miércoles, 19 de noviembre de 2014

La gloria secreta

Arthur Machen, La Bestia Equilátera. Trad. Teresa Arijón.


¿Qué hubiera sucedido si Colón, en su primer regreso a Europa, nunca hubiera dicho nada acerca de lo que observó en las costas de América? Tal vez, después de un tiempo, arrepentido, al contárselo a alguien, hubiera sido el objeto de una burla dolorosa. Nadie creería lo que había visto, y que prefirió no decirlo por lo hermoso que era. Nadie creería tal sandez.

Podemos vivir una vida gloriosa, sin presunción, y podemos hacerlo gracias a un gran secreto. Este puede consistir en un hecho compartido –como la conquista de América, de la que supondremos que nadie dijo nada–, o la visión de un animal único, o cualquier hecho del que prefiramos guardarnos la experiencia como una vivencia única. La gloria radica precisamente en no transmitir a muchos el secreto y alimentarnos de él en cuanto único e irrepetible. Pensemos, por ejemplo, en las enseñanzas de un mago a su aprendiz. Secretos que engrandecen a su portador, y que lo hacen precisamente por su misterio, por el poder que radica en su oculto conocimiento.

Ahora, es contradictorio asumir que un secreto lo seguirá siendo después de compartido, pero no, varias formas de transmisión, por el contrario, magnifican su significado. Machen nos cuenta la historia del nacimiento de los bardos de una forma hermosa: el emperador Eos Amherawdur, que tenía un reino grandioso, pero inaccesible a los hombres, sufre porque ellos no pueden acceder al gozo y el encanto de los cantos de sus huestes, entonces decide transformarse en un pequeño pájaro que entone estas bellas melodías y lleve el canto al reino de los hombres. ¿Qué sucede?: “(…) Y todos los otros pájaros dijeron: “He aquí un desconocido despreciable” El águila no lo consideró siquiera digno de ser una presa apetecible; el cuervo y la urraca lo motejaron de simplón; […] En suma, nunca existió nadie tan despreciado como lo fue Eos por todo el coro de pájaros. Pero los hombres sabios oyeron el canto que provenía de las regiones encantadas, y se quedaron escuchándolo toda la noche bajo la rama, y fueron los primeros bardos de la Isla de Bretaña” (pp. 168-169).

Tal vez Colón se hubiera convertido por buen tiempo en motivo de leyenda. Su secreto habría sido transformado en una obra de ficción recordada por muy pocos. Después, cuando nuevos aventureros descubrieran la realidad, dirían que la ficción de Colón habría cobrado vida. Su secreto, su gloría íntima, justificarían la creación de un nuevo mundo. 

A Arthur Machen lo rodea un halo de misterio. Sus obras, dicen sus lectores, generan una sensación que no es fácil de expresar, algo sobre lo “intangible”. Con La gloria secreta, bien podemos acercarnos al significado de este misterio.

J.D. Sáenz
Libélula Libros

martes, 11 de noviembre de 2014

El Dios de la Edad Media

Jacques Le Goff, Trotta. Trad. M. Tabuyo y A. L. Tobajas.


El libro está estructurado como una conversación entre Jean-Luc Pouthier y Jacques Le Goff. El primero, periodista e historiador; el segundo, uno de los más reconocidos especialistas en la Edad Media. En la conversación Pouthier procura que Le Goff sintetice y haga más clara su tesis central: hay algo así como una historia de Dios, es decir, lo que se predicaba del Dios cristiano a finales de la Edad Media fue el resultado de un proceso de mejora y transformación de la imagen de Dios. Le Goff logra dar pruebas para sostener esa tesis y otra más: el imperio expansionista de la imagen cristiana de Dios se sostuvo gracias a su astucia para dar a la sociedad un Dios que se adaptara a sus cambiantes necesidades. 

Algunas de las pruebas: i) el paso más importante para la primera transformación lo dio el emperador romano Constantino el Grande, quien después del edicto de Milán (313) tomó la decisión “(…) no sólo de tolerar la nueva religión [cristiana], sino incluso de dirigirse al Dios de los cristianos, del que espera su salvación y la del imperio”. En 392 el emperador Flavio Teodosio convierte el cristianismo en religión oficial del imperio. Pasamos, pues, de un dios rechazado a un Dios del imperio. ii) En la Edad Media no cualquier lugar es digno para Dios. El cristianismo medieval no permitía la omniposibilidad de culto. Aunque Dios fuera omnipresente no en todos los lugares se le podría rendir tributo. Para tener un control sobre sus fieles el cristianismo instauró capillas, cruces e iglesias en cada pueblo; se aseguró una ocupación exhaustiva y organizada del espacio; estructuró las ciudades; facilitó la comunicación entre las regiones y ofreció, bajo su cándida restricción, la mejor herramienta de censo poblacional. iii) El “golpe maestro del cristianismo (…) es que Dios se ha encarnado, que Dios se ha hecho hombre”, y que ese hombre ha sido pobre, de familia humilde, que ha merecido la más indigna de las muertes romanas y que ha sido salvado: “Jesús puso de manifiesto que todos los hombres pueden ser salvados, puesto que el más miserable de ellos [a ojos del imperio] ha sido salvado”. iv) Después del siglo VII a la imagen de Dios se le agrega cierta capacidad de delegar. Al Dios que invitaba al monoteísmo y que tenía entre él y los hombres a sus mensajeros (los ángeles), inhabilitados para intervenir en la vida de los hombres, le acompaña un ejército, cada vez mayor, de ángeles guardianes que ostentaban poderes similares a los suyos. El cristianismo sabía de las virtudes de semejante hazaña, con ella “(…) ¡la población cristiana casi se multiplica por dos! El Dios de la Edad Media está a la cabeza de todo el universo”. 

Le Goff sostiene dos tesis más de las que no hablé: v) el cristianismo es, en últimas, una forma refinada de politeísmo, y vi) la necesidad de los cristianos medievales de agrandar la brecha entre su Dios y Yahvé condujo a lo que en el siglo XIX tomó forma de antisemitismo. Ya juzgará usted.

Jhon Isaza
Libélula Libros

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Ulises

De pronto alguien mencionó el Ulises de Joyce y debí apurar una o dos disculpas para evadir el tema. ¿Quién no ha leído el Ulises? Pues Joyce. Entonces me dio tontamente por indagar cuál de las traducciones sería la mejor. No conviene a un lector pretencioso ir a una librería y hacer semejante pregunta que desnudaría del todo su ignorancia crasa y sí, mejor, corresponde hacer una indagación en el señor que todo lo sabe por nosotros, léase el Google, y la respuesta primera me llevó a una página en la que Juan José Saer ensaya una respuesta al tema, que dice: El destino en español de Ulises. Refiere que existen al menos tres versiones digeribles: la última de Francisco García Vanegas y María Luisa Tortosa, la segunda de José María Valverde y la prima de 1945 de la editorial Santiago Rueda en traducción de J. Salas Subirat. Si bien no toma partido de inmediato por una de las tres, Saer se detiene, con innegable simpatía, en la traducción de Salas Subirat: “el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor —aparte quizá de Roberto Arlt— había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad. La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas”. Lo que hay de extraño y sorprendente en esta historia es que el primer traductor de Ulises, además de ser porteño, carecía de ese bagaje académico que lo hiciera merecedor del reconocimiento del mundillo literario. Lo que sigue es la más completa biografía de J. Salas Subirat que se pueda conocer escrita por Saer: José Salas Subirat no era ni catalán ni chileno como la vaguedad usual de cierto periodismo literario pretendió revelar más de una vez; nació en Buenos Aires el 23 de noviembre de 1900 y murió en Florida, una localidad bonaerense, el 29 de mayo de 1975. Está enterrado en el cementerio de Olivos. Fue autodidacta y trabajó, entre otras cosas, como agente de seguros, oficio sobre el que escribió un manual: El seguro de vida, teoría y práctica. Análisis de la venta, que publicó en 1944, es decir, un año antes de que saliera la traducción de Ulises. En los años cincuenta publicó libros de autoayuda, como La lucha por el éxito, El secreto de la concentración, y una Carta abierta sobre el existencialismo, que Santiago Rueda incluyó en su catálogo. Pero había escrito novelas sociales y artículos en la prensa anarquista y socialista de los años treinta, y un libro de poemas, Señalero.

Voy a la librería a buscar la improbable edición de Santiago Rueda. Doy dos o tres vueltas, me detengo en la vitrina y después de pensarlo entro. Uno de los dependientes, no sé cuál, viene hacia mí y, antes de que me haga sentir avergonzado tomo un libro cualquiera de la mesa de la entrada y lo llevo a casa sin mirarlo. Cuando lo abro no puedo dejar de asombrarme: la carátula dice Enrique Vila-Matas y el libro Dublinesca.

Gustavo López Ramírez
Libélula Libros

miércoles, 29 de octubre de 2014

Victoria

Knut Hamsun, Nórdica. Trad. Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.


En 1891, siete años antes de la publicación de esta novela, Knut Hamsun viajó por Noruega dando conferencias, hablando de libros, autores y sobre la vida, que era lo que más le importaba. Las conferencias no sobreviven, pero sí quedaron rastros en los periódicos que reportaron su ataque frontal a los patriarcas de la literatura nacional (Ibsen, entre ellos, que fue a oír la conferencia personalmente). 

De soñar despierto, de los sentimientos misteriosos que emergen de la vida inconsciente de la mente, no saben nada”, dijo sobre ellos. La literatura que él trataba de hacer, que ya había comenzado a hacer, buscaba conectarse con la savia de la vida, con el misterio de la existencia, con la pasión desbordada que puede llenarnos de una angustia paralizante o de una alegría enceguecedora. 

Esta, su cuarta novela, hermosamente editada por Nórdica, sigue exactamente ese programa. Es un libro breve aunque cargado de pasiones que se dejan adivinar pero que, en su mayoría, permanecen inexpresadas, creando turbulencias interiores, desvaríos emocionales, hematomas del alma. De la novela puede decirse lo mismo que el narrador dice del agua, mientras desvaría en un trance, poseído por la escritura: es “tranquila y profunda, como un lago de plomo”.

La trama cuenta la relación entre Johannes, el hijo del molinero, y la muchacha del título, Victoria, hija de un rico terrateniente vecino. Johannes, enamorado de la muchacha desde la infancia, deja su tierra y vuelve convertido en un escritor prestigioso, pero Victoria está comprometida con otro hombre, menos prestigioso y sensible, pero con dinero en la familia. 

El amor de él hacia ella es indudable, pero los sentimientos de ella no resultan tan claros para él. Es cierto que alguna vez lo besó y le dijo que lo amaba, pero luego se comportó distante e irónica. ¿Cómo entenderlo? 

Acá, como en cualquier obra de los escritores vitalistas, de Nietzsche o Fernando González, de D.H. Lawrence o Henry Miller, lo que hay no es entendimiento en el sentido intelectual, sino una celebración de los torrentes del alma y de la mente que se esconden, todopoderosos y pesados, debajo de una superficie aparentemente tranquila. Exactamente como un lago de plomo. 

Manuel Kalmanovitz G.
Libélula Libros

lunes, 27 de octubre de 2014

Corrección

Thomas Bernhard, Alianza. Trad. Miguel Sáenz.


Son dos párrafos inmensos de más de ciento cincuenta páginas en los que concepción y acción son sumamente austeros, ciento cincuenta páginas que pueden desanimar a valientes lectores.

Thomas Bernhard nos presenta dos libros en uno: el escrito por él y el leído por su anónimo narrador: las notas de Roithamer. Son dos libros distintos que se presentan indisociables y que son tan sutilmente llevados en paralelo que a lo mejor termine uno sin darse cuenta de esa doble presencia. Es interesante saber que Bernhard tiene, para ambos libros, una referencia: Roithamer −Ludwig Wittgenstein−, un hombre de privilegiada inteligencia y de privilegiado presupuesto, que construye para su hermana −Margarethe Stonborough-Wittgenstein− un cono −la Kundmanngasse− monumental, lunático para los expertos por su estructura y ubicación, en el exacto centro del bosque de Kobernauss, vecino de Altensam. Hasta ahí el primer libro. En el segundo el narrador −Bernhard− visita a Höller para pasar una temporada en la buhardilla de la casa de éste, ubicada en la garganta del Aurach y donde Höller se dedica a la taxidermia y Bernhard habrá de construir su obra. El hilo que une los dos libros es la corrección: Roithamer, en el primer libro, se atreve a la corrección verdadera: la muerte por mano propia. Bernhard, en el segundo libro, sólo corrige su obra −no es cosa menor, pero es sólo su obra.

Además de la genialidad de la forma y de la intención de Bernhard de transmitirnos parte de sus vivencias, el libro parece una metáfora de la vida: ese proceso de decadencia que culmina fulgurante no con más decadencia, como debiera ser, sino con la completa aniquilación. En ocasiones el proceso deja tras de sí conos monumentales e insignificantes que, casi siempre, llamamos “ciencia” o “arte” o “filosofía” o “literatura”, pero que antes son arquitectura, pues todo, en su germen, es un acto de construcción. Al final, lo que Bernhard susurra es que todo lo que somos y hacemos es apenas digno de la única corrección que vale la pena, a saber, la desaparición. No obstante ese merecimiento, eso somos y eso hacemos… y vale la pena, nos susurra Bernhard.

Miguel Camacho
Libélula Libros

viernes, 17 de octubre de 2014

El capitán de altura

Roberto Bazlen, Trama editorial. Trad. Cristina García Ohlrich.


Sólo hasta que el Capitán se descubrió en el ancho y oscuro mar, y vio que estaba solo, comprendió que naufragar disuelve los amores fallidos, el olvido, el ruido, todos los libros. 

En Así que Usted comprenderá Claudio Magris recrea el mito de Eurídice y Orfeo. Sabíamos que Eurídice había muerto y estaba en el Tártaro cuando Orfeo, de tanto amor y soledad, bajó por ella, encantó con su música al can Cerbero y a Caronte y al mismo Hades, y pretendía regresar con su mujer a la vida de todos los días cuando, por lo que la historia dice que fue un acto estúpido de egoísmo, dio una vuelta prematura para verla caminar tras él e incumplió así el pacto. Pasó lo que se había advertido y Eurídice volvió al lugar en que juzgan las almas, y él la vio alejarse y morir de nuevo. Lo que la historia no dice pero Magris sí, es que no fue el egoísmo de Orfeo sino todo el amor que tenía para darle a ella lo que hizo que Eurídice prefiriera el Tártaro. Algo similar pasa en El capitán de altura, esa novela plural de Roberto Bazlen. 

El Capitán y su esposa han discutido por una pequeñez: de tanto quererlo le bordó un pantalón rojo y de tanto quererlo olvidó que el Capitán sólo vestía de blanco y azul. Lo recibió con cortesía, lo dejó a un lado y zarpó de nuevo. “No me entiende”, pensaron ambos, y fue el inicio de la distancia. Bastó poco para que murieran las flores, el canario y el amor. Ya no había comida para el perro y cuando llegaba de dar vuelta al mundo no había para el Capitán un abrazo cálido y no había para la mujer cariño ya. La mujer se va a la taberna, se entrega al tabaco, al licor, a un cojo, un tuerto y un picado de viruela. El hombre al mar. Tomó decisiones: 1) sacar el retrato del marco, 2) estudiar, ahora sí, la física moderna, 3) casarse con una sirena, ¡pero claro! –pensó– era un capitán de altura, ¿cómo había sido tan estúpido para pensar en conformarse con una mujer que vive en tierra? El Capitán naufraga. Lo que pasa después no es preciso. Los amigos de Bobi Bazlen dicen que la novela quedó inconclusa y que a eso se debe que sí encuentre a la sirena y que luego hable de haber estado dentro de una ballena y haber salido ileso. Quizá crean que a eso se deban los desórdenes sintácticos y esos capítulos que uno no entiende y que son como naufragios en la mente del Capitán. Mientras uno intenta encontrar el hilo de Ariadna el Capitán está perdido en puertos, gitanas, tabacos y se vuelve un mendigo, está borracho siempre, o casi siempre, y no puede más que pensar que quizá habría sido correcto sonreír y ponerse el pantalón rojo que, en últimas, quizá no le hubiera quedado tan mal.

Después del naufragio Ulises regresa a casa. Su mujer, que lo creía muerto, le esperaba con el pantalón rojo rehecho y una chaqueta recién bordada. Las flores y el canario y el perro y el amor están en su lugar. Hablan de la taberna, de la muchacha del bosque que enamoró al Capitán, de un pueblo de pescadores homéricos que vivían sin afanes, como sin medida del tiempo y de las cosas, algo “demasiado tosco quizá para nosotros, (…) para la miseria de nuestro refinamiento (…) para nuestro intelectualismo degenerado”. Hablan del amor: “nos queremos demasiado –le dice el Capitán–, y eso es un signo de inmadurez”. Y sólo en ese punto uno va entendiendo que pasa algo de lo que no se tenía consciencia: se está terminado de tejer la telaraña. Algo así decía Bobi en sus Informes de lectura sobre El hombre sin atributos, que a pesar de fragmentaria e inacabada hay un punto en el que el lector advierte que ha ido formando lentamente parte “de un mundo vividísimo, (…) que la acción de la cual no te habías percatado, fluye que es un placer”. Hablan de la novela que el lector no sabe que el Capitán escribe, y mientras ellos hablan verá el lector que no fue el amor lo que hizo volver al Capitán, así como no fue el amor lo que llevó a Orfeo hasta las profundidades del Tártaro.

Jhon Isaza
Libélula Libros

martes, 14 de octubre de 2014

Una ambición en el desierto

Albert Cossery, Pepitas de Calabaza. Trad. Federico Corriente.


Una revolución se cierne sobre Dofa, un pequeño emirato ubicado en el Golfo, y aunque el autor nunca dice de cuál, el lector terminará deduciendo que se trata del Pérsico, ¿dónde más si no?, un lugar rodeado de petróleo y donde el paisaje está enmarcado por el hermoso desierto –que aquí no se siente agobiante, sino por el contrario atrayente–, el mar y el oasis en que se encuentra emplazada la ciudad.

Lo particular de la historia es que precisamente en Dofa, mientras sus vecinos viven sobre un subsuelo rico en petróleo y la opulencia y el consumo son el orden del día, por alguna razón inexplicable, no hay una sola gota y el país vive en el letargo propio del olvido, después de que fuera abandonado por todas las multinacionales que alguna vez lo atiborraron con sus ingenieros, equipos y la aparente prosperidad que traían tras de sí.

Esa es precisamente la riqueza del país: su pobreza, que lo preserva de toda banalidad y ambición de occidente que al no ver nada en ella la deja en paz y con ello a sus habitantes que pueden vivir de un modo simple y con los deleites profundos que dan el amor, la música y el goce de compartir con los amigos. Pero hasta en el paraíso hay tormentas y es así como sin aviso previo en la ciudad empiezan a presentarse una serie de explosiones acompañadas de unos cuantos panfletos promoviendo la revolución social.

A partir de estos hechos, se desarrolla toda la trama de la novela que uno no quiere soltar y que se descubre leyendo a párrafos entre los cambios de semáforo, en la fila del banco o mientras espera el ascensor. Pues bien, a partir de los atentados, cada quien intentará entender a su manera el origen de la revuelta y actuará conforme a su alma y a donde su espíritu lo vaya llevando, porque eso es lo que prima en los personajes del libro: un alma pura, un aire romántico y algo exótico, propio del medio oriente y toda su cultura. Samantar –el protagonista– no tiene otro camino que abandonar su vida de ocio y de placer para intentar descubrir a los conspiradores y neutralizarlos antes de que sea demasiado tarde, esto es, antes de que Dofa pierda su invisibilidad ante sus vecinos y entonces éstos –todopoderosos– decidan realizar una intervención. Su móvil sin embargo no es el amor por la patria, sino el temor de perder la tranquilidad absoluta en la que transcurre su vida y los placeres mundanos de los que hace gala.

Sin duda Cossery logra reflejarse en sus personajes –en especial en Samantar–, quienes tienen un gusto particular por no hacer nada, no poseer nada y por el contrario cultivar el arte de la seducción y, cómo no, del hedonismo a ultranza.

Leonora Castaño
Libélula Libros

jueves, 9 de octubre de 2014

Soy un gato

Natsume Sōseki, Impedimenta. Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés.


De Natsume Sōseki, de lo que relega, conserva y significa este apellido y nombre, de sus viajes de estudio, de la familia que sostuvo y de su empleo, en últimas, de su vida vivida, bien nos cuenta Philippe Forest en su magnífico libro Sarinagara (Sajalín Editores). Y posiblemente, de primera mano, de manera casi autobiográfica, también nos podemos enterar de sus experiencias en Las hierbas del camino (publicado por Satori, una editorial dedicada íntegramente a Japón). Sin embargo, de su primera novela, de esa que apareció en 1905, titulada Soy un gato, algo podemos decir aquí.


Ese gato inquieto que no tiene nombre es quien nos narra con un estilo descriptivo y realista (hasta que recordamos que el narrador es un gato...) la vida de quien lo acoge en su casa: Kushami, un profesor de escuela con poco tacto, terco y preocupado por nada más que por sí mismo. Y son la familia, los amigos y los vecinos del indiferente profesor, tanto como él mismo, los blancos de una filosofía satírica que podría resumirse como un tratado “sobre ese animal de extrañas costumbres llamado ser humano”, filosofía expuesta por un gato de caminar sibilino, que sabe apuntar a la más íntima realidad de una excéntrica sociedad, caótica, y, sin la más mínima consideración, captarla tal como si esta estuviera dentro de un onsen.

Así nos sorprende Sōseki, siendo un gato, asumiendo su perspectiva y, sin prescindir de sí mismo, narra la modernización de un Japón naciente y advierte sus consecuencias, captando y despachando a través de los pensamientos de un fantástico gato la inconmensurabilidad de un Japón que se le ha hecho extraño. 

William Ospina Mejía
Libélula Libros