jueves, 28 de diciembre de 2006

A la sombra de las hojas


El viernes, principiando diciembre, llegaron a la librería dos cajas de ultramar: de la distribuidora Panoplia. Traían libros de editoriales que no aparecen por aquí: La poesía, señor hidalgo, Minúscula, Periférica, y unos de la editorial Alba que alguna vez había importado la Lerner de Bogotá.
Ahora es cosa rara que una librería tenga la audacia de aprovisionarse directamente en España: hace años Colombia Foto Club de Armenia traía al país la colección Austral de Espasa-Calpe; todavía debe tener rezagos en una bodega. He ahí el riesgo: por eso los libreros prefieren surtirse de los grandes intermediarios de Bogotá, que les entregan los libros con derecho a devolución. Por eso las librerías acaban pareciéndose: exhiben prácticamente lo mismo.
De ahí que la llegada de las cajas de Panoplia a Libélula fue una fiesta; éramos cinco en el asombro de coger al vuelo los libros que el librero sacaba como de un cubilete mágico: Carolina y Pablo Felipe, Misael, Mario Hernán y yo.
Y Hazlitt, Kraus, Marisa Madieri, Antoine de Rivarol, Joseph Roth, Sandburg y Annemarie Schwarzenbach: las magnificas piezas cobradas.
***
Al comienzo de El Aleph, de Borges, el narrador repara, la misma mañana en que murió Beatriz Viterbo, en algún cambio en “las carteleras de fierro de la Plaza Constitución… el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella…” Así los libros que acabo de referir: Carlosarango, dicho así de corrido como le gustaba, no podrá verlos. Eso constituye su muerte. Me dejó en la librería, y también a Pablo Felipe, una fotografía de Borges carcajeándose: alguno la redarguyó de falsa, que Borges no se reía dictaminó. Otro creerá, Carlosarango, que vos tampoco. Pero yo te vi reír.


José Fernando Calle Trujillo
Libélula libros

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