martes, 15 de julio de 2014

Purgatorio. Tomás Eloy Martínez, Alfaguara.

Un regalo fortuito puso el libro en mis manos. "Es un libro que narra la historia de un amor que se reencuentra después de muchos años", me dijeron. Yo, que creo en los amores para siempre, lo leí de inmediato.

Y sí, en Purgatorio, Tomás Eloy nos habla de la obsesión de Emilia quien a sus sesenta años todavía espera el regreso de su amor perdido, aunque debería decir desaparecido, hace más de treinta. Una paradoja si se tiene en cuenta que tanto ella como Simón -su esposo- eran topógrafos de profesión. Difícilmente hay una persona que sepa tan bien donde se haya, dónde es que tiene puestos los pies en la tierra que aquel que levanta y dibuja cada día planos de vías, regiones y ciudades. Es ahí dónde uno se da cuenta de que en la vida nada es real, todo es una ficción. Nada existe sino ha sido identificado, nominado y luego ubicado de alguna manera entre coordenadas; por lo mismo: para que algo deje de existir basta con que sea "borrado del mapa". Se vive a merced del dibujante.

Todo esto como única excusa para llegar a la verdadera obsesión del escritor que es la misma de muchos argentinos que padecieron la dictadura: el recuerdo constante de la pesadilla, la desaparición de sus seres queridos, la indolencia de algunos de sus congéneres, el desarraigo que conlleva el exilio y la esperanza constante del regreso de aquellos que se perdieron en el Tucumán, en los centros clandestinos de detención o en el Río de la Plata.

"Los amigos del barrio pueden desaparecer" nos decía Charly, nos lo confirmó Sabato en su doloroso informe Nunca más, Olivera en su Noche de los lápices y todos los demás, cada uno a su manera como una forma de exorcizar el pasado; de garantizar que nadie olvide lo ocurrido como una especie de contra para que no vuelva a suceder. Martínez nos plantea una búsqueda incesante a través de la vida que no para, que continúa inexorablemente y en la que lo único que permanece estático, inamovible, es el recuerdo.  

Leonora Castaño M.
Libélula Libros

jueves, 3 de julio de 2014

Alvarado Tenorio paga sus cuentas

Ajuste de cuentasHarold Alvarado Tenorio, Agatha.


Debe leerse Ajuste de cuentas como una novela, lo es, pero una que además hace añicos los géneros literarios, incluido por supuesto el de la novela. Tal vez sea incluso la forma adecuada para que uno de los más importantes estandartes de su generación no solo se manifieste sino además indique la única manera de expresarse de aquel grupo desencantado. Si Caballero para escribir poemas se lanzó a la escritura de Sin remedio, Alvarado debía, para hacer la más íntima de sus obras, concebir una antología de la poesía colombiana, que, claro, lo es y no lo es al mismo tiempo.

Toda antología es por supuesto la manifestación del gusto y la subjetividad de quien la hace y en cierto grado es también su propia historia, la de sus lecturas, amistades y preferencias, pero Ajuste de cuentas es más que la recopilación de los agrados de su autor, es precisamente y en esto tiene mucha gracia su título, un ajuste con la vida, con el país, con sus contradicciones y miserias, con la literatura que en Alvarado es la vida toda, con él mismo: errático, contradictorio, pantagruélico, delirante y genial. 

Vale insistir en la condición de novela del libro para adelantar su lectura y aguantar las que en principio podrían percibirse como burdas contradicciones. Luego aparecerá Alvarado en su condición de personaje, porque la obra es también autobiografía, y surgirá el país que no alcanza a ser república y mucho menos patria, pero que duele como si lo fuera, e irán apareciendo buenos y malos poetas porque en esta antología también aparecen los malos poetas, que realmente lo son, pues sin ellos cualquier historia literaria estaría trunca, como toda historia que solo narrara lo bello o lo bueno. 

Ajuste de cuentas no da la impresión de que hubiera sido concebido de manera pretenciosa, al contrario, su escritura denota rapidez. Ciertos descuidos se deslizan recurrentemente, frases reiterativas o párrafos erráticos. Pero eso no importa, y no importa porque el vértigo de la lectura es más interesante que el preciosismo o la perfección que interesa al académico, y el libro se lee ágilmente paseándose el lector por los poemas como si ellos estuvieran allí no para atestiguar las virtudes del poeta de turno, sino principalmente para narrar varias historias: la de Colombia, la de la generación de Alvarado, la de Alvarado mismo, la del propio lector. Así que por la puerta de atrás, insisto, en medio de los descuidos de su autor, se nos cuela una obra de mayor calado y profundidad, una que el futuro tendrá que considerar cuando se trate de comprender la historia de la literatura y la cultura colombiana de la segunda parte del siglo XX. 

León de Greiff
No obstante la condición narrativa, ficcional y autobiográfica de Ajuste de cuentas debe resaltarse también el ejercicio crítico que refleja. La capacidad lectora de Alvarado así como su erudición son formidables y abrumadoras, el ejercicio de consideración de poetas que como Valencia han y siguen siendo puestos al lado por razones diferentes a las literarias, o el olvido de poetas que casi pareciera que no hubieran existido –Claudio de Alas-, el rescate de otros –Meira del Mar, Amilkar –U-, la invención o el reconocimiento existencial de alguno –Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard-, la consideración de que la poesía no es solo versos –Feliza Bursztyn-, el riesgo de ubicar a algunos entre los grandes –Mauricio Contreras, Fernando Molano, Antonio Silvera, Toto Trejos- es y será un gran aporte para el estudio de la literatura colombiana, al igual que ciertos apuntes esclarecedores y casi epigramáticos: “…En el fondo, los asuntos de Flórez y Valencia se tocan en varias convergencias, rompiéndose en paralelas de tonalidad y visión del mundo. Valencia es operático mientras Flórez es folklore…”, o “…Mientras en Arango hay frescos, en Carranza desgano, en Gómez Jattin irreverencias eróticas y en Roca ira, en Cobo Borda hay repugnancia”. De igual forma es refrescante para la crítica literaria aunque no nuevo, como casi nada en el libro y esta es otra virtud, la advertencia de que la poesía es una forma de concebir la vida diaria; considerado esto, ¿cómo no narrar los silencios de Arango o los desvaríos de Antonio Llanos, el poeta del valledelcauca, que cargaba consigo un pequeño busto del Dante para poner en la mesa del café y poder conversar con alguien que valiera la pena? 

Para Alvarado la poesía no solo ha sido su oficio en el que además ha destacado con solvencia, es también su única forma de vida. Es decir, con ella no se gana la vida sino que respira. Alvarado es un poeta en términos absolutos y no un poeta de ocasión y es por ello que reniega y maldice a aquellos que han convertido la poesía en un escenario de corrupción y de manoseo clientelista: “Y como nunca antes, la poesía ha escalado hasta las profundidades de la ignorancia y la ordinariez. Instrumentalizada y pervertida como oficio y como forma de vida, la poesía (…) ha desaparecido y no parece dar señales de vida en un futuro inmediato. Porque como nunca antes, distritos y gabinetes, secretarías de cultura y empresarios del capital han invertido desmedidas sumas de dinero para hacer brillar la lírica como una joya más de la pasarela y del entretenimiento contemporáneo... Hoy son más de medio centenar de vates vivos y muertos los que ostentan en sus faltriqueras más de un laurel del erario público, pero nadie, literalmente, nadie, recuerda sus nombre ni lee sus versos”. Alvarado emplea su libro como si fuera un banco en el parque y asume el papel de crítico que no traga entero –como debe ser– y que sin temor rompe la vajilla cuando todos están tan contentos. De ahí surge, y no de sus supuestas incompetencias sociales, el odio que recibe de sus contemporáneos que destilan una rabia que al final solo confirma la condición que Alvarado Tenorio les ha declarado de simples lagartos y clientelistas mal ubicados. 

Tal vez la poesía sea el único lugar, aparte de aquella esquina de La Unión –el pueblo en el que nació Aurelio Arturo–, “donde (se) resista la incuria del tiempo…” Siendo así será también cierto que a través de la poesía, de su lectura y olvido podamos comprender nuestra historia colectiva e individual. En este caso tener a mano o cargar en el equipaje Ajuste de cuentas es una manera de avanzar sin muchos tropiezos en aquel propósito.

pfa
Libélula Libros


martes, 24 de junio de 2014

Titanes de la historia

Simon Sebag Montefiore, Crítica. Trad. David León.

El reconocido historiador de la Universidad de Cambridge, Simon Sebag Montefiore, ampliamente galardonado y autor de varios libros y ensayos, nos presenta a manera de recopilación en artículos breves, las biografías de casi 200 hombres y mujeres que con sus actos han cambiado los acontecimientos del mundo.

En este recorrido desde el Antiguo Egipto hasta nuestros días, se va abriendo en relatos concisos la historia del mundo. Pasan los guerreros, los políticos, los aventureros, los criminales, los científicos, los artistas, los literatos, los músicos, los inventores, los santos, los dioses de todas las creencias, en este caleidoscopio universal.

Entretiene su lectura ligera y su resumen, para quien inicia en el mundo de las biografías, y permite tener una visión general del personaje. Realmente exige un alto grado de concreción resumir la vida de hombres y mujeres de singular estatura en tres o cuatro páginas. Se recorre a lo largo de cada escrito breve sobre un personaje, su vida y sus actividades que enmarcan su lugar en la historia, para bien o para mal. Se conoce la psiquis de su interior y como la proyecta para dimensionar su actuación en un determinado lugar y en una determinada época. Es de aplaudir el esfuerzo encomiable de Sebag Montefiore al presentarnos este resumen de resúmenes.

Obviamente al atreverse a hacer una lista, siempre quedan por fuera muchos. Ese es un reto magnífico y francamente imposible de completar y de dejar satisfechos a todos los lectores. No obstante, Sebag Montefiore hace una excelente aproximación, a través de los personajes de su lista, a la historia del mundo.

Un comentario que puede ser entendido como una crítica al autor está en la propia selección de su lista. Sebag Montefiore tiene un normal sesgo por el mundo occidental europeo y anglosajón; esto último por su énfasis en el Imperio Británico y los Estados Unidos. Sin desconocer en momento alguno que desde esas latitudes ha tenido la historia universal a íconos monumentales, también es menester señalar que otras regiones han tenido una cuota de participación especial.

Llama poderosamente la atención que del mundo Hispanoamericano la lista sea reducida. Y lo es mucho más al tratarse de América Latina. La sola ausencia de Bolívar marca una omisión importante. Los latinoamericanos que aparecen en el catálogo lo son más por su tiranía o maldad que por su talante y humanidad.

Será, a manera de reflexión final, que nuestro continente todavía no ha alcanzado la madurez que nos permita destacarnos por ser hacedores del destino universal y que aún nos falta, como decía nuestro Nobel (fallecido recientemente para nuestro pesar) tener “una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Mauricio López González
Libélula Libros


martes, 17 de junio de 2014

Kallocaína

Karin Boye, Gallo Nero. Premio Nacional del Ministerio de Cultura español a la mejor traducción de: Carmen Montes Cano.


Kallocaína, escrita en 1940, es una novela distópica, una de las pocas incursiones en el género firmada por una mujer. Karin Boye, narradora y poetisa, nos traslada a un mundo totalitario y a un futuro gris, cuyos habitantes están al servicio del sistema, no pueden actuar en solitario y están sometidos a una vigilancia constante.

El protagonista, Leo Kall, trabajador del Estado Universal, inventa una sustancia que una vez inyectada obliga al paciente a decir la verdad.

A partir de aquí todo el discurso de Karin Boye se centra en el dilema ético que plantea la pérdida total de la privacidad del individuo.

Escrita después de haber visitado la Alemania de Hitler y sobre todo la Rusia comunista, Kallocaína es una advertencia sobre los peligros de una sociedad totalizante y controladora. El secreto se transforma entonces en el último reducto de libertad en una sociedad que todo lo ve y todo lo manipula. 

Karin Boye, con una prosa poética y nostálgica crea una obra en la que se percibe su tristeza por una Europa que se desmorona y que se entrega en cuerpo y alma a la construcción de una sociedad que todo lo prohíbe.

Kallocaína también es una historia de amor en tiempos de guerra, en un mundo donde el amor no es una prioridad sino simplemente necesitad de perpetuar la especie y dar a luz a nuevos jóvenes guerreros. Aun así Leo y Linda, su mujer, logran sentir amor el uno por el otro, un sentimiento prohibido que no deberían de sentir pero que sienten a pesar de todo.

Kallocaína es una pieza imprescindible en la literatura distópica que viene a llenar en lengua española el vacío que existía entre Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451, completando así el mapa literario de un género.

La autora se suicidará en 1941, el día en que Hitler invade Grecia.

Donatella Iannuzzi
Libélula Libros

lunes, 9 de junio de 2014

Sobre mi almohada una cabeza de Micaela Chirif, es un libro sin duda intenso, de esos que mantienen a raya la amargura de una desolación hábilmente comunicada con franqueza e ironía en sus mejores momentos, sin muchos artificios en apariencia.

El libro gira en torno a la muerte. La muerte concebida sobre todo como el encuentro de un lugar físico: un cuerpo, un espacio, un alrededor, unos detalles; y el instante, la entrada en el puro tiempo, del tránsito. Una obra, pues, que habla desde un lugar extremadamente difícil de describir, de verbalizar, desde un presupuesto que, por lo general, impide que broten las palabras.

La muerte, la gran protagonista de estas páginas, es también el enfrentamiento del poeta con la posibilidad de la desaparición del amor, ya que la percepción de la vida es física, es corporal, es carne; y el sentimiento amoroso, que es, por naturaleza, trascendente, se enfrenta con dureza a la posibilidad de carecer de sentido. Micaela Chirif escribe esto de un modo sutil, inteligentísimo, ya que articula su libro como un hondo homenaje, como una profunda declaración de amor, en que la amante (ella) se funde por completo con su objeto, el poeta José Watanabe, y se apropia por derecho —el derecho que impone el amor— de su discurso poético, un discurso que negaría justamente la trascendencia del sentimiento, que afirmaría la inmanencia y buscaría la ataraxia, la serenidad, el desapego.

Pero el hecho de apropiarse amorosamente del discurso no es lo llamativo, sino la manera que tiene nuestra poeta de apropiarse de la forma. Véase, por ejemplo, el poema “a veces me llama un amigo muerto…”; ésa es justamente la declaración de amor, el modo que encuentra la autora para establecer una dialéctica que, sin negar la inmanencia, ni renunciar a la búsqueda de la serenidad en el dolor, expresa con precisión la pérdida, su anhelo casi desesperado —aunque quizá sea esta última una palabra altisonante y en este caso no muy apropiada.

La forma es cuerpo, el cuerpo amado, y la autora es muy consciente de ello; por eso evita cualquier caída en abstracciones, en heroísmos; por eso los elementos, digamos, watanabianos, los animales-víscera —léase el fragmento sobre el corazón en la calle—, las anatomías escotomizadas, esas cabezas independientes que vagan por ahí, sin rumbo, los animales, plantas y detalles domésticos, que en este caso son los alrededores y el interior de un hospital; por eso los elementos watanabianos, decía, son reformulados porque el discurso de los poemas no se dirige sólo al lector, sino, por encima de todo, al amado desaparecido, dialoga antes que nada con el hombre amado y su obra. Y ésa es una característica que revela grandeza, que nos recuerda, al menos a mí, al mejor Montale, por poner un ejemplo.

Abraham Gragera
Libélula Libros

martes, 3 de junio de 2014

Antología. León de Greiff, Pre-Textos y Fondo de Cultura Económica.

Una nueva antología de León de Greiff, esta vez con el respaldo de dos editoriales de amplia difusión, lo que significa sacar a la luz pública un poeta que se conoció a medias en el siglo XX, una época de abundante producción poética en lengua española[1].

De Greiff no hizo parte de ese auge pues lo que se imponía era publicar y darse a conocer. De Greiff se sentía más cómodo en su anonimato (semi: pues algo se alcanzó a conocer de él, muy poco, como para dejarlo tranquilo) con las malas ediciones locales de muy escasa difusión.

Fue después de su muerte, en 1976, cuando comenzó la tarea titánica de sus herederos, en especial de Hjalmar de Greiff, para poner en orden la montaña de papeles, cuadernos, libretas, servilletas, etc., además de recoger escritos dispersos en periódicos y revistas viejas y en emisoras culturales con colaboraciones orales. Así se pudo reunir toda su obra –verso y prosa– y editarla sin errores en prensas universitarias.

La antología tiene la ventaja adicional de estar a cargo de Darío Jaramillo Agudelo, poeta y escritor de prestigio. Jaramillo seleccionó cerca de cien poemas; por primera vez se incluyen en una antología los dos poemas más largos: “Poemilla de Bogislao” (1948) y “Relato de los oficios y mesteres de Beremundo” (1955). La cifra de poemas se puede ampliar pues se trata de dos poetas con criterios muy diferentes sobre lo que es la poesía. Por ejemplo, Jaramillo le dio poca importancia a la prosa que de Greiff consideraba parte de su poesía.

“Su ídolo era Poe”, dice Jaramillo. Esto pudo ser cierto cuando León tenía veinte años y escribió su “Plegaria a Poe” (en 3 versiones: ¿desde tan temprano ya embolataba lo que escribía?) bajo la influencia de su amigo y poeta Abel Farina (Antonio María Restrepo, Aguadas (Antioquia) 1875-1921), quien fue tan entusiasta de Poe que le puso a su hijo el nombre de Edgar Poe Restrepo.

El suicidio de Farina pudo incidir en que Poe permaneciera más de la cuenta en la mente de León. Difícilmente se encuentran dos poetas más diferentes. La arrogancia de Poe y el menos arrogante de los poetas; las fantasmagorías enfermizas del primero y el honesto y sanote de León. Apostaría a que se encuentran con más frecuencia en León los personajes de Shakespeare: Hamlet, Falstaff, Shylock, Macbeth, Ofelia, Yago, Desdémona, Yorick, Mercucio, la Dama Oscura, etc. Además, de Greiff era demasiado independiente como para tener ídolos.

Suponiendo que de Greiff llegara a ser conocido, ¿supondría un reacomodo del canon poético en lengua española? Es prematuro decirlo. Los americanos de lengua hispánica nos hemos dejado matonear por la larga tradición de la poesía española. ¿Por qué Estados Unidos, no obstante la larga tradición europea, tiene una gran poesía? ¿Nos faltó un Emerson?

Tenemos la mala costumbre de no analizar los poemas. ¿Cómo saber si un poeta se repite o se renueva? ¿Cómo decidir sobre la calidad si no indagamos sobre la diversidad de significados que es, en gran parte, lo que establece la calidad de un poema?

Lo nuevo que ofrece de Greiff es una fuerte interiorización de su mundo poético, ajeno al rechazo o al aplauso, que no aportaban nada. No obstante haber vivido en el mismo corazón de Bogotá con toda su turbulencia política, la poesía de este tipo nunca lo atrajo. El poeta simpatizaba con la izquierda política, pero el lenguaje muerto de estos grupos lo hacía retroceder.

Harold Bloom no comparte la tesis de Freud según la cual todos nuestros actos tienen sentido. Si así fuera, comenta Bloom, no podría haber nada nuevo. Nos repetimos incesantemente y sólo salimos de ese “eterno retorno” por medio de la voluntad de cambio. Es la posibilidad de producir algo nuevo, original. Creo que fue este camino el que siguió León de Greiff.

Javier Vélez Acosta
Libélula Libros
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[1] Debo aclarar que en 1992 Fernando Charry Lara hizo una muy buena antología para Visor de España en un momento en que todavía no se conocía la obra completa de De Greiff. Igualmente Cecilia Hernández de Mendoza hizo una antología para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. No es del caso examinarlas aquí.

jueves, 29 de mayo de 2014

A la sombra de las hojas

Uno: «No me interesa viajar —dijo—. La gente/ es en todas partes más o menos la misma, el arte/ se ve mejor en postales y el paisaje… ¡ah, el paisaje!, / una gran estafa: todo es cuestión de desniveles/ y más verde o menos verde (…)» Esta «diatriba contra los viajes» —que aparece como epígrafe del poema: «Homo grammaticus», por Daniel Samoilovich— «fue pronunciada por Juan García Hortelano en la casa de fin de semana de Jesús García Sánchez, en las afueras de Madrid, en algún momento de 1978 o 1979.», según nota a pie de página el propio Samoilovich —«La ansiedad perfecta» Ediciones de La Flor 1991. Dos: Por su pertinencia, enseguida registro el experimento del sabio De Selby para eludirlos, los viajes: «Durante su estancia en Inglaterra, cuando vivía en Bath, [De Selby] tuvo necesidad de ir desde ahí a Folkestone para resolver un asunto urgente. Su modo de hacerlo estuvo lejos de ser convencional. En vez de ir a la estación del ferrocarril y preguntar por el horario de trenes, se encerró en una habitación de su albergue con una serie de postales de las zonas que debería recorrer en aquel viaje, junto con una complicada disposición de relojes e instrumentos barométricos y un aparato para regular la luz de gas de conformidad con la luz cambiante del día exterior. Nunca se sabrá lo que sucedió en la habitación o la manera exacta en que manipuló los relojes y demás mecanismos. Parece ser que al cabo de siete horas salió de la habitación convencido de que estaba en Folkestone y posiblemente de que había desarrollado una fórmula para los viajeros que sería en extremo desagradable para las compañías ferroviarias y navieras. No se tiene información sobre el grado de su desengaño cuando descubrió que seguía en su entorno familiar de Bath, pero una autoridad relata que afirmó sin pestañear que había efectuado el viaje de ida y vuelta a Folkestone. Se hace referencia a un hombre (cuyo nombre no consta) que afirmó haber visto realmente al sabio salir de un banco de Folkestone en la fecha pertinente.» —«El tercer policía» por Flann O’Brien, Montesinos 1987, página 66. Tres: Si se desconfía del procedimiento de De Selby, habrá que reforzar la colección de apuntes que postulan la conveniencia de quedarse en la casa, como esta respuesta de Gore Vidal a El cuestionario Proust: «—¿Cuál es su viaje favorito? —A la cama.» Y tener: «Viaje alrededor de mi habitación», por Xavier de Maistre como devocionario. 

Jose F. Calle
Libélula libros

lunes, 26 de mayo de 2014

El hombre que amaba los perros. Leonardo Padura, Tusquets.

En la cubierta del voluminoso libro (¿valdrá la pena detenerse en la desaliñada cubierta, además de decir que peca de simplona?) vemos en un plano general al inconfundible judío de pelo desordenado, barba blanca y rostro avejentado observado con interés profesional por un par de perros en su refugio francés de 1933. Lev Davidovich Trotsky es el primer personaje de esta novela de 2009 de Leonardo Padura (La Habana 1.955), aunque comparte roles con otros dos personajes quienes tienen en común, entre otros hechos, que aman a los perros, que han crecido y vivido a la sombra de las ideas comunistas, no digamos marxistas, bien por militancia o por destino y que los tres, de un modo u otro, resultan siendo víctimas y victimarios de la dictadura del proletariado. León Trotsky, Ramón Mercader, conocido también como Jacques Mornard, e Iván Cárdenas Maturell representan los caracteres sobre los que se construye esta historia trágica. Un escritor desencantado, Iván, conoce por azar, en Marzo de 1977, a un viejo, un extranjero que pasea por la playa con dos galgos rusos y entabla con él una charla que trata de perros borzois y luego va hacia otras cosas, el clima, el dolor, la mujer, en fin, y lentamente y sin quererlo va llevando a Iván a conocer los secretos de aquel viejo que está a las orillas de la muerte. En los capítulos se van intercalando las biografías de estos tres personajes del siglo XX, el uno gestor de la revolución de octubre y luego expatriado por la enfermiza ambición y paranoia de Stalin; el otro, Mercader, un militante comunista sin hígados metido hasta el cogote en la guerra civil española junto a su madre, Caridad del Río; y, finalmente, el mentado Iván Cárdenas, un escritor de militancia tibia al borde del alcohol y el desencanto en la Cuba de los años 70s, los años del fracaso de la Gran Zafra y la guerra de Angola. 

La novela histórica tiene un carácter particular: algunos lectores esperan encontrar en ella lo que los libros de historia eluden o rechazan: las menudencias de la vida cotidiana, ciertas miserias y escatologías en las que el novelista deambula a su placer. Otros le reclaman fidelidad, verosimilitud y apego a los hechos olvidando que se trata de una interpretación, de una versión (sub-versión) de los hechos asumida para satisfacer apenas la necesidad del escritor de ver su obra publicada. Sin embargo, vale la pena recordar en este punto a Juan Gabriel Vásquez, quien en un texto esclarecedor sobre la novela histórica cita a Antonia Byatt cuando dice: ”La idea de que toda historia es ficción condujo a un nuevo interés en la ficción como historia”. A lo cual agrega J. G. V.: “Yo voy incluso más allá: la idea de que toda historia es ficción ha permitido a la ficción ganar una libertad inédita: la libertad de distorsionar la historia”. Lo que hace virtuosa esta novela no es, a mi modo de ver, la fidelidad histórica según se discutió supra, sino que es capaz de contar muy bien contadas tres historias que van y vienen en el espacio-tiempo y que terminan en una gran desazón, la sensación del desencanto total, la gran marea que circunda la isla: por ejemplo, cuando en 1994 salen los balseros, Iván recuerda: “Nunca se me va a olvidar el negro grandote y voluminoso, con voz de barítono, que desde su balsa ya navegante gritó hacia la costa: “caballeros, el último que salga que apague la luz del Morro”, y de inmediato empezó a cantar, con voz de Paul Robeson: siento un bombo, mamita m´están llamando”. Esta anécdota desencantada que sucede en la página 541 se va haciendo más densa conforme pasan las hojas y el tiempo, y en la pág. 650 alcanza el clímax: “éramos la generación de los crédulos, la de los que románticamente aceptamos y justificamos todo con la vista puesta en el futuro (…) la generación que sufrió y resistió los embates de la intransigencia sexual, religiosa, ideológica, cultural y hasta alcohólica con apenas un gesto de cabeza y muchas veces sin llenarnos de resentimiento o de la desesperación que lleva a la huida antes incluso de que les dieran la primera patada en el culo”.

Gustavo López Ramírez
Libélula Libros