miércoles, 14 de diciembre de 2016

Entrevista a Patricio Pron

Los libros de Patricio Pron llevan dentro de sí una clave que se reconoce y se transfiere a partir de las cosas que sabemos pero hemos olvidado, esas que vuelven a la memoria pero se distorsionan: y por eso mismo se completan, se describen de formas nuevas. Es como si la literatura tuviera que encargarse de llenar esos espacios en blanco, su función sería entonces esa búsqueda por definir algo que tal vez ni siquiera exista. El tiempo pasa, se acumula y su destino es la incomprensión. El tiempo es un montón de nieve que cae y cae sin ninguna intuición o suposición que sea capaz de explicarlo. La literatura es la resignación y la distracción de ese fracaso, y su esperanza, si interesa, es eso: contar historias. "La literatura es la vida mejorada", se lee en alguna página de No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, la nueva novela del escritor argentino, un libro que aparece como una proeza y que debería compensar cualquier falta que le queramos asignar a ese peligroso adjetivo: nuevo. Hay futuro.

Boletín Libélula Libros: No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles tiene una estructura particular e incluso algunos podrían decir que difícil: ¿qué tanto le importa esto (la forma en la que se va a presentar la historia) cuando escribe?, ¿es algo planeado y riguroso? ¿Cómo comenzó a escribir esta novela?
 
Patricio Pron: La dificultad inicial de la novela es deliberada, por supuesto. Apunta a poner de manifiesto desde el comienzo que No derrames tus lágrimas […] no es una novela convencional, sino una que tiene sus propias reglas y que, por consiguiente, constituye una experiencia de lectura completamente distinta a todas las que el lector haya tenido hasta el momento. Los lectores con los que he conversado sobre el libro me han dicho que la dificultad se convierte en placer si se avanza en el libro, y la verdad es que no se me ocurre mejor forma de definir lo que quiero hacer como escritor que esa.

BLL: En El libro tachado uno puede intuir que la literatura quizá se enriquezca más de lo no dicho y nunca escrito que de lo puesto en el papel y presentado con mayor o menor exigencia a un público. ¿Es No derrames tus lágrimas […] una consecuencia de esta idea, es por esto que nace el proyecto de escribir sobre escritores apócrifos y sus obras inexistentes?

PP: Sí, absolutamente. No derrames tus lágrimas […] es otra forma de hablar de esa “soledad demasiado ruidosa” que es la literatura según El libro tachado.

BLL: Una de las páginas más llamativas de No derrames tus lágrimas […] es la 100, Patricio, y releyéndola nos nace una pregunta necesaria y (ojalá que no) chocante. Copiamos: "la fascinación, el entusiasmo que nos provocan ciertas obras supone una forma de transferencia" y luego: "la literatura crea incluso cuando finge que imita". ¿Cuáles pudieron ser esos libros que se transfirieron en No derrames tus lágrimas […]? ¿Vale anotar Los detectives salvajes?

PP: Sí, Los detectives salvajes es una referencia de cara a No derrames tus lágrimas […], pero también muchos otros libros que a su autor y a mí nos gustaban y de los que hablamos en ocasiones: las Vidas imaginarias de Marcel Schwob y Jorge Luis Borges, ciertas novelas que prescinden del narrador, como algunas de Manuel Puig, el realismo documental de Rodolfo Walsh, los futuristas: hay muchos libros en No derrames tus lágrimas […], y parte del juego que la novela propone es rastrear influencias, trazar genealogías posibles y pensar descendencias.

BLL: Faulkner hablaba de que un artista siempre tiene un sueño ante su obra y que para liberarse de él habría que echar todo por la borda: "el honor, el orgullo, la decencia, la felicidad", ¿es NDTL de sus libros el que más se acerca a esta angustia?
 
PP: No estoy seguro de comprender bien la frase de Faulkner, pero sí pienso que "el honor, el orgullo, la decencia, la felicidad" son cosas de las que uno debe desembarazarse a la hora de escribir. Mucha literatura decente, amable y feliz cuya tarea parece ser apaciguar al lector, y apenas deja una huella en nosotros después de haberla leído, parece poner de manifiesto que, en realidad, la función de la literatura es otra muy distinta; apuntar a lo desconocido y a lo inmotivado, ir hacia el corazón de las cosas en vez de rozarlas con un gesto amable.

BLL: ¿Cree que sus primeros libros fueron escritos en contra de algún modelo? Luego de casi veinte años publicando, ¿qué significa hoy para usted escribir?

PP: Me da la impresión de que todo libro se escribe en contra de algo, contra un cierto estado de la literatura por ejemplo. En ese sentido, sí, mis primeros libros, y los posteriores, han sido escritos como correctivo a las que he pensado que eran concepciones distorsionadas de la literatura o de sus vínculos con la política y la vida. Luego de (según mis cuentas) veintidós años escribiendo, escribir sigue siendo algo muy similar a lo que era en el principio: trazar una línea en el agua, un rastro breve pero poderoso de lo que fuimos y de lo que aspiramos a ser, intentar provocar en algunos lectores el mismo entusiasmo y la misma emoción que nos provocaron a nosotros otros libros y otros autores, ir a sitios a los que se nos había dicho que nunca íbamos a poder acceder, hacer cosas con palabras y que esas cosas reemplacen otras cosas, que nos han sido dadas de antemano como un destino.

BLL: Como libreros todo el tiempo estamos organizando libros, acomodando donde haya (o no) espacio, ¿cómo organiza usted su biblioteca? ¿Le dedica tiempo a esta actividad? ¿Tiene algún capricho como lector?

PP: Oh, gran tema: para ordenar mi biblioteca utilizo un sistema alfanumérico que me enseñaron en Alemania, mientras trabajaba en una oficina kafkiana de documentación en Göttingen; pero es un tema largo, y espero escribir un ensayo al respecto algún día. Si lo hago, será un placer compartirlo con los lectores de Libélula.

BLL: ¿Qué está leyendo ahora?

PP: Muchas cosas, como siempre. Lo más reciente y digno de mención: Había mucha neblina o humo o no sé qué de la mexicana Cristina Rivera Garza, El caballo y el gaucho del argentino Pablo Katchadjian y los excepcionales poemas de la española Amalia Iglesias Serna.

"Los guardianes de la sabiduría ancestral", Wade Davis. Sílaba. Trad. Juan F. Merino y Juan M. Pombo.

"Un milagro corriente: / que se produzcan tantos milagros corrientes".
Wislawa Szymborska: La feria de los milagros


Imaginemos un mar de 25 millones de kilómetros: percibiendo con atención el movimiento de la canoa a través del agua, leyendo la coloración, forma y carácter de las olas, prestando atención a luz o a los halos de las estrellas o a su titilar, descifrando los matices del cielo o de la luna sobre la bóveda de una isla, guiándose por la dirección del tiburón pardo o un ave en desbandada —"avistar un barragán blanco indica que hay tierra a menos de 200 metros"—, saboreando la salinidad y la temperatura del agua o de las algas, presintiendo la reverberación de la corriente en el casco y memorizando cerca de 220 estrellas en el cielo nocturno, los maoríes, el pueblo polinesio, lograron surcar esa otra constelación que une la isla de Pascua, Hawai y Australia: el Océano Pacífico. "Y la metáfora que sustenta todo es que la Hokule’a [la nave] jamás se mueve. Simple y llanamente espera, es el axis mundi del globo, al tiempo que las islas surgen de la mar para darle la bienvenida". El navegante no duerme: para esa lectura intensa, instantánea del mundo necesita estar en duermevela por jornadas de hasta 22 horas. 

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Ahora vayamos a otro Océano: la selva del Amazonas, formada "cuando las serpientes llegaron al centro del mundo, se tendieron sobre el suelo, se extendieron como ríos, con sus potentes cabezas o formando las bocas de los ríos, las colas alejándose sinuosas hacia remotos cabezales, las ondulaciones de la piel dando lugar a los rápidos y las caídas de agua". Para los barasana cada rincón, cada pliegue de la selva es un sitio viviente donde, ahora y siempre, habita el misterio indefinible del mundo. De ahí que no exista en su lengua la palabra "tiempo": el jaguar, la savia, la piedra, la catarata, la mandioca, el mundo natural está ahí y no necesita ser reafirmado o tocado por las ideas de pasado, presente o futuro. La geografía está tatuada a tal punto que en sus cantos los chamanes makuna recitan los topónimos de lugares que pueden ser rastreados con precisión por más de 1.600 kilómetros río abajo del Apaporis. ¿Panteísmo? No. Como explica Joseph Campbell, esa idea supone la existencia de un dios personal que habita el mundo. Los pueblos de la serpiente sospechan que animales y humanos somos la tierra, la conciencia de la tierra. 

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Otro Océano más: el desierto australiano. Por 55.000 años —hasta la llegada de los súbditos de Su Majestad— prosperó allí un pueblo de "nómadas" recolectores: los aborígenes que con los "trazos de la canción" (songlines) tejieron una "red de la memoria" en la que habitar el continente consistía no en mejorar o cambiar nada, sino en conservar el mundo precisamente tal y como estaba en el instante de su creación. Una conducta que en su vida diaria se traducía en algo cercano a "la estasis, la circulación lenta de la sangre, la constancia, el equilibrio y la consistencia". Esos trazos o versos cantados fueron lo más cercano que tuvieron a una escritura, y en ellos registraron el pasado y las promesas del futuro, una cadena que los vinculaba entre sí y con sus antepasados. Como entendió un antropólogo amigo de Davis, "no era un pueblo sin historia. Eran, más bien, una civilización que en cierto sentido había derrotado a la historia".

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No sé cómo llamar a estos pueblos sino es como los pueblos del milagro. Y el libro de Wade Davis busca advertirnos que ellos y sus visiones del mundo están en peligro (cuando no ya extintos). La cascada de destrucción no sólo arrasa el verde de las plantas o el pelaje de los animales: lo cierto es que asistimos a un siglo en el que las constelaciones de mitos, lenguas, ritos, artes que hicieron posible a maoríes, barasana, bosquimanos, waorami, penan, arhuacos o tibetanos se extinguen todos los días a una velocidad pasmosa. Dice Davis que lo escribió, además, para contarnos una cosa: todas las culturas que su libro exalta y celebra y canta tienen la intuición infinitamente sutil de que los pobladores de la tierra son tan necesarios para ella como ella para nosotros, que el orden y concierto del mundo se consigue —cuando se consigue— porque nuestras consciencias comulgan con el orbe: la tierra misma se insufla de vida gracias a la conciencia humana. "[Para los barasana] no hay separación entre la naturaleza y la cultura. Sin el bosque, los ríos, los seres humanos perecerían. Pero sin la presencia de la gente, el mundo natural no tendría orden ni significado. Todo sería caos". Y también los mamos de la Sierra: "En este esquema cósmico la gente cumple un papel esencial, ya que es solo a través del corazón y la imaginación humanas que la Gran Madre puede manifestarse". 

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Wade Davis no se llama a engaño: ni su libro busca engrosar el "mito del buen salvaje" ni cree posible que debamos hacer un "museo de la cultura" donde podamos congelar esas visiones, ni mucho menos que haya que construir un dique artificial que pueda evitar la fuga de esa sabiduría ancestral. Pero sí podemos darle espacio, sí podamos dejar ser y abrir la puerta a la elección. Acaso los únicos guardianes posibles seamos "nosotros" —cualquier cosa que eso signifique— cuando entendamos que nuestro simplón modelo de realidad que llamamos Occidente sólo es eso: uno entre ese mar tan grande como el que surcaron los polinesios mirando, maravillados, las estrellas. Existen otras formas, otros caminos, y —explica Davis— de nosotros no se exige nada diferente a permitir que a aquel que quiera andar esas sendas lo pueda hacer.

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Todos los días se apaga una lengua, nos dice Davis. Todos los días se apaga, entonces, ese "destello del espíritu humano, el vehículo por medio del cual el alma de cada cultura llega al mundo material. Cada idioma es un bosque primitivo de la inteligencia, es un hito del pensamiento, un ecosistema de posibilidades espirituales". Esas voces no son intentos fallidos de ser como "nosotros" o alcanzar la "modernidad": son el canto único de la imaginación que, a tientas, busca la respuesta común de nuestra especie: ¿qué significa ser humano y estar vivo? El inglés utiliza 32 sonidos; el idioma de los san, el pueblo que formó el árbol genealógico del mundo, 141. Este libro es un llamado sin rabia a que no nos quedemos con un solo guion, un guion que, aunque iluminado de muchas maneras, no es el parangón del potencial humano. 

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"¿Qué importancia tiene para una familia que vive en Vancouver o Halifax o en una granja en el estado de Iowa o en la cómoda tranquilidad de una casa en Newfoundland, que se extinga alguna remota tribu africana, ya sea por integración o por violencia, que sus sueños y pasiones espirituales, expresadas a través de rituales, se evaporen como el humo?" Davis se pregunta y este libro es su respuesta. Pero también vale la de John Donne en siglo XVI: importa porque ningún hombre es una isla, entero en sí mismo; cada hombre es un trozo del continente, una parte del todo; si un mero terrón es llevado por el mar, el mundo se reduce tal y como si le quitaran todo un arrecife, o tu casa o la de uno de tus amigos; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy implicado en la humanidad. 

 
Christian Camilo Londoño
Libélula Libros

Darwin entre las computadoras

En el libro El rival de Prometeo (editorial Impedimenta) se presenta un artículo que Samuel Butler, autor de una de las primeras distopías (Erehwon), envió bajo el seudónimo de Cellarius al periódico neozelandés The Press en 1863. Se llama Darwin entre las máquinas, y en él Butler plantea que las máquinas, como los animales, evolucionarán y terminarán convirtiéndose en los gobernantes del planeta. Tengamos en cuenta que Butler se refería a motores a vapor y otras máquinas que hoy en día consideramos obsoletas. ¿Qué pensaría él, por ejemplo, de Deep Blue y su triunfo contra Kasparov (o del reciente triunfo de una computadora de Google contra el campeón mundial de Go)?

Butler afirma que las máquinas están sujetas a un proceso evolutivo casi biológico (de ahí el nombre Darwin entre las máquinas). Para ilustrar su punto, usa la siguiente analogía: es común encontrar ejemplos de animales que, con el paso del tiempo, han evolucionado a versiones más pequeñas y más funcionales de sí mismos. Lo mismo, según Butler, ha pasado con las máquinas: Observemos un reloj, por ejemplo. Examinemos la hermosa estructura del animalillo, el sofisticado juego de las manecillas que marcan los minutos. Pronto descubriremos que esta diminuta criatura no es sino la evolución de los voluminosos relojes del siglo XIII. El argumento de Butler todavía se mantiene: las computadoras, como los relojes, han evolucionado desde la MARK I en 1944 a los celulares que hoy cargamos en nuestros bolsillos. Podríamos incluso afirmar que este proceso evolutivo ha ocurrido con una rapidez sin precedentes: en menos de un siglo la computadora se reprodujo y evolucionó al punto de convertirse en una comodidad que no falta en ninguna parte.

Para Butler, este proceso evolutivo nos dejará en un segundo plano. Nuestra relación con las máquinas, decía, será completamente análoga a la relación que en ese entonces teníamos con los animales: una especie de simbiosis en la que los unos dependemos de los otros. Si por alguna causa cayeran fuera de servicio sus necesidades serían atendidas inmediatamente por médicos totalmente familiarizados con su construcción, afirma Butler. Sin embargo, el panorama nuestro es más preocupante. Los teóricos de la inteligencia artificial hablan de la singularidad, es decir, del punto en el que logremos crear una verdadera conciencia que sea autosuficiente. De ser posible crear una verdadera inteligencia artificial (tema que pertenece a otra discusión), llegará un punto en el que las máquinas podrán reprogramarse y repararse solas. En ese punto la simbiosis que propone Butler no tiene por qué tenerse, y pasaremos a tener un rol decorativo, como lo tienen hoy los caballos.

Aunque en la época de Butler el futuro era alentador, él proponía (en tono jocoso) declararle la guerra a todas las máquinas. Destruirlas por el bien de la raza humana. Siendo nuestro futuro menos alentador, no veo por qué no. 

Miguel González Duque
Libélula Libros

Hijos del átomo, varios autores. Alpha Decay.

Es bien sabido que autoridades de la cultura en mayúsculas y curadores del arte "de verdad" han pasado por alto, históricamente, el valor de las creaciones nacidas en la industria, obras cuya única función, según estos individuos, es entretener, sumir a las masas en la ignorancia y proyectarse como ejemplos (a no seguir) de la abominación artística.

Ahí están las imaginativas críticas a Hollywood y a otros reductos del entretenimiento como la industria del cómic, de la que se ocupa parcialmente Hijos del Átomo: once visiones sobre la Patrulla-X, conocida por estos lares como X-Men, que recopila 11 ensayos sobre los mutantes concebidos por Marvel.

Un texto que da cuenta del interés creciente de las editoriales por abordar fenómenos de la cultura popular desde la reflexión y la aproximación intelectual como contraparte del criterio irracional y fundamentalista del fanático, lo que también es un indicador de una muy buena noticia: los prejuicios alrededor de estas creaciones se están superando. Otros libros como Batman desde la periferia, también de Alpha Decay, y Star Wars. Filosofía rebelde para una saga de culto, de Errata Naturae, lo confirman, aunque sin descuidar que sean temas rentables, otra poderosa razón para su publicación.

Los escritos que componen Hijos del Átomo se decantan por analizar las condiciones socioculturales que rodearon la creación del mito X-Men, poniendo sobre la mesa vínculos insospechados entre la ficción y contextos como la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos durante los 60, con Martin Luther King y Malcolm X como trasuntos de Charles Xavier y Magneto, respectivamente; hallazgos de la genética que nos acercan (contra todo pronóstico) a la especulación científica de la saga creada por Stan Lee y Jack Kirby, la pubertad como parábola de lo mutante, entre otras cuestiones.

Todo, repito, desde una perspectiva incisiva y reveladora, carente de la nostalgia del fan e interesada más en escudriñar los recovecos de su objeto de estudio y pasarlos por el tamiz del análisis, que en describir al pie de la letra el argumento de X o Y tramo de la franquicia, lugar al que, lamentablemente, desembocan muchas de las "discusiones" de la ficción pop.

De los 11 ensayos quisiera resaltar tres, que para mí son una muestra de lo mejor de este libro. Con ello pretendo animarlos a que lo lean en lugar de realizar aquí una descripción interminable de todos los textos (que les arruine el placer de descubrirlos) y entre los que hay otros de enorme valor al margen de los que menciono a continuación.

El primero: Los New X-Men, de Grant Morrison: Un acto de profanación. Óscar Broc desgrana las claves del periplo que tuvo el célebre guionista escocés como escritor de la cabecera entre el 2001 y el 2004. Deja claro que el paso de Morrison por la saga fue como un tornado que arrasa un pueblo hasta los cimientos: su pluma rebelde fulminó las certidumbres y esencias de la franquicia dándole una vuelta de tuerca estimulante y corrosiva, anclada a la liberación de los tiempos que corren: desde embarazos adolescentes y consumo de drogas entre los inquilinos de la Mansión X hasta personificar a los mutantes ya no como monstruos temidos y odiados, sino como celebridades veneradas e imitadas.

El segundo: Magneto sublime: las raíces camp de un supervillano sionista, de Jordi Costa. El crítico de cine de El País de España desentraña el carácter operístico y camp del personaje, poniendo de relieve su exceso y amaneramiento. Pero lo mejor es la relación que hace del mutante con los científicos locos de las películas clásicas de horror de la Universal, así como con líderes israelíes sionistas, habida cuenta el origen judío de Magneto. También para resaltar el interés de Costa por los subtextos políticos y culturales en la inconsciente primera etapa de X-Men, con Stan Lee y Jack Kirby, y no en la calculada trascendencia de la era Chris Claremont y John Byrne, quienes estuvieron al frente de la saga en los 80.

Y el tercero: Cómo cambia: Mística, de Eloy Fernández Porta. El escritor y ensayista barcelonés realiza una lúcida indagación sobre cómo los rituales de transformación de Mística o Mystique son alusiones enmascaradas a prácticas sexuales ortodoxas y heterodoxas, fetiches, ansiedades de los bajos instintos, alegorías a la masturbación y condiciones de género salidas de regla. Así mismo plantea una interesante deducción sobre cómo el concepto del cambiazo de Mística (su superpoder) se manifiesta al final de Blade Runner, la película de Ridley Scott, aunque sublimado y suavizado por su director.

Es probable que a muchos les choque la traducción española (Lobezno, La Patrulla-X), pero son solo detalles que no eclipsan el valor de las interpretaciones presentes en los escritos. El libro lo pueden conseguir en Libélula Libros.
Andrés Rodelo
Libélula Libros

"El maestro y Margarita", Mijaíl Bulgákov. DeBolsillo. Trad. Amaya Lacasa Sancha.

Es frecuente que en las biografías de autores importantes o representativos se identifique la figura del "Artista perseguido". Mijaíl Bulgákov no solo tuvo presente ésta a la hora de elaborar sus biografías sobre escritores como Cervantes, Moliére o Pushkin, sino que el hecho de ser un artista censurado atravesó su propia historia: todas sus obras fueron objeto de críticas desfavorables. Al parecer fue en 1928 cuando Bulgákov comenzó a escribir la que sería la más importante de sus novelas, El maestro y Margarita.

El libro narra los hechos en un Moscú contemporáneo al autor, en donde la censura es tan atroz que no queda otra que acudir a reflejarla en el horror que viven algunos de sus personajes encerrados en un manicomio. Es una historia que a su vez contiene muchas otras, pero principalmente se distinguen tres que dan lugar a diferentes interpretaciones o sobreinterpretaciones, como suele ocurrir.

Inicialmente se narra la extraña aparición del Diablo y sus acompañantes en Moscú; por su extravagante apariencia llama la atención y da la sensación de ser un extranjero. En su visita el Diablo se encarga de desenmascarar lo que los humanos intentan ocultar, como la irresponsabilidad, el descuido, el egoísmo, la pereza y el miedo; sin embargo, con su poder el Diablo no sólo practica el mal, sino que también es benévolo con quienes lo merecen, como el Maestro y su amada, protagonistas de su propia historia de amor. La historia de Poncio Pilatos en los últimos días de Cristo atraviesa la novela y amplía las posibilidades de asociación entre las demás historias.

El libro puede parecer desordenado e inconexo, y esto suele ser justificado diciendo que, debido a la persecución y la censura, éste no se encuentra como a Bulgákov le hubiese gustado publicarlo. La desesperación lo obligó a quemar su obra y luego la reconstruyó de memoria. Murió sin dejar este asunto en orden.

El maestro y Margarita además de ser interpretada como una sátira a la organización social que estaba formándose bajo el mandato de Stalin, es considerada una de las grandes novelas del siglo, con una riqueza simbólica y una capacidad de sugerencia inigualables. Las historias narradas y los personajes que las componen permiten entender sentimientos tan devastadores como la culpa y tan alentadores como el perdón; también que la inocencia puede traer consecuencias serias y afectar el entorno, lo mejor es tener cuidado la próxima vez que se hable con un desconocido, podría ser el Diablo que en su momento conmocionó Moscú.
Laura Montoya Echeverri.
Libélula Libros

"Adiós a las armas", Ernest Hemingway. DeBolsillo. Trad. Miguel Temprano García.


Publicada en 1929, Adiós a las armas es una historia de amor y perseverancia, y al mismo tiempo es una voz que se alza para denunciar los horrores de la guerra y, en especial, su irracionalidad. Hemingway, a partir de las pequeñas historias, acusa los sufrimientos latentes; las tragedias personales e individuales, que en gran medida pasan desapercibidas en lo general e impersonal de la "gran historia", son en Adiós a las armas ejemplos inequívocos y desgarradores de esa la locura colectiva que es la guerra.

La novela se centra en Frederick Henry, norteamericano enlistado voluntariamente en el Ejército Italiano, y que sirve como capitán y conductor de ambulancias cerca del frente de batalla en el marco de la Primera Guerra Mundial. A través del lento y perceptible pasar de las estaciones, y con ellas de las escaramuzas y las ofensivas, Henry padecerá en carne propia las consecuencias directas de los combates, y la muerte, que asecha constantemente, será un peligro cierto y latente para él y sus más cercanos conocidos. Pero en medio de la tragedia, Frederick Henry conocerá, en un hospital de campaña, a la bella enfermera Catherine Barkley. Y lo que inició como un inocente coqueteo, se convertirá pronto en una intensa relación, una profunda historia de amor marcada por los obstáculos, la tenacidad, y la sombras de la guerra.

Una historia tan real como inverosímil, en la que es posible apreciar en cada página una escritura sobria y precisa, característica de su autor, pero que nos llevará a sentir de forma intensa la apasionada relación sentimental que se construye entre Frederick y Catherine, y a sufrir con cada uno de los obstáculos que encuentran. Una novela en la que, al igual que en muchas de las obras de Hemingway, Henry encarna a ese personaje símbolo del hombre rudo y temerario, prototipo del héroe que mira de frente a la muerte y se juega la vida dispuesto a vencer cualquier dificultad, y que es, irónicamente, la antítesis del hombre que una mañana de 1961 en la soledad del sótano de su casa, y sumido en la más profunda depresión, haló el gatillo de una escopeta de caza que apuntaba hacia su garganta.
Juan Simón López
Libélula Libros

"El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde", Robert Louis Stevenson. Austral. Trad. José Torroba.


El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde describe una de las tragedias que aqueja a la humanidad. Se trata de la tensión entre el bien y el mal que sufre el doctor Jekyll –uno de los científicos más reconocidos de Londres en el siglo XIX–, cuando lo seduce una fuerza maligna que busca destruir su moral, una moral que a pesar de estar corrompida por la burocracia, todavía le permite sostener su honra. Pero la poca honra que le queda al Dr. Jekyll pronto desaparece cuando descubre que el hombre no es uno, sino dos, y que en la conciencia habitan dos opuestos que luchan incansablemente por ganar una batalla.

Este descubrimiento brota del deseo que siente el Dr. Jekyll de arrojarse a la maldad y a los brazos de la deshonra. Curiosamente Jekyll nunca se despoja de este sentimiento, decide más bien ocultarlo para dar la impresión de que, como buen científico, continúa aliviando el sufrimiento humano. Este encubrimiento lo obtiene gracias a un brebaje que inventa para desatar su maldad por las noches; la noche es el momento perfecto para que Hyde, un hombre sin entrañas ni piedad, una especie de Juggernaut humano, se apodere sin piedad del mundo y lo pisotee insensible a sus gritos.

Los crímenes que comete Hyde conmocionan a Londres, aunque no tanto como a Jekyll al descubrir que Hyde, su otro yo, un hombre tenebroso que inspira maldad y odio, quiere apoderarse por completo de su ser. Y como si la noche no bastara a tanta impiedad, la tensión entre el bien y el mal que padece el doctor Jekyll en su conciencia termina por romperse; el mal vence y reafirma los más bajos impulsos personificados en Hyde, quien se apodera de Jekyll. Aunque Jekyll quiere renunciar a su ser despreciado para continuar viviendo como el doctor maduro rodeado de honestas esperanzas, Hyde nunca desaparece.

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde es la expresión de lo que Rüdiger Safranski entiende por "Mal" como drama de la libertad; en este extraño caso, puede entenderse el mal bajo la figura de la serpiente que seduce la conciencia de Jekyll para probar del árbol del bien y del mal. Al ceder a sus impulsos el Dr. Jekyll come del fruto prohibido y desde entonces puede determinar lo que es bueno y lo que es malo. La tragedia que describe Stevenson se encuentra, justamente, en el acto de responsabilidad que implica dicha determinación, en la acción de libertad que le exige a Jekyll decidir entre sus más bajos impulsos o su razón. La tragedia se encuentra en el acto de responsabilidad que implica ser autoconscientes, seres de razón que trascienden su ser biológico para cumplir las posibilidades humanas, las que pueden llevar a la desesperación de lo que somos, incluso a la muerte. "¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿O encontrará el valor para liberarse de sí mismo en el último momento?"

Pamela Valencia
Libélula Libros

"La guerra tiene rostro de mujer", Svetlana Alexiévich. Debate. Trad. Ioulia Dobrovolskaia.

"Recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible"

Una obra construida con voces de la vida diaria, con voces femeninas que desahogan su alma después de años de silencio, fruto de su participación en las armas que marcó su memoria para siempre. Alexiévich empieza cuestionando por qué las mujeres no habían sido capaces de defender su historia, sus palabras y sus sentimientos. ¿Qué hacer para lograrlo? Era necesario humanizar la guerra para hacerla ver diferente. Urgía recordar y transformar lo vivido en un acto creativo que duele, pero que ayuda a contar infinitos sufrimientos, y a darle sentido a los hechos narrados.

Así, Svetlana Alexiévich, la periodista y escritora bielorrusa, Premio Nobel de Literatura 2015, entrevista a cientos de mujeres soviéticas –alrededor de 500– que parecen escuchar el sonido de su alma y lo verifican con palabras. Ellas fueron parte del Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial y ayudaron a vencer a los alemanes en una aventura que no tuvo espera ni renuncia, porque necesitaban demostrar el amor a su país. Lee las voces de estos testigos humildes y sencillos y las transforma en literatura. Y escucha con atención su dolor y sus silencios. Imposible grabar los ojos, las manos, el llanto, el asombro y las emociones de ellas cuando describen ese infierno pleno de llamas donde no hay más que sangre, muerte y miseria. Termina entonces escribiendo no sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra, el registro de sus sentimientos, de sus vivencias, de su alma. La historia de las mujeres en la guerra es su propósito. Una guerra femenina que tiene sus propias palabras y su propio llanto. Tiene también "sus propios colores, olores, sonidos, iluminación y espacio". Es decir, manifiesta su fantasía particular, sin perder la pista del espíritu humano, "allí donde el sufrimiento transforma al hombre pequeño en un gran hombre". Sus relatos fueron ocultados por la censura y afortunadamente en el año 2002 se recuperaron en un marco de sinceridad y libertad. Toda una carga de experiencias desgarradoras relatadas con odio, tristeza, perplejidad y hasta ternura, que sus relatoras prefieren olvidar. "Un grito que debe guardarse en algún lugar del mundo", voces que se suman en "un mar de lágrimas", pero que terminan ratificando ese amor por la vida y considerándola el regalo más grande.
Lilia Valencia V.
Libélula Libros