viernes, 10 de junio de 2016

"El caos", Juan Rodolfo Wilcock, La bestia equilátera.

Me parece que hay formas extraordinarias que sólo las entrena la diferencia”. 
Luis Chitarroni, editor de La bestia equilátera*.


Considerado uno de los mejores libros de cuentos de la literatura argentina, y escrito por una de las figuras literarias más relevantes y excéntricas de las vinculadas al grupo Sur (Borges, Casares, Ocampo), su obra ha sido admirada e influyente por igual para algunos de los escritores más destacados de su generación como Osvaldo Lamborghini, Roberto Bolaño, Copi o Pier Paolo Pasolini.

Estos provocadores relatos cargados de un elegante cinismo, profundas reflexiones filosóficas y una ironía y un humor singulares, nos sumergen en una lectura sin interrupciones que sólo da respiro ante el desconcertante desfile de situaciones crueles, absurdas y completamente desmesuradas (tal es el caso de “Los Donghi” o “La fiesta de los enanos”) donde el azar y la deriva desconocen cualquier límite.

Para cada texto, Wilcock monta un escenario diferente, de manera que el desorden de las tensiones resultantes entre barbarie y civilización se convierta en un sádico paisaje que refleje las pasiones humanas más miserables y desborde en imágenes que logren incomodar imperceptiblemente al lector en su condición individual o social (“Felicidad” o “El caos”).


 



(…) me vi obligado no diré a aceptar pero sí a examinar hasta qué punto eran válidas ciertas teorías modernas, en el sentido de que la investigación solitaria no puede revelarnos el enigma del universo, y que sólo a través de la comunicación con nuestros semejantes nos será permitido entender lo poco que nos es dado a entender del mundo que nos rodea.



 




Pero este desplazamiento permanente de los sentidos parece no ser suficiente para el autor de Hechos inquietantes. Y mientras la imaginación, la violencia y lo irracional parecen someter deliberadamente a la realidad, la destreza narrativa de este extraordinario escritor encausa con gracia, sutileza y estilo, las más delirantes experiencias, dejándonos maravillados ante cuentos de una inquietante transgresión.

Leer a Wilcock produce en cualquier clase de lector el efecto delicioso y deslumbrante que sólo logran el asombro y la admiración.

Esta renovada y tercera edición en castellano al cuidado de Ernesto Montequín, quien al final del texto aporta un valioso apéndice con notas, una cronología y reseñas sobre publicaciones anteriores, agrega cuatro cuentos inéditos y no incluidos en las ediciones de 1974 y 1999: el fragmento de novela Año nuevo y los cuentos “El examen”, “Recuerdos de juventud” y “La nube de Ross”.

Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) escritor, poeta y traductor, ha dado algunas de las mejores obras de la literatura universal como La sinagoga de los iconoclastas, Hechos inquietantes, El ingeniero, El templo etrusco, El libro de los monstruos y El estereoscopio de los solitarios (de próxima aparición por La bestia equilátera).



*Luis Chitarroni es director editorial del sello argentino La bestia equilátera –fundado en el 2006 por Natalia Meta (directora general del proyecto) y Diego D´Onofrio (editor y socio)– y responsable de un catálogo conformado por autores de culto como Roberto Bazlen, David Markson; rescates y hallazgos literarios como los de Alfred Hayes o Muriel Spark; novelas noir de los años 50 escritas por Elliott Chaze o Dan J. Marlowe y clásicos contemporáneos como Virginia Woolf y Kurt Vonnegut (y sus emblemáticas ediciones con las portadas de Liniers). Actualmente cuenta con unos 70 títulos y sus libros se consiguen en Libélula Libros.

Matías Zoja
Libélula Libros

"Verano y amor", William Trevor, Salamandra. Trad. Victoria Malet.

Muy poco pasa en el pueblo irlandés de esta novela: no se sabe si la noticia más importante del último mes es el nacimiento de 21 niños, o la muerte de la señora que dirigía el único hospedaje del pueblo. Digamos que la segunda, porque el entierro de la señora Connulty obliga a cerrar los almacenes por unas horas y así comienza esta historia de amor. En medio del tumulto hay un muchacho con una cámara Leica que no vino a acompañar a la muerta; tiene cara de extranjero, de italiano. Acaba de llegar al pueblo y quiere fotografiar la antigua sala de cine, la que se incendió por accidente cuando el administrador, según cuentan, se quedó dormido fumando, probablemente borracho. El fotógrafo se llama Florian y es el protagonista de esta novela rara y triste. Entre las personas que acompañan el ataúd está Ellie, de casada Dillahan, que se queda mirando al forastero –que alcanza a tomarle una o dos fotos al cortejo–, sin saber por qué. Ella es la otra protagonista.

William Trevor (1928) es para muchos, con John Banville, el novelista irlandés más importante de los últimos tiempos. Si lo es, lo llamativo, por lo menos con los dos libros que he leído de él –el otro también lo publicó Salamandra y se llama Una relación perfecta–, es que no es el típico irlandés, y esto entusiasma porque significa que el genio no siempre tiene la misma forma: la de un Joyce o un Beckett o un Wilde o un Behan o un Flann O’Brien. Hay una diferencia, parece: y es que a pesar de que los irlandeses de sus historias también van al pub y piden algo que les borre la conciencia lo más rápido posible, hablan poco y mal, se derrumban y se esconden, el asunto con Trevor no es uno de lenguaje –algo que lo hará para muchos un escritor menos interesante–, sino de simple indicación, de mostrar y volverse impenetrable. Porque esta novela es eso: un fragmento de vida (lo que dura el verano en un pueblo en donde nadie conoce el mar) en el que una mujer casada se enamora de un hombre distinto a su marido –tal vez el personaje más interesante de la novela– y que cuando concluye, y su final no es feliz, queda un deseo de que el dolor no concluya si no de que se quede, porque siempre es mejor que quede algo: “un escalofrío, un temblor, una parte de rabia insatisfecha”.

Tomás David Rubio
Libélula Libros

"La casa de las miniaturas", Jessie Burton, Salamandra. Trad. Carlos Mayor Ortega.

En la decoración de la casa de Petronella Oortman, una joven holandesa hija de una familia de estirpe venida a menos, trabajaron alrededor de 800 personas durante veinticuatro años. Todo se cuidó hasta el último detalle porque Johannes, su marido, era uno de los comerciantes más prósperos de Ámsterdam, uno de los grandes centros de compraventa de productos procedentes de todo el mundo hacia finales del siglo XVII. Las nueve habitaciones de la vivienda están recubiertas por elegantes telas, hay cuadros, sofás, mesas, candelabros, vajillas, una cuna, un juego de backgammon… 700 piezas realizadas por los mejores pintores, tallistas, ebanistas, cesteros, plateros, vidrieros y encuadernadores. Cualquier turista de paso por Ámsterdam puede contemplar esa joya. Está en la segunda planta del Rijksmuseum, a dos pasos de la “Ronda de noche” de Rembrandt. Porque la vivienda en la que tantos artistas y artesanos trabajaron y tanto dinero costó es… una casa de muñecas.

El regalo de esa joya es el punto de arranque de La casa de las miniaturas, la novela de la que les quiero hablar hoy y con la que la escritora novel de sólo 32 años Jessie Burton, ha saltado a la fama.
La casa de las miniaturas es una detalladísima recreación de la vida cotidiana en Ámsterdam en un momento crucial de su historia, pleno Siglo de Oro holandés, momento en el que ese país se transformó en una potencia de Europa. Florecieron el comercio, la ciencia y la cultura.

La novela comienza en el otoño de 1686, cuando Petronella llega a la ciudad tras haber contraído un matrimonio concertado –y no consumado– en su pueblo. Allí la esperan un marido ausente y una cuñada poco simpática y misteriosa. Una familia con muchos secretos que Petronella irá descubriendo al mismo tiempo que irá creciendo. Una novela que retrata una sociedad aparentemente intachable de cara al exterior pero que puertas adentro escondía los peores pecados de aquel tiempo: embarazos fuera del matrimonio, sodomía, corrupción mercantil…

Todo esto girará alrededor de la casa de muñecas que su marido le regalará a Petronella para compensar el poco caso que le hacía, también en la alcoba.

Es una novela que combina varios géneros: novela de iniciación, histórica y hasta suspense. De esas que se disfrutan de principio a fin.

Fernanda Ares
Libélula Libros

"Voces de Chernóbil", Svetlana Alexiévich, Debate. Trad. Ricardo San Vicente.

Cuando la vida deja de ser todo lo que conoces.

No sé si Svletana Alexiévich merece o no ser reconocida con el Premio Nobel, tampoco quiero entrar en esa discusión que además de pretenciosa me parece un tanto inútil. Lo que sí sé es que Voces de Chernóbil merece –por mucho– ser leído. Más que del drama de la explosión de uno de los reactores de la Central Atómica de Chernóbil en una madrugada de abril de 1986, el libro de lo que nos habla es del Hombre Soviético, de lo que significa serlo y de cómo condiciona la manera de actuar de cada individuo ruso en su ámbito privado y respecto del colectivo.

El modo de ser soviético es fruto de la mezcla de vivencias extremas como la Revolución, la Gran Guerra, el cerco de Leningrado, temperaturas inclementes, pogromos, expatriaciones, gulags, Stalin; todo esto traducido en un sentido profundo del sufrimiento, un fatalismo al exceso, una sensación permanente de ser engañado, negación y nihilismo. Educado en un sistema que le provee de lo básico y que decide su destino, en términos generales el hombre soviético es un hombre inocente y desvalido, sin ninguna iniciativa. En palabras de Natalia Arsenievna –una de las voces a las que Alexiévich da eco– “Han hallado el sentido y la justificación de cuanto ocurre en el propio sufrimiento, lo restante parece no tener importancia…”. Por otro lado, preparados por décadas para responder a la guerra, a los ataques de occidente; entienden la vida como una lucha, para ellos “la victoria no es un acontecimiento, sino un proceso”, con una permanente “necesidad de encontrar un lugar para dar muestras de valor y heroísmo”.

No de otra forma se explica la manera como toda una sociedad, cada quien desde su perspectiva social y cultural, respondió a la peor tragedia de origen nuclear que la humanidad haya imaginado. Después del incendio, nada volvió a ser igual. Aunque el sol siguiera brillando, los campos produciendo, los ríos corriendo, toda la vida había dejado de ser lo que había sido hasta entonces. Un estado de guerra sin guerra, los hombres reclutados para atender el desastre: hombres indefensos puestos en la línea de fuego que mueren como en la guerra, pero en tiempos de paz, evacuaciones, campos abandonados, niños indefensos, jóvenes viudas, el silencio del gobierno y claro, la muerte que parece ir de fiesta por toda Belarús.

El libro permite que oigamos la voz –que más que voz es el grito– de hombres, mujeres y niños que de alguna manera vivieron ese Chernóbil que aún hoy no comprendemos y que nos muestra una vez más la infinita fragilidad del ser humano. 

Leonora Castaño
Libélula Libros

"Ensayos literarios", Samuel Johnson, Galaxia Gutenberg. Trad. Gonzalo Torné, Antonio José Rodríguez Soria y Ernesto Castro Córdoba.

No es frecuente que ocurra, pero el prólogo a esta traducción –la más completa que se ha hecho al español– de Gonzalo Torné de la Guardia, traductor y editor de la misma, es casi un anti-Johnson. Comienza por negarle lo que más caracteriza a S.J.: un crítico literario que convirtió esta disciplina en un antes y un después, y lo ubica como “hombre de letras”, algo cercano a lo misceláneo. Es cierto que Johnson visitó varios géneros –poesía, drama (Irene), novela (Rasselas), ensayo político, literario, conversaciones con Boswell, etc.–, pero siempre fue el mismo: alguien con un sentido ético muy elevado aunque abierto a la experiencia. El choque de estas dos fuerzas le dio su distintivo: valoraba no sólo lo literario, sino también la sabiduría del escritor (sabiduría en el sentido de utilidad para la vida). Tal vez el ejemplo más claro de esto es su actitud ante el Falstaff de Shakespeare: “Pero ¿y Falstaff, el inimitable? ¿Inimitable, Falstaff cómo voy a describirte? Tú te compones de juicio y vicio: un juicio que se puede admirar, pero que nunca estimaremos, y un vicio que podemos reprochar, pero nunca detestaremos. Falstaff es un personaje cargado de defectos, esa clase de defectos que provocan un desprecio natural. Es un ladrón y un glotón, un cobarde y un charlatán, siempre preparado para timar al débil y sablear al pobre de espíritu, aterrorizar al timorato e insultar al indefenso. Tan obsequioso como maligno , satiriza en su ausencia a los mismos que se pasa la vida halagando. Es cercano al príncipe como agente del vicio […] Si, pese a todo un hombre así de corrupto y despreciable consigue hacerse valer ante un príncipe que le desprecia, lo logra por el mayor placer que le procuran sus cualidades: una alegría perpetua, el poder infalible de despertar una sonrisa, que es la mayor libertad que se nos permite […] de manera que su vida licenciosa no resulta tan ofensiva, y se le puede soportar gracias a su buen humor” (pág.97-98).

Que el rigor ético de Johnson termine cediendo ante la “alegría perpetua” de Falstaff es algo que lo acredita como sabio no abatido por los principios.


Javier Vélez Acosta
Libélula Libros

A la sombra de las hojas

De pronto la fotografía —en la solapa de la «contratapa» de: «Grandes borrachos colombianos — Borrachos grecocaldenses» — Pablo R. Arango, Libros Malpensante 2016— vuelve a traer el recuerdo que —de referirlo una y otra vez— no sé ya qué tanta fidelidad guarda a lo ciertamente ocurrido: lo que importa muy poco. Fue en Pensilvania: habíamos ido por asuntos académicos, y sé con certeza que iba con Pablo Felipe Arango —debió ser, según la fotografía, en: 1991. La secretaria del alcalde nos dijo que en ese mismo momento desembalaban la biblioteca de un escritor que había conseguido la fundación M.: por supuesto allá fuimos. Una señora —con un vestido de color de veranera morada— vino a recibir a los forasteros que veíamos cómo un muchacho sacaba los libros como si fuera de un cubilete: «¿Hay cosas buenas?» —nos preguntó— y al contestarle que sí, declaró antes de irse: «¡Qué bueno! Porque aquí la gente lee mucho.» Entonces el muchacho —que parecía desentendido, y sin que le importara ser oído por la señora— alzó la cara y nos soltó el primer dicterio —de muchos que desde entonces le hemos oído: «Pura mierda, aquí nadie lee un culo», y —desentendiéndose por completo de nosotros— siguió como si nada sacando libros. De ese modo —tan suyo— acababa de aparecer: Pablo R. Arango. Sigo: en la mesa de noche, enseguida de «Grandes borrachos colombianos — Borrachos grecocaldenses» del Pablo R. Arango de veinticinco años después, tengo: «Camino nocturno» por Ludwig Hohl —Editorial Minúscula; vuelvo a leer ahí: «La hoja», que empieza así: «Un hombre, en su desamparo, llegó caminando hacia la salida de la ciudad, se sentó en un banco de una gran calle proletaria llamada Gürtel. Entonces le cayó encima una hoja, porque esa calle tiene árboles. Por nada del mundo se habría atrevido a tirar esa hoja, era una señal de lo alto, y la conservó.» Llegado aquí el que lea —y podrá enterarse de todo en exactos cuarenta y seis renglones, aquí: http://www.editorialminuscula.com/pdf/42.pdf— se preguntará cómo una historia de desamparo, milagro, pérdida y —otra vez— milagro, escrita por un autor suizo de culto, tiene algo que ver con cantinas y borrachos de por aquí: ese es su problema; yo tengo un vislumbre —pero no sé explicarlo.

Jose F. Calle
Libélula Libros

"Vidas breves", John Aubrey, Ediciones Universidad Diego Portales. Trad. Natalia Babarovic y Miriam Heard.

Aubrey debió escribir su propia vida. No estoy seguro que no lo haya hecho. Y no me refiero a una autobiografía sino a una nota como las que hizo recordando los asuntos menores, las intimidades, las vergüenzas, las pequeñas cosas que a todos suceden y que indefectiblemente se extravían en el tiempo. Habría –o habrá– escrito que se trataba de un peculiar anticuario, permanentemente dispuesto al derroche, amigo de amigos y protegido de muchos, primer guarda de Stonehenge (hoy habría escrito algo como “averiguar qué opinó Carlyle”), dado a las rarezas, guardador de minucias y pequeñeces. Una nulidad que consumía su tiempo en lo intrascendente mientras otros descubrían o discutían acerca de lo mayor. En resumen –y ahora digo yo– un escritor divertido, anticipado –sin quererlo, como debe ser–, capaz de jugar con sus personajes, con el lector y consigo mismo: “Era un hombre delgado. Escasamente tan alto como yo –pregunta: ¿Cuántos pies mido yo? Respuesta: de estatura mediana”. ¿A quién interesa la estatura del personaje? A nadie, pero a la literatura sí, porque ésta tiene sentido en la medida que se ocupe de la “naturaleza de los hombres”. Virtud que Aubrey advirtió en la obra de Shakespeare y que ha sido quizá lo único que los críticos le han querido destacar al primero, esa frase y el chisme de que el genio fue maestro de escuela. Ahí reside su particular gracia, en descubrir a través de la aparente nimiedad la humanidad de aquellos ingleses del siglo XVII, como Elizabeth Broughton, una prostituta que: “rápidamente se hizo notar en Londres y cobraba muy caro…”, o un tal John Cole de quien: "…habiéndose roto su sepulcro, su ataúd de plomo se encontró lleno de un licor en el que se conservó el cuerpo. El Señor Wyld y Ralph Greatorex lo probaron y tenía un gusto insípido con un dejo de fierro. El cuerpo al tocarlo con una varilla que metieron por una rendija (del ataúd) se sentía como carne picada en gelatina. El ataúd era de plomo y estaba dentro de la bóveda en el muro, a unos dos pies y medio de altura". O Edward de Vere, Conde, quien viajó durante siete años procurando que su ausencia hiciera olvidar a la reina una desagradable impertinencia para escuchar a su regreso de labios de la misma Elizabeth: “Milord, he olvidado el pedo”. O Richard Stokes, médico: que “fue criado allí y en el Kings College. Era estudiante de matemáticas (algebra) del señor W. Oughtred. Se volvió loco con esto, aunque luego se compuso, pero temo que como un vaso trizado. Editó la Trigonometría del Señor Oughtred. Se convirtió al catolicismo; se casó infelizmente en Lieja, perro y gato, etc. Se transformó en un borracho. Murió en Newgate, encarcelado por deudas, en 1681”. O Thomas Hobbes, sí, Hobbes –porque en la recopilación de vidas de Aubrey hay de todo como en una especie de miscelánea humana–, para quien “la mayor dificultad era mantener alejadas las moscas que libaban en su calva”.


Habrá quien despache sus Vidas como la recopilación de meras anécdotas y no habrá mayor equivocación. La literatura es –y magnífica– por aquellos breves o fugaces momentos que recupera. Momentos que constituyen la vida de verdad. “Son las cosas accidentales e insignificantes de la vida las que son significativas”, escribió Kierkegaard. Ni para qué cito a Pablo Rolando.

pfa 
Libélula Libros

La cantina de Pablo Rolando.

Grandes borrachos colombianos, Pablo R. Arango, Libros Malpensante.  

Borrachos grecocaldenses es, al mismo tiempo, una crónica de tono biográfico, un ensayo de alcance filosófico y una presentación cinematográfica de los disparates universitarios en los tiempos que corren. Es casi imposible encontrar en el mundillo académico a alguien capaz de poner sobre una mesa llena de botellas, pasantes y puchos –en un ambiente de peleas a machete, cantineros moralistas y putas solidarias– una interpretación de su propia vida acaballada en pensadores gringos y europeos, poetas locales y cantantes populares.

Tampoco es usual que profesores universitarios cuenten historias de apariencia escatológica, sin heroísmos ni vanidades empalagosas, para buscar pensar por cuenta propia. Los relatos de Borrachos grecocaldenses contienen un doble fondo político: invitan a una discusión, que no se dará, sobre la vida privada como provocación pedagógica, al tiempo que muestran escenas recientes de los pueblos cafeteros. A Pablo le pegaron un botellazo en la cabeza justo en el inicio de la caída de la economía cafetera y la llegada del neoliberalismo. En medio de la crisis socio-económica feroz e inédita, los pueblos alcohólicos del eje cafetero han hecho de las canciones del Caballero Gaucho un retrato de viejas y nuevas desgracias. Mientras en 1994 las FARC traían del Catatumbo plantas de coca para sembrar en Samaná y asesinaban y desplazaban a la población, los paramilitares reclutaban jóvenes y se tomaban (en ambos sentidos) Casa Roña en Manzanares.

La guerra en los pueblos del oriente del departamento de Caldas –que arrojó sesenta mil víctimas y pueblos desocupados a los cuales apenas por estos días está retornando la gente– es el mismo mundo real en el que Pablo y el profesor Jorge Iván Cruz se encuentran para tomar aguardiente en botellas de Pony Malta y tratan de escapar de las garras morales de Octavio Paz. En el primer aniversario de la muerte de Jorge Iván, Pablo leyó en el auditorio de la Facultad de Ciencias Jurídicas la primera versión del texto que se incluye en el libro, luego fue agregando otras historias hasta componer un mosaico cargado de ironía acerca de la vida universitaria.

Hacía rato, en medio de borracheras estentóreas, Pablo había prometido un libro por el cual pasarían personajes de la vida local, herederos de la comedia grecocaldense. Los detalles del libro fueron apareciendo como una anécdota repetida y elaborada para hacer reír en las cantinas; mientras tanto, en los eventos académicos, leía conferencias para públicos que esperaban como premio una frase irreverente y descuajada. Con Grandes borrachos colombianos paga la cuenta, tira la puerta y sale a la calle.

 
Mario Hernán López.
Libélula Libros