martes, 21 de agosto de 2007

A la sombra de las hojas



En un entretenido inciso de Negra espalda del tiempo*, Javier Marías escribe: “—Es posible —le dije [a ‘el profesor (Francisco) Rico, hombre de gran saber’]— que seas más recordado por haber aparecido como personaje en una novela tan perdurable que sea rastreada hasta el infinito, que por cuanto está en tu mano lograr con tu aplicación y tu talento exegético y tus saberes acumulados.”
Así obra, por propia mano, Paul Auster en Viajes por el scriptorium**, auncuando él —que ya había llamado Auster a un personaje suyo— para mayor estímulo de los rastreadores resuelve ahora escamotear su nombre, y aparecer bajo la advocación de mister Blank —que alguno traduce como el señor en Blanco; prefiero la versión de Irene: señor Vacío. “Quién sabe” —dijo Auster a Eduardo Lago— “a lo mejor he llegado al final. Quizás no haya más novelas de Paul Auster.”***
Ese señor Vacío, confinado en un cuarto, presencia la aparición de cuanto personaje ha pergeñado, y que ya ni reconoce. Hay el rastreador que ha inventariado con minucia la novela de donde proviene cada uno de los aparecidos, que dicho rastreador conjetura han sido convocados por Blank.
Menos listo, o talvez más holgazán, me satisfago con una explicación más simple: al confundirse con sus criaturas —haciéndose otra de ellas— Auster conviene en la condena del autor: ser mientras sus criaturas sean, y por gracia de éstas.
Cosa que dijo mejor, y en un par de páginas, Salvador Elizondo en La historia según Pao Cheng****
De tal manera que, según la fórmula crítica del amigo Octavio Escobar, a Viajes por el scriptorium le sobran ciento ochenta y tres páginas.
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*Alfaguara 1998, página 58. **Anagrama 2007, 185 páginas. ***El País de Madrid: 1 de marzo pasado. **** http://www.lapaginadebetobuzali.com/mails/23marzo2007/extra.htm

José Fernando Calle Trujillo


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