jueves, 29 de marzo de 2007

“Las sociedades empeñadas en producir héroes me fastidian”


La enfermedad de Alberto Barrera Tyzka recibió el premio de novela Herralde 2006 por parte de un jurado integrado por Salvador Clotas, Juan Cueto, Esther Tusquets, Enrique Vila-Matas y Jorge Herralde. El veredicto fue unánime.
La lectura de esta novela fue cautivante, sólo bastó abrirla y comenzar a ojearla –hojearla– para que una trama sutil y leve surtiera efecto: un médico descubre que su padre padece cáncer, no se siente capaz de decírselo a pesar de que siempre ha sostenido que los pacientes merecen saber la verdad. Los días transcurren y avanzan hacia lo inevitable, entre tanto un paciente que sufre una enfermedad imaginaria, agobia al médico con una constante persecución.
Se trata de un tema sencillo y cotidiano, pero que, precisamente por ello, tiene la posibilidad de auscultar los fundamentos de nuestros temores más primigenios: el temor a morir y a perder a quien queremos.
La lectura de La enfermedad provocó además el deseo de conocer con más detalle a Alberto Barrera Tyszka, vía internet le propusimos la siguiente entrevista, y él, amable y dispuesto nos la brindó (pfa).


BOLETÍN LIBÉLULA LIBROS: Gracias a su Premio de novela Herralde y a la consiguiente publicación de La enfermedad en Anagrama, se le ha podido conocer y leer en Latinoamérica. ¿Es esa la importancia de los premios literarios?
ALBERTO BARRERA: No sé si esa es “la importancia” de los premios. Quizás, es tan sólo su ventaja. Sin duda un premio, ayuda a la promoción y a la distribución de un libro, de un autor, pero no garantizan nada más. Los premios son mucho más azarosos que los lectores.
BLL: ¿Conocía con anterioridad a Jorge Herralde y era lector de los libros de Anagrama?
AB: Creo que para los escritores latinoamericanos, Anagrama es una referencia absoluta. Tiene un catálogo indispensable. No sólo en el continente (pienso ahora en Bolaño, en Piglia, etc.) sino en las traducciones (Carver, Auster, Hornby). A Herralde lo vi por primera vez 45 minutos antes de una rueda de prensa en Madrid, en diciembre del 2006. En ese momento, nos presentaron.
BLL: No es fácil percibir influencias literarias en La enfermedad. A veces se sienten algunos trazos de literatura norteamericana, y casi nulos restos de literatura latinoamericana. Baste considerar que los protagonistas pertenecen a clase media, y la violencia o la pobreza no protagonizan. Pero ¿cuáles son sus influencias literarias?
AB: Fíjate, qué interesante: una de las malicias que me guiaban era, justamente, mostrar que lo latinoamericano no es tan sólo la violencia y la miseria. Creo que es una presencia importante, pero no tiene por qué ser única. En cuanto a lo otro, tampoco lo sé yo con exactitud. Eso sí, me gustaría estar influenciado por Chéjov, Robert Walser, Carver, Felisberto Hernández, J.M Coetzee.
BLL: ¿Le habrá servido acaso el conocimiento del esquema de las telenovelas, para contener el obvio melodrama que habría podido aflorar en La enfermedad?
AB: Quizás. Es probable que mi sistema de alarmas se nutriera de esa experiencia y estuviera alerta. De todos modos, fue tal vez la decisión más deliberada durante el trabajo de corrección. Quería conseguir un tono que no se desbordara, que se mantuviera a raya, que provocara al lector sin explayarse, sin producir una escritura “sensiblera”.
BLL. Javier Miranda quiere morir en medio de palabras, no quiere irse en silencio, como si la muerte fuera su ausencia, ¿es ese el papel de la literatura en nuestras vidas?
AB: Probablemente. Quizás también, incluso, es el papel de las palabras, de la experiencia de la palabra. Todas las enfermedades (no importa si son reales o imaginarias, privadas o sociales) se mueven entre nosotros. En medio de todos esos síntomas que llamamos vida, la palabra quizás pueda ser una experiencia de salud.
BLL: En una entrevista concedida a Rossana Miranda y Ernesto Campo, publicada en el diario El Nacional, usted afirmó lo siguiente: “Yo no nací para estar pendiente de la participación y la democracia. Eso está al servicio de mi vida, porque nuestras vidas tienen otras obsesiones como el amor, la muerte, el placer, la palabra, por ejemplo”. Esa respuesta es estupenda, pero supongo que a muchos les molesta, ¿persiste en ella, o cree que debe atenuarse en virtud de la manida responsabilidad social del escritor?
AB: Es la verdad. Una de las cosas más terribles de mi país es que todos terminemos pensando que nacimos para defender o para atacar a una revolución. Y eso no quita que uno opine, escriba, participe en política. Pero las sociedades empeñadas en producir héroes me fastidian. Yo no me siento llamado a salvar a nadie.
BLL: ¿Qué esta leyendo ahora?
AB: Kafka en la orilla de Haruki Murakami.

(pfa)