lunes, 20 de noviembre de 2006

Academia y simulación

Hay una famosa observación del filósofo británico Alfred North Whitehead, según la cual “toda la historia de la filosofía no es más que una serie de notas marginales a los Diálogos de Platón”. La exageración de Whitehead tiene su parte de verdad: resulta casi imposible reclamar una originalidad absoluta en los asuntos intelectuales y, más explícitamente, en la filosofía. Los problemas fundamentales de la filosofía ya fueron planteados casi en su totalidad por los griegos, eso es cierto. Pero esto no significa que todo el trabajo intelectual posterior carezca de valor. Aunque la originalidad absoluta sea imposible, o esté reservada sólo para unos pocos genios, el trabajo intelectual honrado es posible. Lo único desagradable es que resulta difícil. Y por eso es que es tan censurable la práctica del plagio. Hay muchas formas distintas de simular, de fingir en la academia. Una es la que consiste en apoderarse de una serie de palabras oscuras y jugar con ellas para dar la impresión de que se está diciendo algo profundo, cuando en realidad lo único que se hace es jugar con las palabras. Esto ciertamente es un vicio, pero desde cierto punto de vista es excusable. Después de todo, quien dice que esos escritos son pura palabrería vacía es otro ser humano que puede estar equivocado. Pero el tipo de simulación que es imperdonable es la copia, el plagio, esa práctica intolerable que consiste en presentar como propia la producción intelectual de otro. Pues bien, ahora parece que nuestras academias, no contentas con difundir el primer tipo de simulación, el perdonable, están consintiendo el plagio, la forma más despreciable del simulacro. En la Universidad de Caldas, en el año de 1997, tres profesores plagiaron un libro completo y la misma universidad lo publicó. Ahora, nueve años después, el Departamento de Filosofía descubrió el fraude y lo denunció. Uno de esos profesores fue vicerrector académico de la institución, y otra es actualmente decana. Y ahí siguen, tan campantes, ocupando sus altos cargos directivos sin el más mínimo rubor. Pero lo peor es que el ambiente de nuestras academias ha sido contaminado de tal manera por la deshonestidad intelectual, que hay quienes censuran a los profesores de filosofía por haber hecho la denuncia, con el argumento de que un escándalo de esta naturaleza “le hace mucho daño a la imagen de la institución”. Como si lo que le hiciera daño a la universidad no fuera precisamente la práctica inaceptable del plagio. Una de las cosas que los profesores deberíamos transmitir a nuestros estudiantes es la conciencia de que el conocimiento es un asunto difícil, que a veces requiere toda una vida de dedicación y esfuerzo, muchas veces en vano. Por eso el plagio resulta doblemente aberrante en nuestro país: porque suprime la esperanza de que por lo menos a través de la educación se puede llegar a superar esa atmósfera inescrupulosa en la que todo lo que sea fácil, especialmente el dinero y el poder, es permisible. La ocurrencia de estos vergonzosos sucesos es una razón para el pesimismo. Porque parece mostrar que esa espantosa cultura de la mafia para la cual todo está permitido, ha logrado penetrar hasta los claustros universitarios. Qué vergüenza.

Pablo Rolando Arango

1 comentario:

Deliverio Gillette dijo...

Nada más que coincidir con la cuestión de la cultura mafiosa y la vergüenza. Hemos publicado la denuncia de decenas de plagios con resultados muy pobres en términos de remociones y disculpas. Es lo que hay... en este lamentable y corrupto ámbito del "saber" académico.