lunes, 12 de febrero de 2007

Notas


Relata Jesús Silva-Herzog en el libro “La idiotez de lo perfecto” (FCE México, 2006) que Michael Oakeshott “en sus últimos años, decidió dejar su departamento en Covent Garden, a unas cuadras de la London School of Economics, para instalarse en el pequeño pueblo de Acton en Wessex. Su cabaña no tenía teléfono ni calefacción pero tenía una chimenea y miraba al mar. Al abrir la cortina, el Canal de la Mancha. Ahí, en una casa de pizarra cubierta de libros, Oakeshott vivió sus últimos años leyendo, cocinando y cuidando su jardín. Goces de la paciencia, labores a un tiempo solitarias y generosas, actos físicos y espirituales ...” Difícilmente pueden imaginarse mas placenteros los últimos días de quien aborrecía las ideologías, sabía de la precariedad de la razón e invitaba a una saludable paciencia escéptica. Es posible imaginarlo además en el patio de su casa leyendo a Pascal, a Montaigne y a Donne, recibiendo a sus amigos y amigas, y conversando con el desparpajo y la tranquilidad de quien sabe que la vida no va en ello, como no va en casi nada de lo que hoy en día creen algunos trascendente, como la política, la información o la tecnología.
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“Si los malcrían tan pronto, seguirán siendo niños eternamente. Para hacerse hombre se necesita sufrimiento, falta de reconocimiento, lucha. El Estado no puede convertirse en comadrona de los escritores.” (De “Paseos con Robert Walser” de Carl Seelig )
pfa

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