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Libélula Libros
Diario de una librería, sus libreros y clientes. Un blog para comentar libros y discutir asuntos literarios.
miércoles, 22 de mayo de 2013
Boletín 62 Libélula Libros:
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viernes, 15 de marzo de 2013
Libélula Libros en línea:
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miércoles, 2 de enero de 2013
Boletín 61 Libélula Libros
A la sombra de las hojas (La soledad del lector): Jose F. Calle.
Los que no llegaron: Christian Camilo Londoño.
Tales de Mileto: Pablo Rolando Arango.
Entrevista a María Kodama: Christian Camilo Londoño y Tomás David Rubio.
Reseñas:
"Almenas del tiempo", Edgar Lee Masters. Ediciones Exilio: Jhon A. Isaza.
"De los gozos del cuerpo", Harold Alvarado Tenorio. Editorial Universidad de Caldas: Pablo Felipe Arango.
"Anatomía de la influencia", Harold Bloom. Taurus Javier Vélez Acosta.
"Una pena en observación", C.S. Lewis. Anagrama. Juan David Sáenz.
sábado, 25 de agosto de 2012
Boletín 60 Libélula Libros
jueves, 7 de junio de 2012
domingo, 6 de mayo de 2012
"El libro que no existió"
Dice Simon Leys que la literatura es “una enfermedad, una alegría… una obsesión, un estado de gracia, una pasión”1, no obstante, o tal vez precisamente por ello, escribe también que si se es capaz de vivir sin escribir, no se debe escribir, así da inició a Los náufragos del Batavia: “¿Se os ha ocurrido una idea magnifica con la que soñáis escribir un libro? No corráis a llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que, tarde o temprano a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto”2. Nada realmente bello o trascendente se extravía, o su extravío es apenas temporal.
Obsesionado con la historia del barco holandés y sus náufragos, recogió y guardó con celo información e imaginó el relato, hasta que, tal como lo presentía, alguien se le anticipó: “llegó Mike Dash. Con su Batavia’s Graveyard (Weidenfeld & Nicolson, Londres), [...] dio en la diana, y no me queda ya nada que decir”3, entonces, como un caballero, escribió lo que apenas pretende ser la reseña de un libro y lo declara: “ahora al publicar las pocas páginas que siguen, mi único deseo es que ellas puedan inspiraros el deseo de leer su libro”. Es tan formidable sin embargo la reseña que uno olvida su motivo. Leys, sin aguantarse, se sumerge en la narración del suceso y da cuenta pronto del naufragio para llegar a lo que considera más complejo e importante: el misterio que entraña la frialdad y aparente sinrazón de la masacre que Cornelisz, contramaestre del barco, llevó a cabo, asesinando a la mayoría de los sobrevivientes. Algo tan aparentemente sin sentido debe tener una razón, Leys supone que no puede darse una situación tan desbordada y odiosa sin que exista un motivo.
Un hecho permite acrecentar el misterio del Batavia: la relación entre Cornelisz y el pintor Jan Simonsz van de Beeck, quien se hacía llamar y firmaba sus cuadros como Torrentius; un tempestuoso artista holandés acusado de cometer toda clase de tropelías y de herejía. Condenado a muerte fue salvado por petición del Rey Carlos I de Inglaterra, y un poco por presiones del Estatúder holandés. Relata Zbigniew Herbert que: “Se rodeaba de un círculo de amigos y de admiradores a los que dirigía como si fuese Dionisio al frente de una tropa de sátiros”, y que pertenecía a los rosacruces holandeses, unos masones que “preparaban el reino de Dios sobre la Tierra”4. Todo indica que Cornelisz hacía parte de aquella tropa de sátiros, por eso Leys se permite suponer que en la matanza —¿pero en cuál no? — había algo especialmente demoniaco y sobrenatural.
De Torrentius sólo sobrevive un único cuadro, hermoso y cautivador, uno en él que, según Herbert: “El elemento más fascinante es el fondo. Negro, profundo como un precipicio y a la vez plano como un espejo, tangible y a punto de perderse en las perspectivas del infinito. La tapa transparente de un abismo”.
Torrentius Naturaleza muerta con brida.
Torrentius podía pintar el abismo y luego beber en una taberna con una bella mujer sobre sus piernas, Cornelisz sólo podía asomarse o lanzarse a él asesinando a cientos de personas. El verdadero artista conversa con los dioses o con los demonios, los demás mortales dudamos en el borde de aquel negro profundo.
Tal parece que la novela de Dash libró a Leys de los fárragos de la historia y este pudo concentrarse en su esencia, o al menos en las conjeturas más atractivas. Ni él mismo lo imaginaba.
1 La felicidad de los pececillos. Simon Leys. Acantilado, 2011.
2 Los náufragos del Batavia: anatomía de una masacre. Simon Leys. Acantilado, 2011.
3 La tragedia del Batavia: el motin más cruel de la historia. Mike Dash. Lumen, 2003.
4 Naturaleza muerta con Brida. Zbigniew Herbert. Acantilado, 2008.
(pfa)
Libélula Libros
jueves, 29 de marzo de 2012
Sobre Carlos Cuartas

Resulta pues que Cuartas era como el Botvinnik colombiano, pero sin las mañas, sin las marrullas. Mejor dicho, Cuartas era el maestro. Qué digo: es el maestro. Una vez me contó el otro grande —es Óscar Castro de quien hablo, ya se habrán imaginado— que la primera vez que él, Castro, ganó el campeonato nacional, cuando enfrentaba a Cuartas éste le hizo una mueca aprobatoria en la partida que estaban disputando; y lo dejó ganar.
Puede sonar a arreglo. Pero Cuartas no arreglaba. Para mí que era una mueca de ironía ante el reconocimiento —sólo él podía ver las variantes invariantes que nadie más veía— de que estaba perdido. Estaba perdido. Como todos, tenía que lidiar con un alma, pero en su caso se trataba de encontrar el patrón oculto en la dispersión de piezas y escaques. A eso le entregó la vida: Carlos es la confirmación de que el ajedrez no es un mero juego, sino un destino. Había que hacer cosas, de todos modos, y en ocasiones bebía. Bebimos. Nunca hubo un silencio tan elocuente. Apostaba. Apostamos. Nunca hubo un tahúr con tal temple: sabía más que nadie que el triunfo o la derrota son apenas incidentes. Lo que importa es jugar, si acaso. La única verdad que han legado siglos de pensamiento es que no hay que quejarse. Carlos la exhibía con el aplomo de los árboles.
En un famoso tango que celebra la vida del polaco Goyeneche se dice: “a vos, que tanto me enseñaste, el día que cantaste, conmigo una canción”; a vos, gran Cuartas, te van estos días de la mente mía ahora que supe —tarde, como siempre— que derivaste en mineral, que es lo que somos. Y como dijo otro grande, Calle, para mí viviste un año más.

