lunes, 20 de noviembre de 2006

A la sombra de las hojas



Alguien llega a la librería y averigua por un libro; cuando le dicen que no lo tienen se ofusca. Es una persona ordinariamente sensata que ahora hace una pataleta pues no ha ocurrido el milagro que aguardaba: que el libro que se le antoja esté ahí mismo en la librería.
“Los libros ruedan al azar.”, escribe Gabriel Zaid*, “Es un milagro que estén ahí, en el momento. Un milagro que no se puede exigir…” Y luego: “Una pequeña librería general con unos cuantos miles de títulos, tiene el 1% de los que hay en venta (en español)… Si, en esas circunstancias, llegara un desconocido con los ojos vendados a encargarse de la librería, y ante cualquier solicitud, respondiera: “No lo tenemos”, acertaría en el 99% de los casos.”

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Ya no recuerdo cómo me topé con Isak Dinesen: alguna seña de Capote, los agradecimientos del capítulo 60 de Rayuela; fue en Popayán, eso sí, a principios de los setenta. Por milagro ahí estaba, en Climent & Salazar, el libro de memorias (“uno de los libros más espléndidos del siglo”, dijo Capote): África mía** (sic), en una ‘meticulosa’ traducción de Fernando Gutiérrez que convertía pies en metros y millas en kilómetros. Y después: Las cariátides y otros cuentos góticos (sic), una antología caprichosa de Barral de: Últimos cuentos. Los fui consiguiendo uno tras otro, con la devoción que hizo que colgara un retrato de la baronesa en mi biblioteca, todos sus libros menos uno: su primer libro, Siete cuentos góticos, que después de treinta y cinco años al fin puedo acariciar porque Carolina ha obrado el milagro de conseguírmelo.
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* Los demasiados libros, Anagrama, colección Argumentos, 1996, página 76.
** Editorial Noguer, 1960. Tal vez se consiga ahora en Alfaguara: Lejos de África.

Jose Fernando Calle

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