martes, 23 de enero de 2007

Buena y mala suerte I: Gettier y Evans


Aunque muy distintos, hay algo que acerca a Edmund Gettier y Gareth Evans. Durante el siglo XX, la forma literaria que predominó en la filosofía angloparlante fue el artículo publicado en una revista especializada. Puede decirse incluso que fue esa tradición filosófica la que inventó este género. Los dos fueron probablemente los maestros supremos en este nuevo arte: cada uno logró, en una extensión de menos de tres páginas, producir un texto memorable en su área: Gettier en epistemología y Evans en metafísica*. Cada artículo causó una industria editorial de réplicas, contrarréplicas y revisiones –etcétera— que otros nunca soñaron siquiera con sus buenas doscientas o quinientas páginas. Los dos lograron lo que para la mayoría de filósofos analíticos es el ideal: la expresión desnuda y concisa de una idea interesante.
Las hazañas de Gettier y Evans, desde luego, sólo son conocidas en el ámbito puramente académico. Pero no importa. Aún en ese reducido espacio, brillan como piedras preciosas. Dos cosas, sin embargo, los distinguen: la fortuna y el currículo. En su corta vida, Evans publicó mucho, editó libros y ha sido publicado póstumamente también. En cuanto a la suerte, recibió un tiro en la rodilla, estando en Ciudad de México (así lo pronunciaría) en 1978, en un atentado que ni siquiera era para él: estaba visitando a su amigo Hugo Margáin, filósofo con una genealogía que molestaba a la insurgencia mejicana (Margáin fue muerto en el atentado; era hijo del embajador mejicano en E.U.). Por si fuera poco, desarrolló un cáncer a muy temprana edad, y murió a los 34 años (en 1980). Como si fuera un poeta maldito, alrededor de su nombre se formó cierta aura romántica de genio trágico. Gettier, en cambio, sólo publicó su pequeño y duro diamante: escribió su joya presionado por algunos de sus colegas amigos, ya que los directivos de la Wayne State University estaban preocupados por la esterilidad del profesor. Con un gesto lento y cansado, dejó caer su paper de escasas dos páginas, puso a la comunidad filosófica a discutir, y se retiró a sus aposentos para seguir en lo suyo. Por lo que sé, Gettier sigue vivo y enseñando (en la
University of Massachusetts), y ninguna autoridad académica volvió a molestar. Lo más probable es que nunca reciba un tiro, pero sí una jubilación.

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* Gettier, E. “Is knowledge true justified belief?”, Analysis, XXIII, pp. 121-123, 1963. Evans, G. “Can There Be Vague Objects?”, Analysis, 38, p. 208, 1978. Es interesante notar que ambas piezas maestras llevan por título una pregunta, a la cual se contesta negativamente en ambos casos. Gettier refutó una teoría que fue expuesta inicialmente por Platón y que, desde entonces, dominó la epistemología: la definición tripartita del conocimiento, según la cual, para que alguien esté en posesión de conocimiento, debe tener una creencia verdadera que además esté justificada. Con un simple ejemplo, Gettier mostró que esto es falso: suponga que Juan y Pedro son candidatos para un empleo. Pedro cree la siguiente proposición “1) Juan recibirá el empleo y Juan tiene diez monedas en la chaqueta”, sobre la base de que el director de la compañía le dijo que Juan sería el elegido y, además, Pedro contó las monedas en la chaqueta de Juan mientras éste estaba en la entrevista. Pedro infiere una segunda proposición: “2) El que obtenga el puesto tiene diez monedas en la chaqueta”. Desde luego, Pedro está justificado en creer 2). Pero, sin saberlo, también él tiene diez monedas en la chaqueta y, finalmente, es él quien recibirá el empleo, y no Juan. Entonces, Pedro tiene una creencia verdadera y justificada, pero aún así no puede decirse que él tenga conocimiento.
Evans, por su parte, refutó con una lógica impecable y transparente la idea de que puede haber identidades indeterminadas: demostró formalmente que la creencia en identidades difusas o borrosas, conduce a la contradicción. Su artículo de una página es ya un clásico de la metafísica del siglo XX.

Pablo Arango (el malo) –Libélula libros.

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