martes, 10 de abril de 2007

Lectores habituales pero silenciosos



La experiencia de librero me ha enseñado que el tipo de lector y visitante de librerías, es uno muy distinto del que al comienzo creía. A estas alturas tengo claro por ejemplo, que los intelectuales, y aquellos que de manera publica exponen sus intereses literarios, culturales o intelectuales, no visitan las librerías, aunque obviamente existen excepciones. Es más, los he visto pasar junto a ella sin siquiera sentir curiosidad por la vitrina. No puedo decir por supuesto que el mismo fenómeno se da en otras ciudades, pero en la nuestra sí. En cambio he descubierto que los visitantes de la librería son por lo general personas comunes y corrientes, lectores habituales pero silenciosos, ciudadanos que ejercen su condición sin aspavientos, trabajadores y empleados, que saben y sienten que la lectura les brindará sosiego, emoción, y libertad. La librería vale la pena existir por ellos, por el hombre que va de la mano de su hijo hacia el supermercado por ejemplo, y de pronto dice: “Mira, preguntemos por el libro que necesito”. Esa frase esta llena de vida, dice más que un ensayo sobre el “hipotexto” de nuestro amigo, pues supone una conversación previa, una necesidad insatisfecha e inaplazable, un acercamiento a la ciudad y sus elementos, directo y natural. Mientras tanto se ve pasar al insigne profesor que lleva como todos los días, una ajada y sucia revista Selecciones, es toda su lectura. Luego descrestará como siempre y unos cuantos lo felicitaran –y hasta envidiaran- su impresionante erudición.

pfa

1 comentario:

Pablo R. Arango dijo...

Con una luctuosa generosidad, el doctor Calle, en la edición No. 23 del "Boletín Libélula Libros", incluyó una observación mía después de citar a varios ilustres (entre ellos Malcolm Lowry). Ahora blasfemo, inspirado por Pablo Arango el bueno, con esta mi parodia de la frase de Lowry (en la que el Cónsul le describía uno de sus despertares a Yvonne, en una carta): “… parado, tembloroso, reclamándome por la noche de tragos… mientras que, pelado, esculco en el bolsillo estirando la otra mano hasta la vitrina; toco y admiro el pedazo de papel y mugre del que nunca puedo creer que sea verdadero y que haya llegado hasta mi mano desde Bogotá o Barcelona, y encuentro entonces el billetico de 50 que tuve la admirable imprevisión de no gastar en tragos la noche anterior…”