viernes, 17 de noviembre de 2017

Stoner

John Williams, Fiordo. Trad. Carlos Gardini.


El mejor escenario es cuando el libro del que uno quiere hablar trae sus propios adjetivos, de modo que uno sólo tiene que tomarlos prestados y aplicarlos, y de paso citar la propia obra. Por ejemplo, en el caso de
Stoner, podemos usar las palabras del narrador de la novela al referirse al libro que publicó la mujer de la que el protagonista se enamoró: “La prosa era elegante y una lucidez distante y aplomada encubría su apasionamiento”.

El narrador de Stoner cuenta lo que pasa en la novela con una distancia que no es la de la frialdad antipática hacia el objeto descrito, sino la del que se aleja como con un gesto de consideración, de buenas maneras, que en este caso es acorde con la personalidad del protagonista y con todo lo que a éste le sucede. Y sí, de hecho sirve para encubrir el apasionamiento de la novela, como si esta pasión no quisiera ser invasiva sino llegar a nosotros de manera respetuosa. Esta pasión así comunicada es más efectiva que otra probable que nos atropellara. 

La cortesía también está en la cadencia de los acontecimientos: las cosas que le suceden al protagonista son casi previsibles, evitables, y se llega a ellas sin rodeos ni florituras, como si de otra manera el narrador se hubiera permitido sofisticaciones inapropiadas.

Esta manera distante, pudorosa y, sobre todo, leal y consistente, es la identidad de William Stoner, el protagonista de la novela. Y esa personalidad se refleja perfectamente en la consecuente vida del personaje.

Al final de su vida, por ejemplo, Stoner reflexiona que “había querido ser profesor y se había convertido en eso. Pero sabía, siempre había sabido que la mayor parte de su vida había sido un profesor indiferente. Había soñado con cierta integridad, una especie de pureza plena; se había resignado a las concesiones, a los embates y desvíos de la trivialidad. Había atisbado la sabiduría, y al cabo de largos años había hallado la ignorancia. ¿Y qué más?, se preguntó. ¿Qué más? ¿Qué esperabas?, se preguntó”.

Qué esperabas”, se pregunta Stoner como seguramente nos preguntaremos todos en algún momento. La pregunta que plantea esta novela es probablemente si hay o no dignidad en el fracaso. Estoy pensando en el final de esta reseña y ya me suena efectista, pero ni modo, así fue. Al final de la novela, cuando Stoner está muriendo y pensando en “el fracaso”, de repente le parece que “esos pensamientos eran mezquinos, indignos de lo que había sido su vida”.

Me quedé en vilo. Yo sabía que en ese momento de la novela ocurriría la necesaria epifanía que nos reivindicaría a todos. Lo realmente sorprendente es darse cuenta de que no se necesita tal epifanía. Esperarla también es mezquino. La novela de John Williams lo prueba desde la primera página.


ACLI

martes, 14 de noviembre de 2017

La ciudad de las despariciones

Iain Sinclair, Alpha Decay. Traducción y prólogo de Javier Calvo.


Resultado de imagen para Nicholas HawksmoorHe caminado Londres en busca de las iglesias de Nicholas Hawksmoor, para encontrar en la sombra de sus torres lo que este arquitecto del siglo XVII ocultó en las ubicaciones de los edificios y en sus fachadas. He caminado Londres para reafirmar que los perros otorgan estatus a quienes los pasean y para quienes trabajan. También he caminado tras el funeral de un gran criminal. Y he caminado Londres para asquearme de las vallas publicitarias tan familiares para cualquier citadino —porque en las ciudades contemporáneas uno las encuentra por doquier—, y para reconocer la existencia de David Mills, el Hombre de los Búhos, un hombre admirable que cuida aves rapaces heridas y tuvo que marcharse de Hackney, un barrio londinense, por ser un desconocido para la historia oficial (es decir, turística). Pero confieso que no he vivido en Londres, ni nunca la he visitado. Sin embargo, Iain Sinclair, con su mirada, su caminar y con su forma de escritura, me ha llevado hasta allí.

En esta antología compuesta por once ensayos escritos en el transcurso de 40 años, Sinclair, siempre acompañado por un amigo y fotógrafo, contrariando ese principio londinense que privilegia el cuerpo individual en movimiento, busca, como tranquilo paseante a la deriva o como acosador “de mirada afilada y sin patrocinador”, según lo amerite la situación y la terrible vigilancia, esas arquitecturas ocultas por la oficialidad, esos lugares cargados de significado que la guía turística no indica, puntos de fuga de la luz que, luego de ser captados por la lente fotográfica, son la base de una interpretación alquímica que, entre mito y realidad, entre lo sensible y lo intangible, Sinclair construye luego de sus paseos.

Sinclair, a veces con humor hacia la ciudad, y por tanto hacia sí mismo, a veces con cinismo, otras veces con nostalgia, en unas ocasiones con prosa serena, en otras oscura y ruidosa, pero siempre profanando a la ciudad, logra recrear el ambiente citadino, ese en el que encontramos fachadas e interiores cargados de símbolos y personajes desconocidos que llaman nuestra atención, y protagonistas que, por conocidos, queremos pasar de largo; y logra también restituir para el de a pie el uso espontáneo de sus calles, enfrentando a Dios —el Capital— como un auténtico héroe moderno que busca justicia mientras cae al abismo (no está de más recordar que Jack London bajó al submundo londinense en el verano de 1902 y tituló sus vivencias El pueblo del abismo). Cuenta Sinclair que, en una ocasión, mientras escuchaba a uno de los representantes de Dios, un especulador inmobiliario que trataba de convencer a los habitantes de un lugar para que abandonaran su barrio, que sería renovado para los juegos olímpicos del 2012, según él “un desplazamiento temporal”, terminó por hacerle una pregunta: “¿Cómo puede algo volver después de haber sido arrasado?”. Nunca obtuvo una respuesta oficial. Este libro, esta antología, puede ser esa respuesta justa.

William Ospina M.
Libélula Libros

martes, 31 de octubre de 2017

Crónicas de libros

Hernando Valencia Goelkel, Colcultura.


Un libro viejo, no por antigüedad, sino por ser producto de la ordinariez y el mal gusto. Eran los libros que editaba Colcultura en los años 70 (este es del 76). Si todavía encontramos interés en él es por tratarse de ensayos de Valencia Goelkel. Y por una razón adicional: en qué quedaron algunos de los libros que hicieron ruido en esos años.

Muy pocos sobreviven, en todo caso no el de Jan Kott, traducido al castellano como “Shakespeare, nuestro contemporáneo” —que se editó inicialmente en Varsovia en 1961; Valencia Goelkel utiliza la traducción al inglés de 1964—. La insinuación de Kott, por llamarla de algún modo, de que Shakespeare se adelantó a la sexualidad moderna, en especial en Sueño de una noche de verano, fue lo que más impacto tuvo en su momento. Fue favorable para llenar teatros. Pero William Hazlitt —a mediados del siglo XIX— y Harold Bloom dañaron la fiesta al decir que Bottom, el artesano, es el protagonista de la obra. A Bottom no le valen magias, encantamientos ni brebajes para dejar de ser lo que es. No es manipulable. Astucias del autor al colocar como protagonista a uno de los de abajo.

En 1960 aparece la edición de Aguirre de las Obras completas de León de Greiff. Incompletas no sólo porque León moriría en 1976, sino porque no incluía sus prosas, sin contar los desaciertos y erratas con los que él se divirtió leyéndola en Estocolmo, mientras atendía asuntos relacionados con la embajada de Colombia en Suecia. De no ser por la limpia edición de poesía y prosa que hizo Hjalmar de Greiff, tendríamos un León de Greiff trunco. La cita que trae Valencia Goelkel puede servir para mostrar que “la poesía para de Greiff no es un oficio, es agobio de por vida, razón de ser, lacra imborrable, lacerante. Estigma, baldón y malatía peyorativos. Gafedad, manquedad manca y reproche permanentes. Apostolado tonto. Inaptitud e ineptitud consagradas. Inri. Irrisión. Lucro cesante incesante, y daño submergente. Oprobio. Agobio una vez más. Flor de lis en el hombro. Hierro en la espalda. Yerro en el pecho. Lucero en la frente. Tirso y cascabeles de bufón. Cetro de cañas de Rey de Burlas. Nasociranesco [...]”. Pregunta Valencia Goelkel: “¿en qué consiste la tan mentada originalidad de León de Greiff? Simplemente en un hecho insólito en cualquier latitud [...]: la de ser tal, la de la fidelidad a sí mismo [...] los personajes, las fábulas, los mitos, las alusiones y las ironías son indispensables para objetivizar, para darle una estructura autónoma a esa vida interior en torno a la cual gira, incesante y exclusivamente, la obra de De Greiff” (p. 26-27).

Oscar Lewis se va para Ciudad de México a hacer un estudio antropológico de la pobreza y escribe Los hijos de Sánchez, que a Valencia le parece “ideológicamente indigente”. Sin mucha antropología de por medio, Jesús Sánchez le muestra, en dos brochazos, el alma de México: “Puede que las cosas sean distintas en los Estados Unidos. Bueno, quizás sea mejor que no tengamos aquí sino una pandilla en el gobierno, porque tiene una pistola en cada mano. No ha oído el cuento sobre los dos tipos que estaban jugando al póker y el uno tenía dos ases y el otro le pregunta: —¿Y usted? —Dos pistolas. Y entonces le dice: —O.K., usted gana. Y así es aquí el PRI; tiene las pistolas y si alguien protesta, bueno, pues lo coge un carro”.

El libro de Goldmann Para una sociología de la novela (1964), creo que más indigente que el anterior, trae un planteamiento que después acogieron varios estructuralistas franceses: los verdaderos sujetos de la creación cultural son los grupos sociales y no los individuos”. Esto sería una tontería si no fuera por la acogida que tuvo. Las obras de Shakespeare las escribió su época, no un señor que llevaba ese nombre. Es tal vez la mayor sandez de época y la más exitosa. Sin embargo, agrega: “Malraux es uno de los grandes escritores de la primera mitad del siglo XX en Europa Occidental”: ¿Y el grupo social qué se hizo? Este señor es tan apasionadamente científico como apasionadamente francés. Pero no se le puede negar la perdurabilidad, todavía tiene seguidores. 

Aunque parezca raro y hasta un chiste a las generaciones de hoy, hubo en 1966 un concurso de novela nadaísta y hubo además ganadores. Germán Pinzón con El terremoto, Pablus Gallinazo con La pequeña hermana y Humberto Navarro con Los días más felices del año. Los agravios de Gallinazo contra Dios tienen su base en ‘Nich’ (así pronunciamos, dice Valencia, a Nietzsche en Bucaramanga) (¿Ese será también el origen del Grupo Niche?). “El solo hecho de imitar a Camus en La caída tiene ya algo de enternecedor”, dice Valencia, y su paciencia llega hasta leer las tres novelas. Esta tontería por fortuna no perduró.

Todas las épocas escriben más tonterías que cosas serías —éstas son raras o pasan desapercibidas. Aquí el crítico escribe casi en caliente, pues casi nunca deja pasar una sandez sin señalarla. La forma rápida con que captaba tanto las fallas como los aciertos lo convierte en uno de los mejores críticos —junto a Hernando Téllez— de este país. Sanín Cano no llegó a tanto y Gutiérrez Girardot está por evaluar.

Javier Vélez A.
Libélula Libros

miércoles, 25 de octubre de 2017

El hombre sentimental

Javier Marías, DeBolsillo.

El sueño es una segunda vida”. Las palabras con las que inicia Nerval su Aurélia podrían haber sido también las primeras de El hombre sentimental. Esta novela es el relato de un sueño que recuerda lo ocurrido cuatro años antes. El narrador, un reconocido cantante de ópera, habla del preludio a su “historia de amor con Natalia Manur” (la mujer que ve por primera vez dormida y que parece estar “aquejada de disoluciones melancólicas”). No sabemos quién es ella, ni tampoco quiénes los hombres que la acompañan en el tren; la primera imagen del libro. Sabremos después que uno de ellos es su esposo que lleva esperando quince años por su cariño. Sabremos después acerca de las palabras que nuestro narrador le dice a Natalia: “Yo no quiero morir como un imbécil (…) Pero tu muerte sería también la mía”. La novela es una aclaración de estas expresiones.

Javier Marías cree que el amor es en parte importante memoria y anticipación. Los personajes de su historia representan el recuerdo de lo que ya no es y la expectativa de algo que todavía no ha ocurrido, de algo que no se sabe si ocurrirá. Es en la imaginación donde transcurre la vida del hombre enamorado, y también la de todos los seres humanos. El tiempo puede ser el consuelo de quienes imaginan la alegría de los momentos pasados y esperan la felicidad venidera. El tiempo, juez que determina el fin de las cosas, puede llevar también a la desesperación al hombre abandonado por la mujer amada (arrebatándole la esperanza de una vida feliz) y convierte el pasado, el que no se quiere recordar, en algo imborrable. El hombre sentimental es una reflexión sobre el tiempo a través de las imágenes del amor.

Al terminar esta historia el primer recuerdo que tuve fue la declaración del León de Nápoles, el cantante de ópera, sobre el abandono y el desamparo de quien no tiene a alguien que vele su dormir. Marías hace que su narrador relate un sueño, no la fuente, los hechos, de los que éste se nutre. Creo que lo hace para, de alguna forma, convertir a los lectores en vigías. “Los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”. Habrá que añadirse a la hermosa frase final de Mendel el de los libros de Stefan Zweig la palabra ‘soledad’. Porque los libros también se escriben como una cura contra eso.

Libélula Libros

Hacia una espiritualidad de los sentidos

José Tolentino Mendonça, Fragmenta. Trad. Teresa Matarranz.


No dejen de leer a José Tolentino Mendonça (cura y poeta). Sí, el mismo de  La escuela del silencio (Tragaluz). Acabo de leer Hacia una espiritualidad de los sentidos (Fragmenta, una editorial tan cristiana como ecléctica). Es apenas el primer capítulo de un libro más ambicioso: A mística do instante. O tempo e a promesa. 

Tolentino se pregunta cuál debe ser el sentido de la espiritualidad hoy. ¿Nos dice algo todavía la mística del alma, esa de San Juan De la Cruz y la noche oscura, Platón y el rechazo de la carne? Tal vez sí. Pero el autor, como Merton y otros  místicos del siglo XX, cree que tal vez podamos explorar otra: la mística del instante. El cuerpo, los sentidos, hace parte central del dogma: "¿Dónde experimentamos mejor el Espíritu [del mundo o de dios] sino en el extremo de la carne viva? ¿Dónde encontraremos su soplo sino en el barro?". Nuestros sentidos están entumidos, cansados, como en los versos de Pessoa: “Estoy cansado, claro, / porque a estas alturas uno tiene que estar cansado. / De qué estoy cansado, no lo sé: / de nada me serviría saberlo / pues el cansancio sigue igual”. Por lo que Tolentino no teme adoptar el estilo de un manifiesto: necesitamos una “nueva” educación sentimental; cultivar, cuidar y refinar las ventanas por las que percibimos el mundo. Una mística, entonces, que nos permita encarar aquello a lo que escapamos hoy: el luto, la muerte, la enfermedad y la vejez. Hemos bombardeado al ojo y al oído: los sentidos de la lejanía, y descuidado aquellos que evocan y traen la proximidad: el gusto, el tacto y el olfato: la piel. Sentidos que además graban en la memoria recuerdos como ningún otro (la magdalena de Proust, etc.) y que logran derrotar el tiempo: “Walter Benjamin escribió que del reconocimiento de un olor esperamos más que de cualquier otro recuerdo: esperamos nada menos que el privilegio del consuelo, ya que ‘un olor diluye años enteros en el olor que recuerda’“. Pero el, digamos, proyecto de Tolentino no se limita al cuerpo. “Necesitamos una nueva gramática que concilie en lo concreto los términos que nuestra cultura concibe como irreconciliables: razón y sensibilidad, eficacia y afecto, individualidad y compromiso social, gestión y compasión, eternidad e instante”. ¡Y que nos reconcilie con el tiempo! Nuestra mayor crueldad es el tiempo, dice Tolentino. Un Cronos devorador que nos obliga a satisfacerlo con objetos, a llenarlo con la promesa ficticia que encierra toda compra. Tolentino se pregunta por qué si la “más loca pretensión cristiana no se sitúa en la esfera de las afirmaciones metafísicas [sino que] es sencillamente la fe en la resurrección del cuerpo”, no lo sentimos como instrumento vital, como instrumento “del deshielo”. “Los Padres del Desierto decían que abrir las manos, incluso antes de pronunciar palabra alguna, es ya rezar”. Abrir las manos, estar atentos: ahí está la mística del instante. Qué es un místico, se pregunta Tolentino. Y como reputado teólogo y hebraísta sabe que la respuesta es compleja, “pero los largos viajes comienzan con un paso corto”. Así, se aventura a decir que, en esencia, un místico es aquel o aquella que no puede dejar de caminar. 

Se alargó la reseña, va la última cita: “Si nos fijamos bien, continuamente somos desposeídos del pasado y, por mucho que hagamos, no podemos anticipar ni un fragmento de futuro, por ínfimo que sea. Solo nos queda el instante”. Henri Michaux lo dijo más simple: “Leo / Veo / Recorro el evangelio de los cielos abiertos”. 

Libélula Libros

martes, 24 de octubre de 2017

El puente de los sueños

Junichirō Tanizaki, Siruela. Trad. María Luisa Balseiro y Ángel Crespo.



En El pabellón de la paulonia, el primer capítulo de La historia de Genji, Murasaki Shikibu cuenta lo mucho que sufrió una mujer a causa de su belleza. Entre otras tantas cosas, Shikibu revela que ya hace más de mil años las virtudes estéticas y sus goces removían las bases sociales y morales de los hombres. En una serie de actos poco usuales y mal vistos, su Majestad el Emperador prodigaba preferencias que no eran propias a una de las mujeres que estaban dispuestas para su servicio, y al hacerlo se volvía comidilla de los nobles sabios que lamentaban el triste espectáculo que ha traído ya la ruina a otros imperios (en la China del siglo XII el emperador Xuanzong abandonó los asuntos del estado y dirigió toda su atención a la bella Yōkihi, hecho que causó una rebelión y la ejecución de su amada). Las otras mujeres, íntimas, consortes y concubinas, fueron despreciando poco a poco a la bella preferida, este odio nunca oculto le enfermó y le llevó a la muerte.

El puente de los sueños es el título del último capítulo de La historia de Genji y el nombre de un libro que Junichirō Tanizaki escribió entre 1910 y 1934. Son cinco relatos: El tatuador, Terror, El ladrón, Aguri y El puente de los sueños. Los reseñistas dicen que el mejor es el último: porque con él Tanizaki demostró que no estaba tan embebido por la escritura occidental y que no había olvidado la parsimonia, paisajes y temas propios de la escritura japonesa; con él, dicen, Tanizaki supo volver a Genji y a la idea de que la vida no es más que una serie de sueños unidos por el puente de la realidad. Quizá sea cierto.


Pero hay más en ese libro y en los otros relatos. En El ladrón, por ejemplo, unos amigos están conversando sobre el amor y pasan rápido a preguntarse cuál sería el crimen que nunca se permitirían cometer. Todos coinciden en que nada más punible que el robo, el robo a un amigo, porque implica algo más vil incluso que el asesinato: la traición. El tatuador nos lleva a la “época en la que los hombres rendían culto a la noble virtud de la frivolidad”; Seikichi, virtuoso tatuador, tiene una obsesión: completar la belleza de una mujer, elevarla, tiñendo su piel. La belleza de ésta no podía ser sólo física, buscaba una mujer virtuosa. Algo parecido al hallazgo sucedió cuatro años después: junto a un restaurante vio un pie desnudo de mujer, y convencido de que las partes contienen las propiedades del todo, supo que un pie así: perfecto, hermoso, noble, diseñado para pisotear al resto de los hombres, sólo podía pertenecer a la mujer que buscaba. Lo perdió, no obstante, y sólo un año después la virtuosa llegó a su puerta por azar. La técnica que Seikichi usaba era especialmente dolorosa, pero Seikichi necesitó de muy poco para convencer a la muchacha de que el tatuaje la revelaría y la elevaría ante las otras, y quizá sea por eso que la escuchamos decir: “Puedo soportar cualquier cosa por la belleza”.


No sólo sobre la debilidad de los hombres ante lo bello tratan los relatos. En el capítulo veintiuno de La historia de Genji, Genji envía una carta a Asagao, la ex sacerdotisa de Kamo; era día de purificación, su padre había muerto hacía un tiempo y era hora de que ella dejara de vestir de luto y adoptara los colores propios de la tranquilidad que otorga el paso del tiempo, eso le dijo Genji y ella respondió: “Parece que fue ayer cuando sólo vestía el gris del luto/ y hoy semejante pureza significa para mí que todo pasa”, y cierra Shikibu ese intercambio entre ambos con una frase que bien puede contener la idea que sostiene y justifica ese libro de Tanizaki: “la vida es tan frágil”.

Jhon Isaza
Libélula Libros

lunes, 23 de octubre de 2017

El Expreso del Sol

Tomás González, Seix Barral.


Diez relatos que dejan la sensación de estar parado sobre un suelo incierto. Cosas que pasan en Cali, en Boyacá, en La Dorada. Señoras que podrían ser tías o vecinas de uno; historias que, aunque resultan familiares, parecen amparadas bajo un manto siniestro que no se menciona. ¿El de la muerte? ¿El de la insignificancia? Pues no se sabe porque no se menciona. Es como la visión de un lago azul, plácido, pero lleno de cocodrilos. El instante previo a un terremoto, la mente de un sociópata querido por todos, jóvenes departiendo en un bar donde va a estallar una bomba.

Sin embargo, cuando terminé de leer El Expreso del Sol, me las di de crítico y pensé: a estos relatos les falta fuerza. Fuerza: una de esas palabras que usan los chefs reconocidos para juzgar lo que cocinan las amas de casa en los realities gringos. O los enólogos para criticar un mal vino con el que finalmente uno también se emborracha, conversa, se desinhibe y pierde las cuentas de lo rutinario. 

En El Expreso del Sol todo carece de esa fuerza tan fastidiosa. De esa arrogancia que contienen las vidas empeñadas en dejar un legado, de la grandeza que se espera de cualquier cosa, como si todos los escritos tuvieran que ser obras maestras, las comidas experiencias o las vidas sucesiones de actos heroicos. Se trata más bien de una serie de relatos débiles. Débiles en un sentido que no busca demeritar su calidad literaria sino que precisamente se la imprime. Débiles como la sangre de un enfermo, como la vida en general.


Jorge Aranda
Libélula Libros

miércoles, 18 de octubre de 2017

Aquí nos vemos

John Berger, Alfaguara. Trad. Pilar Vázquez.



El número de vidas que entran en la vida de uno es incalculable”.
John Berger

Hace unos meses hice el cálculo de mis muertos, copié en mi libreta una a una las personas cercanas que han muerto, creo no haber olvidado a ninguno: abuelos, tíos, familiares cercanos, profesores. No tengo en la lista aún hermanos o amigos. Recuerdo ahora a dos o tres compañeros de colegio que por lejanos e intrascendentes en mi vida no fueron anotados. No sé qué me llevó a hacer la lista, puede haber sido la edad o el presentimiento de que me acerco a la primera línea. Tal vez. Ahora, vista de nuevo —he abierto la libreta y sumo poco menos de veinte— me doy cuenta de que hice la lista para volver a sentirlos, para verlos, para encontrarme con ellos aunque fuera por ese breve instante, para ofrecer una pequeña escaramuza al olvido. Sin duda ellos, como luego sucederá conmigo, reposarán dulcemente en el olvido. Cuando nadie los recuerde y cuando no quede alguien que me recuerde, se habrán esfumado de manera definitiva. Por lo pronto tienen asiento en la tierra de la memoria que visitamos a nuestro antojo, y a veces, depende de nosotros mismos también, son ellos los que nos visitan. He visto a mi abuelo caminar por las calles del centro de la ciudad, lo he visto en misa arrodillado frente a la imagen del Perpetuo Socorro. Y he visto a mi bisabuela en un parque mirarme con sus ojos azules penetrantes y misteriosos, en silencio. O a mi abuelo materno caminar por la Avenida Santander con su paso lento, disfrutando cada esquina y cada mujer, saludándome con una sonrisa pícara de la misma forma en que lo hacía cuando yo era un niño.

Hace poco mi abuela comió conmigo en un restaurante cerca a Cali. Pedimos sancocho de gallina. Ella volvió a mostrarme la huevera como lo hizo por primera vez hace cuarenta años. Hoy, medio extraviado en la ciudad, volví a buscar el eucalipto que tenía el patio de la casa de mis abuelos y que se veía desde cualquier parte; lo encontré en medio de edificios, me sentí a salvo. Ahora pienso que debo agregar a la lista el nombre de los árboles y los perros y gatos que ya no están.

Aquí nos vemos, he escrito al frente de la lista de mi libreta. Tal vez, para lograr algo más que aquellos encuentros breves que relato, deba esperar más tiempo. Si lo que quiero es sentarme a conversar como lo hizo Berger, debo alcanzar la primera línea. A partir de hoy viajaré más atento, seguro de que en una plaza o en una esquina me encontraré con uno de mis muertos.

pfa
Libélula Libros