada la piel de Oliver Sacks, y con eso sentirse esperanzado y animado y ansioso por aprender, el deseo de ver publicados sus diarios es inevitable: dice Sacks que son por lo menos cien cuadernos. En movimiento. Una vida es el último gesto consciente de entrega de un ser humano desinteresado y amante del conocimiento.
Miguel Camacho
Libélula Libros

"La Librería de los Escritores", Mijaíl Osorguín. Sexto Piso. Trad. Selma Ancira.

En 1928 se publicó un libro que cuenta la historia del nacimiento y muerte de una librería, que es también uno de esos rumores que rondan en las paredes tras los estantes abarrotados, y que todos los libreros saben y llevan o deberían llevar como mantra.

Lo escribió el novelista ruso Mijaíl Osorguín, en París, porque Lenin sólo se quedó en la Unión Soviética con unos pocos. La Librería de los Escritores es el título del libro y del lugar. Fue fundada en 1918. La idea fue de un historiador de arte, la selección inicial de los libros fue de un bibliógrafo, escritor y traductor, se sumaron un periodista y un poeta. El poeta, Vladislav Jodásevich, escribió dos versos (traducidos por Natalia Litvinova) que retratan en alguna medida el acto de esos libreros y de los libreros: "Es feliz quien cae de cabeza hacia abajo: por un instante el mundo para él es otro". Osorguín y los suyos vieron e hicieron ver las cosas distintitas por un instante que duró tres años. La suya no era una tienda de libros, dice que buscaban que su librería fuera un centro cultural en Moscú, un lugar de descanso y un refugio para escritores, profesores, bibliófilos, artistas y estudiantes, para todos aquellos que no querían romper con la cultura y reprimir sus últimas inquietudes espirituales, buscaban que la suya fuera lo que todos queremos de las nuestras: un lugar al que las gentes "acudían para verse, para conversar, para aliviar el alma del prosaísmo de la vida (...)"

Llevo poco, muy poco como dependiente de libros, tres años son un parpadeo en la vida de un librero. Pablo Felipe, Carolina, doña Lucy, Tomás y Christian, el propio Juan David seguirán ganando en la cosecha de los años, y seguro a ellos les ha pasado lo que a mí y seguro han sabido responder. Cuando sos aprendiz de librero te dicen que tenés que amar la literatura o la sabiduría o los libros, que sos afortunado de tener los libros para vos, y te dicen y dicen cosas que poco tienen que ver con el asunto y mucho con la superficie. Nada más ajeno que la noción de patrimonio, pocas ocasiones conozco más desafortunadas para alimentar el hambre del espíritu que las que se transan en la compra y venta de perplejidades, pocas veces es un lector tan consciente de todo lo que no leerá como cuando se suma a la servidumbre de los libros que alimentarán maderas ajenas. Sin embargo.

Celebro el amor que gestó la idea. Esa idea hoy tiene dos casas y un nombre que determina la vida de pocos y el paisaje de muchos: Libélula Libros. Un año después de que cerraran La Librería de los Escritores el ruso Viktor Shklovski escribió sobre los hombres algo que tiene que ver con los dos versos de Jodásevich, y con todo: "es divertido que un hombre que cuelga de los pies trate de enderezar su corbata torcida. Todos nos pasamos la vida enderezando nuestras corbatas". En los tiempos hostiles de Osorguín La librería logró ser el envés de esa sociedad en declive mientras, o precisamente porque, allí dentro siempre se estaba de cabezas.
Jhon Isaza
Libélula Libros

"La vida interior de las plantas de interior", Patricio Pron, Mondadori.

Hay quienes dicen que hacer un cuento es mucho más difícil que escribir una novela. Los personajes del cuento deben caracterizarse rápidamente y un trozo de la vida debe comprimirse en unas cuantas páginas, lo que implica crear imágenes fuertes, fáciles de recordar, que los diálogos sean concisos y que cada palabra y cada párrafo vayan encaminados hacia un mismo fin. La novela puede tener capítulos malos pero el cuento es un solo golpe, una sola oportunidad de acertar y derrotar al oponente o de perder en el intento.

Hay cuentos que impresionan por contar hechos extraños y sanguinarios, pero su impacto sólo se mantiene por un rato; un reto mucho mayor es el que se propone Patricio Pron en La vida interior de las plantas de interior: pretende (y logra) quedarse en nuestros recuerdos por hacernos ver de otro modo a los objetos y a la gente que vemos todos los días. Él no quiere personajes legendarios: nada de héroes ni de villanos. Los hechos que narra son tan sencillos que no llenarían un periódico; podríamos escucharlos en cualquier bus o cafetería. Son narraciones como pequeños artefactos, bien construidas y sobre todo diseñadas con humildad: Pron no nos quiere enseñar las verdades contundentes de la vida ni quiere que cambiemos nuestra forma de actuar, su única intención es que nos fijemos en esa peluca que lleva puesta una indigente y cómo para que existiera fue necesario que se extinguieran los dinosaurios; quiere hacernos pensar en la señora que lloró al ver una revista en el supermercado y en el perro que sale en cincuenta y cuatro cuadros de Pablo Picasso; a muchos les parecerá que esta labor es puramente ociosa e inútil, pero ¿qué es un artista si no precisamente quien nos pone a cierta distancia de lo cotidiano para que podamos contemplarlo en todo su esplendor?

Leer a Pron es entender por fin las palabras de Empédocles, quien en uno de los cuentos es llamado el "infortunado filósofo griego": "Yo he sido ya, anteriormente, muchacho y muchacha, arbusto, pájaro y pez habitante del mar". Con estas historias nos damos cuenta de que, si miramos con atención, el panpsiquismo es apenas natural; no todo son obstáculos en el camino hacia el trabajo, pues hasta una pequeña piedra tiene alguna historia; puede haber vida interior en lo que sea, incluso en las plantas de la sala que últimamente olvidamos regar, pues se volvieron parte del paisaje.
Juliana Zuluaga
Libélula Libros 

"Por la ventana, Europa", Antón Chéjov. El Salmón. Trad. Víctor Gallego y Paul Viejo. Ilustraciones: Nia Tres Tildes y Manuela Fandiño.

Antón Chéjov, médico de formación, es quizás uno de los más grandes cuentistas de todos los tiempos. Aunque ejerció su carrera luego de completar sus estudios, terminó dedicándose a la literatura, oficio por el que se le reconocería, incluso en vida. Y fue así como se hizo cargo de su familia: con sus palabras, con las historias de la fría y vieja Rusia.

El Salmón Editores inicia su colección Pez Globo con el libro Por la ventana, Europa, haciendo un homenaje a este escritor y a su patria. El libro contiene cinco de sus historias, por las que una mujer descomplicada, de pelo rojo y alborotado, salta de cuento en cuento, arrastrándonos, con gusto, por el invierno ruso. Página por página su presencia es deseada. Este seductor personaje creado por Nia Tres Tildes es clave a la hora de recrear el universo que construye Chéjov en sus historias. Por otro lado, Manuela Fandiño, con un exquisito y sutil trabajo, decora las páginas de los cuentos, haciendo saltar las ranas de las ostras o caer los copos de nieve por los laterales de las páginas. Aunque ambas ilustradoras tienen un trazo completamente diferente, sus ilustraciones no llegan a competir, antes, al contrario, se complementan, pues mientras una nos lleva por las historias, con imágenes de Moscú llenas de color, la otra deja detallitos a lápiz por todo el libro contando lo que la narración calla.

"Las ostras", "La muerte de un funcionario", "La conversación del borracho con el diablo sobrio", "Relato de la señorita N. N." y "Tristeza" son los relatos que contiene este libro de tapas duras, que viene en un sobre debidamente ilustrado, como si estuviera listo para regalar.

Isabella Varela Valencia
Libélula Libros


Boletín 73 Libélula Libros:
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https://drive.google.com/file/d/0B6ON6avkK_PkQ0tmRGZqQ2c2alk/view

"El año del verano que nunca llegó", William Ospina. Literatura Random House.

Así nacen los mitos.

¿Qué tiene qué ver la erupción de un volcán en una isla del Pacífico con Frankenstein y Drácula? Todo, según el curioso narrador de esta novela. La erupción de ese volcán, inédita en la historia de la tierra por su poderío, produjo un invierno prolongado en casi todo el mundo en 1816, por lo que se le conoce como el año que no tuvo verano. En el norte de Europa, en Ginebra, cuatro personajes se encuentran por diferentes azares del destino en una villa durante la larga noche invernal de junio de ese año. Se trata de los poetas Percy Shelley y Lord Byron, el médico de este último, John William Polidori, y la novia de Shelley, Mary Wollstonecraft. Allí, mientras esperan a que pase la tormenta, leen piezas literarias de fantasmas tomadas de un viejo libro alemán. Byron, el terrible, propone que cada uno de ellos escriba su propia historia de misterio y terror. Ya conocemos el resultado: John William Polidori escribe El vampiro, una versión temprana del muerto en vida que luego inspiraría a Abraham Stoker para componer su Drácula, y Mary escribe su Frankenstein o el moderno Prometeo. En la misma casa, en la misma noche de tres días, nacen dos mitos modernos.

Esta es una novela intelectual —por momentos es un ensayo, un libro de viajes, unas memorias—, reflexiva, pero no por ello poco fascinante. En la urdimbre de dos mitos modernos y la investigación que sigue el narrador hay peripecia y emoción. La emoción que provoca ir descubriendo hechos, eventos a medida que se avanza en una búsqueda. Una especie de trama policíaca sin víctima ni victimario: el detective, que es el narrador, va uniendo pistas, encontrando evidencias. ¿De qué? De ese encuentro entre poetas en una villa algo fantasmagórica de Ginebra. De esos dos grandes motivos de la literatura contemporánea que nacieron al mismo tiempo. Del camino que va del romanticismo al gótico. De la entrada del mundo en la era moderna de máquinas y desolación.

Al tiempo es una reflexión sobre la creación artística, sobre la manera en que infinidad de eventos se confunden —se combinan— para que un ser humano tocado por la inspiración cree un mundo de ficción perdurable. “¿Cuándo comienzan realmente las cosas? ¿Es toda invención una reinvención, todo hallazgo un recuerdo, y la vida el cumplimiento de un relato que ya oímos de niños junto al fuego?” se pregunta el narrador en la página 288.

La frase suena grandilocuente, pero es cierta al menos para mí como lector: con esta novela, la literatura colombiana tiene esperanza de volver a tocar lo universal. Es ambiciosa, inteligente, poderosa. Está animada por la poesía y el respeto por la palabra y la tradición literaria. Es Literatura, así con mayúscula.
Camilo Jiménez
Libélula Libros

(En alusion a algunos libros que encontré en mi pasaje como dependiente en Libélula.)

París, 28 de julio 2107


¿Para qué sirven unas historias que ni siquiera son verdad?

¿Para qué sirven unas historias que ni siquiera son verdad?, le pregunta Harún a su padre Rashid Khalifa, narrador de historias de una triste ciudad del país de Alifbay, tan triste que la gente ya ha olvidado su nombre
1.

¿Para qué nos sirven las historias? Para decirle a la gente cronopio cronopio cronopio
2.

¿Para qué nos sirven las historias? Para reírnos del destino y ver pasar a nuestra alma gemela sin nunca decidirnos
3.

¿Para qué nos sirven las historias? Para encontrar el alma gemela
4.

¿Para qué nos sirven las historias? Para seguir siendo niños
5.

¿Para qué nos sirven las historias? Para imaginar el Edén
6.

¿Para qué nos sirven las historias? Para atisbar la belleza de unos ojos azules
7.


Rafael Muñoz Tamayo
Libélula Libros
1 Harún y el mar de las historias, Salman Rushdie. Mondadori.
2 Historia de Cronopios y de Famas, Julio Cortázar. Edhasa
3 La última lágrima, Stefano Benni. Lengua de Trapo.
4 De qué hablamos cuando hablamos de amor, Raymond Carver. Anagrama
5 Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades, Harold Bloom. Anagrama.
6 Diarios de Adán y Eva, Mark Twain. Trama Editorial.
7 Ojos azules, Toni Morrison. DeBolsillo.