lunes, 28 de julio de 2008

A la sombra de las hojas

La encantadora Clara Elvira Ospina, que recomienda libros en las noticias de RCN, ha acuñado un estribillo con el cual remata sus comentarios: “Que no lo sorprenda el diluvio sin un libro bajo el brazo.” Después de pensarlo mucho –de poco sirve un libro debajo del brazo en pleno diluvio: frágil paraguas al que no es posible darle entonces su empleo natural- conseguí, creo, comprender el leit motiv: habrá un arca de Clarita adonde cada uno llevará un libro para salvarlo. Se trata, claro, de una variante de la cuestión: “¿qué libro llevaría a una isla desierta?” –“Un manual de construcción de barcos”, dicen que respondió Chesterton-, pregunta que tiene el propósito de servir de guía de lecturas. Mis amigos saben mi respuesta: La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne, en la prestigiada traducción de Javier Marias, publicada –con encuadernación en tela- en los legendarios Clásicos Alfaguara, 1978. Dicha elección tiene clara pertinencia: además de la natural humedad de mi biblioteca –que ofrece tema permanente a la socarronería de mi librero-, alguna vez un diluvio la infiltró: entre los cuatro libros estropeados está el Tristam Shandy. Si algún bobalicón lo quiere mero remedo del Quijote –a las ediciones últimas del profesor Francisco Rico prefieran la de 1911 de don Francisco Rodríguez Marín: en ocho tomos, en pasta española, Espasa Calpe, 1975-, y entonces mi respuesta por obvia podría resultar anodina, saco de la manga mis otros cuatro ases: Walden de H. D. Thoreau: la edición que más quiero es la de Premiá editora, 1977, muy mejorada por las expertas manos de mi encuadernador: John Jairo Matínez (www.antiquus.org), El poeta es un fingidor de Fernando pessoa, selección y traducción de don Ángel Crespo (Espasa Calpe, 1982), Si una noche de invierno un viajero por Italo Calvino (Bruguera, 1983). Y Lejos de África de Isak Dinesen (Alfaguara, enero de 1986). Nombrados así, como axiomas. El más reciente tiene ya veintidós años de publicado: más que los de Tomás y Christian, que me sospechaban propenso a la novelería.

José Fernando Calle
Libélula libros

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