Libelula libros
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Adivinen: Tomás González
miércoles 24 de agosto de 2011
Boletín 55: El libro de la década
A la sombra de las hojas
Me cuenta Pablo Felipe que demora aposta la lectura de Elegía de Philip Roth. La está tasando: no por mezquindad, como prescribe el diccionario, sino para gustarla. Eso mismo hago con el libro más reciente de Jean Echenoz: Ravel, 124 páginas, apenas treinta y siete caracteres por renglón y veinticinco renglones por página: el editor —Anagrama— no precisa el tamaño de la letra, que contempla al présbite.
He conseguido la hazaña de demorar diez días la lectura de esta maravillosa miniatura: no más de doce páginas al día, casi la medida de cada capítulo; muchas sentadas: ni a dos, o tres, tirones —no por difícil: para hacerla durar harto.
Para aclarar su asunto y modo mientan las Vidas imaginarias de Schwob y al arduo Michon: ni tan sucinto como aquél —Echenoz se deleita en el detalle— ni alambicado como éste: Ravel, que trata de su gloria y precoz decrepitud, discurre sin rebuscamiento.
Y burla la clasificación de género: “Los pasajes donde hay diálogos, por ejemplo, no los he inventado.”, dice en La Razón: 7 de junio pasado. “Aquí se trataba de una persona real”, dice en Letras Libres de octubre, “aún si la estaba reinventando como un personaje casi imaginario.” Y: “Creo que si hay que llamar de algún modo al resultado final, se trata de una ficción en libertad vigilada.”
Todo con su marca: “Pero, en fin, con eso ya es suficiente, y como todos esos días se asemejan, para qué eternizarse, saltémonos los tres siguientes.” (página 43).
Casi al final, ilustra el deterioro con un episodio conmovedor: el productor Canetti invita a Ravel a supervisar la grabación de su Cuarteto, lo que éste hace con indiferencia: precisa algo, corrige un tempo. Oigan a Echenoz: “Una vez han acabado, mientras los músicos guardan los instrumentos en sus fundas y se guardan a sí mismos en sus abrigos, Ravel se vuelve hacia Canetti: Ha estado muy bien, dice, realmente bien, recuérdeme el nombre del compositor. No es obligatorio creerse esta anécdota".
He guardado la última página para leerla mientras oigo el Très lent del Cuarteto: sé que no puedo hacer dos cosas a la vez, pero no son dos cosas: es la música de Ravel que es la misma escritura de Echenoz.
José Fernando Calle
Libélula Libros
domingo 14 de agosto de 2011
Cuentos y cuentistas. El canon del cuento. Harold Bloom. Páginas de Espuma. Trad. Tomás Cuadrado.

“El canon del cuento” es un agregado del editor español. Como explica el mismo Bloom en la Introducción, no existe un canon del cuento, en buena parte porque no hay una figura preponderante en él. Y no parece que pueda haberla: “no es necesario cuestionar la dignidad de los cuentos, pero parece que a un escritor del canon hay que pedirle mucho más. Hemingway escribió Fiesta y no Ulises, lo cual quiere decir que su verdadero genio lo tenía para los relatos cortos y no para narraciones largas” (Pág. 229). Hay cuentistas que han iniciado una determinada “tradición” en la forma de hacer cuentos, como Kafka o Chejov, pero también hay muchos buenos cuentistas que no pertenecen a ninguna de estas filiaciones. Lo que no quiere decir que no haya jerarquías; las hay y, en buena medida, Bloom las establece en este libro.
Bloom selecciona 39 cuentistas y lamenta no poder incluir otros 11: Alice Munro, Saki, Edna O’Brien, A.E. Coppard, Frank O’Connor, Katherine Mansfield y enormes figuras anteriores como E.T.A. Hoffmann, Kleist, Tolstói, Leskov y Hardy. El libro depara muchas sorpresas. A Poe y a Conrad, por ejemplo, no les va muy bien.
Bloom es de uno de los pocos críticos que se atreve a establecer jerarquías. No son listas de sus gustos personales, al estilo de la que publicó Javier Marías. Bloom no se concede ese derecho; somete sus gustos y rechazos a un constante examen. Quiero terminar con una cita: “La era de nuestros modos de crítica literaria contemporánea pasará; quizás haya ya pasado. Las ficciones que se acomodan con toda presteza a seguir nuestros modos pasaran con ellos. Es posible que Nabokov, Borges, García Márquez o John Barth sean menos accesibles para la generación que venga después que para la nuestra”. La mala traducción va por cuenta de Páginas de Espuma. No creo que la crítica inaugurada por Bloom pase pronto. Creo, antes, que vendrán generaciones que sabrán apreciarlo mejor de lo que nosotros lo hemos hecho. Javier Vélez