lunes, 29 de septiembre de 2014

El saber de no saberse

Hugo Mujica, Trotta.


Vivimos una vida que se supone cierta porque está plagada de cosas, creemos en ella porque tenemos y deseamos más, hemos olvidado en cambio su carácter sagrado y desechamos lo que nos lo pueda recordar. El arte, también, es a menudo objeto de valor y no necesariamente porque sea mercancía, sino además porque lo suponemos útil. Estamos sometidos por premisas simples y efectivas: el tiempo debemos respetarlo porque es útil y se convierte en historia, y el silencio debe ser cubierto. Hugo Mujica, el poeta y sacerdote católico que dio la comunión a Sabato, lo advierte de nuevo en El saber del no saberse, y reitera la advertencia de nuestro equívoco ahora mediante una serie de textos escritos en una prosa límpida y poética.

Dice Mujica que hubiera querido llamar al libro “fragmentos de ningún todo”. Y debió insistir pues está compuesto efectivamente de fragmentos abiertos. No obstante, una preocupación o idea especial los recorre: la creación artística que permite que “la intensidad, calmada o exacerbada –bella o sublime-, alcance la cima”. Creación que en la literatura es difícil pensar e incluso evidenciar dado que “privilegiamos la comprensión sobre la sensación, el significado sobre el sentido, lo captado sobre lo acontecido, el oír sobre el escuchar, la palabra sobre la voz”. Lamentablemente esperamos de la literatura lo que no exigimos a las demás artes que por su manera de expresarse convocan primero a la “sensación”. El reclamo de la “comprensión” tiene origen en la utilidad que hace que el hombre de Tolstói cruce el bosque solo viendo leña para el fuego. Mujica nos invita en cambio a que aquel mismo bosque nos convoque a “liberar nuestra memoria”, a “eximirnos de nuestros proyectos”, a “simplemente estar siendo”.

El poeta insiste en su reclamo: “Llega un momento cuando uno tiene que decidirse a dejar atrás la comprensión, un momento en que se advierte –por intuición o por agotamiento, por evolución o por crisis – que la vida no solo es más ancha y profunda, sino más valiosa y fecunda que el conocimiento, y que ella misma necesita de la imaginación, del encantamiento de la creación hasta de la ilusión y la mentira para seguir naciéndose…”. Presiente Mujica por supuesto el temor que nos agobia ante la invitación a soltar el presunto salvavidas, pero nos sugiere que alcanzaremos pronto la calma ante “el alivio de descubrir que cuando nos quitamos el peso del mundo que llevamos sobre nuestras espaldas, sentimos que no se apoyaba sobre ellas…”.

Los textos de Mujica, como su poesía, calman nuestras angustias. La suya es una literatura vital y profundamente humana que no se regodea consigo misma y que busca ayudarnos a estar y compaginar con nosotros, con la naturaleza y con lo sagrado. Sabato escribió: “el arte que Mujica proyecta en su lírica nos salva de la locura, del sinsentido de la existencia y nos descubre la esperanza”. 

Para leer en cuaresma, diría Eliade. Para leer en silencio, en soledad, dejando que las palabras llamen, callen y nos abismen: “Un poema debe llamar, / después callarse: abismarnos…”. Mujica ha logrado su propósito de hacer literatura, y por tanto arte, con alma, leve, sutil, convocando al silencio, tal como sucede en la pintura de Giorgio Morandi que lo acompaña en su mesa de trabajo.

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Libélula Libros

viernes, 26 de septiembre de 2014

La prueba

Alguna vez en una edición previa de este Boletín que no encuentro pero que creo que no me estoy inventando, Pablo Felipe contó que soñó que Libélula era atravesada por un río. Luego, meses o años más tarde, Pablo Rolando soñó que un barco encallaba justo afuera y que éste venía repleto de cajas con libros. Dos sueños que imaginan el horror del agua con el papel y su constante amenaza. Sin embargo ninguno es una pesadilla, todo lo contrario, los dos lo cuentan como algo perfectamente posible, los dos soñadores sienten que falta algo.

Una librería en el malecón de Riohacha
Algo parecido vi en Riohacha hace dos semanas en la Feria Itinerante organizada por la ACLI, la Asociación colombiana de libreros independientes: una librería al lado del mar. Un proyecto que busca llevar las librerías a lugares donde no son comunes o ni siquiera son conocidas, a Florencia y a Ibagué, a Villavicencio y a Barranquilla, a Popayán. Un trabajo que demuestra que lectores hay en todas partes y que lo importante es saber llegar. No es fácil y por eso el trabajo de la ACLI tiene que celebrarse, Colombia es muy grande y muy descuidada, que los libreros intenten hacer algo no deja de llamarme la atención, este oficio puede tener responsabilidades que van más allá de los inventarios y los cortes. 

En Riohacha veía que la gente preguntaba y miraba, con desagrado o sorpresa entraba o seguía de largo, preguntaba por García Márquez y por la Biblia y por el Quijote, “uno no necesita más”, me decía un señor que quería el último libro de... sí, lo juro, de Coelho. Y se reía porque lo teníamos, el Quijote, pues. De todo esto se trata, de conocer a otros lectores, otras influencias –una de las actividades de la Feria era una conferencia sobre la influencia de la Guajira y los wayuu en la obra de García Márquez: duró casi tres horas, todas deliciosas e inimaginables– y otros caprichos. 

“Manizales, eso sí que está lejos”, me decía uno de las visitantes mientras hojeaba la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y su señora. “No creo”, le dije, “ese libro y usted son la prueba”.


Tomás David Rubio
Libélula Libros

martes, 16 de septiembre de 2014

Boletín 67 Libélula Libros

¡Boletín! ¡Boletín! Les presentamos el nuevo Boletín de de la librería, el número 67. Los invitamos a leer las reseñas que preparamos con mucho gusto:



Sobre El saber de no saberse de Hugo Mujica - Pablo Felipe Arango.
A la sombra de las hojas 56 - José F. Calle.
Sobre Miscelánea de Jorge Luis Borges - Javier Vélez.
Sobre Soy un gato de Natsume Soseki - William Ospina (Mejía).
Sobre Una ambición en el desierto de Albert Cossery - Leonora Castaño.
Sobre el Libro de Job - Luis Esteban Vallejo.
Sobre El capitán de altura de Robert Bazlen - Jhon Isaza.
Sobre Corrección de Thomas Bernhard - Miguel Camacho.
Sobre Victoria de Knut Hamsun - Manuel Kalmanovitz.
Sobre las traducciones de Ulises - Gustavo López.
Sobre El rey Lear - Isabella Varela.
Sobre El Dios de la Edad Media de Jacques Le Goff - Jhon Isaza.
Sobre La gloria secreta de Arthur Machen - Juan David Sáenz.
Sobre El mundo de ayer de Stefan Zweig - Christian Camilo Londoño.
Sobre Noches insomnes de Elizabeth Hardwick - Tomás David Rubio.


jueves, 28 de agosto de 2014

El secreto del pasado

Rudy Kousbroek, Adriana Hidalgo. Trad. Diego J. Puls.


Este libro es una especie de búsqueda de un pasado que no siempre es fiel, que tiene mucho de inventado, que no necesita de hechos vividos o exactitudes geográficas para traer a la memoria un montón de imágenes y de sonidos y de olores. Kousbroek dio con un método que supuestamente se llama “fotosíntesis”, y que consiste en encajar una foto con una historia. Lo curioso es que la foto siempre es en blanco y negro: Kousbroek sólo escoge fotocopias. Y hay una razón para esto, la idea de que antes el mundo era mucho más oscuro, “Hace cien años el mundo era mucho más oscuro que ahora”, dice, menos iluminado; por eso las fotos son su recurso pero también la evidencia de un fracaso. Ya no dependemos de la vista y por eso otros sentidos se agudizan: el olfato, el oído. Viendo estas fotocopias Kousbroek empieza a reconstruir el misterio que cada una encierra, ¡su vida!, a recordar los olores y los sonidos de lo que pasó.

En una de las historias describe un árbol lleno de manzanas, “manzanas como estrellas en el cielo”, y luego, al final, dice que no, que no era un manzano sino un castaño, pero esto último prefiere no saberlo. Así se va conociendo la vida de Rudy Kousbroek a través del libro: naciendo en Indonesia –Sumatra, mejor–; yendo al colegio en Italia, donde al lado de un camino alguna vez vio un montón de naranjos con sus frutos brillantes que adornaban todo el paseo; luego en Ámsterdam durmiendo en un salón abovedado, un internado, dice, en el que tocaba, en las noches, caminar a tientas y adivinar el camino al baño y luego el de vuelta para dar con la cama de uno: “también eso forma parte de la experiencia”; y luego en París, entendiendo esa ciudad como el intento más afortunado para alegrar el alma, pues allí los más importantes son los detalles y su conservación: la antigüedad y la historia son las cosas que no se cambian.

Hay un libro que se parece muchísimo a El secreto del pasado, que es su hermano: Celebraciones de Michel Tournier: “Exultar porque te sientes abrumado por la gracia de un músico, la elegancia de un animal, la grandeza de un paisaje, incluso el horror grandioso de un infierno, son cosas que dan sentido a la vida”, escribe Tournier al comienzo y es la perfecta descripción de un libro en el que, entre otras genialidades, Kousbrek compara “el desgarramiento de los lazos del corazón” con una serpentina que se rompe, esas serpentinas que la gente tiraba desde los barcos cuando se iba para no volver.

Otra vez Tournier: “Este librito celebra la riqueza inagotable del mundo”. 

Tomás David Rubio
Libélula Libros

miércoles, 20 de agosto de 2014

Consiga más


Stuart Diamond, Conecta. Trad. Efrén del Valle.


Sin el ánimo de ofender a los puristas que leen este boletín, donde solo esperan encontrar espasmos de literatura, quiero contarles la historia de este libro. Por escoger para vivir una profesión que tangencialmente tocaba una de mis pasiones, la matemática, fui condenado, como librero, a cuidar el rinconcito oscuro donde en Libélula padecían el destierro los libros de “esoterismo empresarial” (designación que también le dieron a mi profesión, la cual no me quedó más remedio que aceptar con gracia). A veces sentía la altruista necesidad de hojear estos libros, porque, más que por interés, como su protector recibía su mirada lapidaria, buscando en mí cierta conmiseración pues se sentían olvidados, debido a que el interés del público de esta librería nunca fue el rinconcito oscuro.

Consiga más cabria perfectamente en este espacio, de hecho, después de una excelente capacitación a la que fui invitado en la empresa donde trabajo, recomendaron este libro, y en el último lugar que pensé encontrarlo fue en Libélula, porque además siento que desde que ya no soy librero aquel rinconcito nadie lo cuida y por tanto no creía que hubiera de estos libros. Confesé con temor a mi esposa el interés que había despertado este libro en mí; después de su sonrisa, un poco burlona, ella me ayudó a buscarlo en almacenes de cadena y en filas de supermercado, sin éxito. Hasta que me atreví a preguntar en Libélula. Temiendo una mofa adicional, intente hacerlo cuando menos ocupantes hubiera, cuál fue mi sorpresa cuando vi que el libro estaba y lo compré emocionado, como si hubiera comprado cualquier libro de Julio Cortázar. 

Lo empecé a leer de inmediato, suspendiendo la historia que tenía al frente. Me encontré con un libro bien escrito, que no pretendía ser un tratado para cambiar tu vida, ni para explicar cuál era la mejor manera de administrar una empresa, sino que quería indicar cómo negociar en todos los momentos de la vida. Consiga más está lleno de historias, fue escrito a manera de diálogo permanente, y leyéndolo me sentía en una sala cómoda donde Stuart me contaba sin pretensiones y de manera inteligente y graciosa, anécdotas e historias de la gente que él conocía. 

Después de leerlo me quedé sin soluciones de fondo, igual de contento y emocionado que al principio, diciendo con orgullo que lo leí y me gustó, que cambió algunas percepciones de mi vida, que no solo es un libro del plano empresarial, sino que me llevó a comprender que, desde el mismo momento en que soy golpeado sutilmente para que mi posición al dormir haga desaparecer los ronquidos que no dejan dormir a mi esposa, ya sin sonrisa, estoy negociando y que la forma en la que lo haga, podrá significar qué tanto llegaré a conseguir.

Humberto Posada Cifuentes
Libélula Libros

viernes, 1 de agosto de 2014

Samuel Beckett, el último gran modernista

Anthony Cronin, La uÑa RotA. Trad. Miguel Martínez-Lage.


Si hay un autor que atraviese verticalmente, casi en línea recta, el catálogo de la editorial La uÑa RoTa es sin duda Samuel Beckett, cuyo primer título, Deseos del hombre / Carta alemana, se publicó en enero de 2003. Un acercamiento a su obra que culmina con la publicación de la biografía Samuel Beckett, el último modernista, de Anthony Cronin, la primera gran biografía que se traduce al castellano, de la que el prestigioso escritor británico John Banville dijo que de todas las escritas sobre Beckett, “es de lejos las más amena y elegante”. 

En un artículo publicado en El País, el periodista José Andrés Rojo cuenta cómo el escritor catalán Enrique Vila-Matas, paseando por los jardines de Luxemburgo, divisó en una alameda secundaria a “un pájaro negro y solitario, casi inmóvil, leyendo el periódico”. 

Y a renglón seguido continúa: «Ahora aparece una de las mejores biografías dedicadas a aquel singular caballero, la que el irlandés Anthony Cronin publicó en 1997 y que es, seguramente, la que mejor reconstruye los pasos que fue dando ese “pájaro negro y solitario” hasta que conquistó su propia voz, una de las más poderosas y desamparadas del siglo XX y que le valió recibir el Premio Nobel de Literatura en 1969. Samuel Beckett, el último modernista empieza por lo más lejano. “Yo tengo un recuerdo claro de mi existencia fetal”, contó Beckett alguna vez. “Fue una existencia en la que ninguna voz, ningún movimiento posible podía liberarme de la agonía y las tinieblas a las que estaba sujeto”. A partir de ahí, va siguiendo meticulosamente sus pasos hasta el día de su muerte, el 22 de diciembre de 1989».

Se dice que el autor de Esperando a Godot detestaba las biografías, sí, pero es evidente que gustaba y mucho de devorar las ajenas, como lo demuestra esta biografía de Cronin. A fin de cuentas, lo que Samuel Beckett, el último modernista descubre al lector es la figura de un Beckett en carne y hueso, un Beckett genial y también falible, profético y contradictorio. Abrir este libro es una invitación a entrar en la vida y en la obra de uno de los autores fundamentales del siglo XX. 

Juan de Chas
Libélula Libros

martes, 15 de julio de 2014

Purgatorio. Tomás Eloy Martínez, Alfaguara.

Un regalo fortuito puso el libro en mis manos. "Es un libro que narra la historia de un amor que se reencuentra después de muchos años", me dijeron. Yo, que creo en los amores para siempre, lo leí de inmediato.

Y sí, en Purgatorio, Tomás Eloy nos habla de la obsesión de Emilia quien a sus sesenta años todavía espera el regreso de su amor perdido, aunque debería decir desaparecido, hace más de treinta. Una paradoja si se tiene en cuenta que tanto ella como Simón -su esposo- eran topógrafos de profesión. Difícilmente hay una persona que sepa tan bien donde se haya, dónde es que tiene puestos los pies en la tierra que aquel que levanta y dibuja cada día planos de vías, regiones y ciudades. Es ahí dónde uno se da cuenta de que en la vida nada es real, todo es una ficción. Nada existe sino ha sido identificado, nominado y luego ubicado de alguna manera entre coordenadas; por lo mismo: para que algo deje de existir basta con que sea "borrado del mapa". Se vive a merced del dibujante.

Todo esto como única excusa para llegar a la verdadera obsesión del escritor que es la misma de muchos argentinos que padecieron la dictadura: el recuerdo constante de la pesadilla, la desaparición de sus seres queridos, la indolencia de algunos de sus congéneres, el desarraigo que conlleva el exilio y la esperanza constante del regreso de aquellos que se perdieron en el Tucumán, en los centros clandestinos de detención o en el Río de la Plata.

"Los amigos del barrio pueden desaparecer" nos decía Charly, nos lo confirmó Sabato en su doloroso informe Nunca más, Olivera en su Noche de los lápices y todos los demás, cada uno a su manera como una forma de exorcizar el pasado; de garantizar que nadie olvide lo ocurrido como una especie de contra para que no vuelva a suceder. Martínez nos plantea una búsqueda incesante a través de la vida que no para, que continúa inexorablemente y en la que lo único que permanece estático, inamovible, es el recuerdo.  

Leonora Castaño M.
Libélula Libros

jueves, 3 de julio de 2014

Alvarado Tenorio paga sus cuentas

Ajuste de cuentasHarold Alvarado Tenorio, Agatha.


Debe leerse Ajuste de cuentas como una novela, lo es, pero una que además hace añicos los géneros literarios, incluido por supuesto el de la novela. Tal vez sea incluso la forma adecuada para que uno de los más importantes estandartes de su generación no solo se manifieste sino además indique la única manera de expresarse de aquel grupo desencantado. Si Caballero para escribir poemas se lanzó a la escritura de Sin remedio, Alvarado debía, para hacer la más íntima de sus obras, concebir una antología de la poesía colombiana, que, claro, lo es y no lo es al mismo tiempo.

Toda antología es por supuesto la manifestación del gusto y la subjetividad de quien la hace y en cierto grado es también su propia historia, la de sus lecturas, amistades y preferencias, pero Ajuste de cuentas es más que la recopilación de los agrados de su autor, es precisamente y en esto tiene mucha gracia su título, un ajuste con la vida, con el país, con sus contradicciones y miserias, con la literatura que en Alvarado es la vida toda, con él mismo: errático, contradictorio, pantagruélico, delirante y genial. 

Vale insistir en la condición de novela del libro para adelantar su lectura y aguantar las que en principio podrían percibirse como burdas contradicciones. Luego aparecerá Alvarado en su condición de personaje, porque la obra es también autobiografía, y surgirá el país que no alcanza a ser república y mucho menos patria, pero que duele como si lo fuera, e irán apareciendo buenos y malos poetas porque en esta antología también aparecen los malos poetas, que realmente lo son, pues sin ellos cualquier historia literaria estaría trunca, como toda historia que solo narrara lo bello o lo bueno. 

Ajuste de cuentas no da la impresión de que hubiera sido concebido de manera pretenciosa, al contrario, su escritura denota rapidez. Ciertos descuidos se deslizan recurrentemente, frases reiterativas o párrafos erráticos. Pero eso no importa, y no importa porque el vértigo de la lectura es más interesante que el preciosismo o la perfección que interesa al académico, y el libro se lee ágilmente paseándose el lector por los poemas como si ellos estuvieran allí no para atestiguar las virtudes del poeta de turno, sino principalmente para narrar varias historias: la de Colombia, la de la generación de Alvarado, la de Alvarado mismo, la del propio lector. Así que por la puerta de atrás, insisto, en medio de los descuidos de su autor, se nos cuela una obra de mayor calado y profundidad, una que el futuro tendrá que considerar cuando se trate de comprender la historia de la literatura y la cultura colombiana de la segunda parte del siglo XX. 

León de Greiff
No obstante la condición narrativa, ficcional y autobiográfica de Ajuste de cuentas debe resaltarse también el ejercicio crítico que refleja. La capacidad lectora de Alvarado así como su erudición son formidables y abrumadoras, el ejercicio de consideración de poetas que como Valencia han y siguen siendo puestos al lado por razones diferentes a las literarias, o el olvido de poetas que casi pareciera que no hubieran existido –Claudio de Alas-, el rescate de otros –Meira del Mar, Amilkar –U-, la invención o el reconocimiento existencial de alguno –Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard-, la consideración de que la poesía no es solo versos –Feliza Bursztyn-, el riesgo de ubicar a algunos entre los grandes –Mauricio Contreras, Fernando Molano, Antonio Silvera, Toto Trejos- es y será un gran aporte para el estudio de la literatura colombiana, al igual que ciertos apuntes esclarecedores y casi epigramáticos: “…En el fondo, los asuntos de Flórez y Valencia se tocan en varias convergencias, rompiéndose en paralelas de tonalidad y visión del mundo. Valencia es operático mientras Flórez es folklore…”, o “…Mientras en Arango hay frescos, en Carranza desgano, en Gómez Jattin irreverencias eróticas y en Roca ira, en Cobo Borda hay repugnancia”. De igual forma es refrescante para la crítica literaria aunque no nuevo, como casi nada en el libro y esta es otra virtud, la advertencia de que la poesía es una forma de concebir la vida diaria; considerado esto, ¿cómo no narrar los silencios de Arango o los desvaríos de Antonio Llanos, el poeta del valledelcauca, que cargaba consigo un pequeño busto del Dante para poner en la mesa del café y poder conversar con alguien que valiera la pena? 

Para Alvarado la poesía no solo ha sido su oficio en el que además ha destacado con solvencia, es también su única forma de vida. Es decir, con ella no se gana la vida sino que respira. Alvarado es un poeta en términos absolutos y no un poeta de ocasión y es por ello que reniega y maldice a aquellos que han convertido la poesía en un escenario de corrupción y de manoseo clientelista: “Y como nunca antes, la poesía ha escalado hasta las profundidades de la ignorancia y la ordinariez. Instrumentalizada y pervertida como oficio y como forma de vida, la poesía (…) ha desaparecido y no parece dar señales de vida en un futuro inmediato. Porque como nunca antes, distritos y gabinetes, secretarías de cultura y empresarios del capital han invertido desmedidas sumas de dinero para hacer brillar la lírica como una joya más de la pasarela y del entretenimiento contemporáneo... Hoy son más de medio centenar de vates vivos y muertos los que ostentan en sus faltriqueras más de un laurel del erario público, pero nadie, literalmente, nadie, recuerda sus nombre ni lee sus versos”. Alvarado emplea su libro como si fuera un banco en el parque y asume el papel de crítico que no traga entero –como debe ser– y que sin temor rompe la vajilla cuando todos están tan contentos. De ahí surge, y no de sus supuestas incompetencias sociales, el odio que recibe de sus contemporáneos que destilan una rabia que al final solo confirma la condición que Alvarado Tenorio les ha declarado de simples lagartos y clientelistas mal ubicados. 

Tal vez la poesía sea el único lugar, aparte de aquella esquina de La Unión –el pueblo en el que nació Aurelio Arturo–, “donde (se) resista la incuria del tiempo…” Siendo así será también cierto que a través de la poesía, de su lectura y olvido podamos comprender nuestra historia colectiva e individual. En este caso tener a mano o cargar en el equipaje Ajuste de cuentas es una manera de avanzar sin muchos tropiezos en aquel propósito.

pfa
Libélula Libros