sábado, 9 de agosto de 2008

Fue un mes Sensini en todos los sentidos.

El pasado 30 de julio Libélula libros cumplió siete años como librería. Como parte de la celebración, pfa dedicó un espacio del mensual boletín al escritor argentino Antonio Di Benedetto. Dossier, diría él:

Fue un mes Sensini en todos los sentidos. (1)

Tengo un desagrado especial y declarado por los concursos literarios. Descreo además de quienes se dedican a participar en ellos. Ningún ser excesivamente premiado –o siquiera premiado- me provoca emoción. El juego de premiar y ser premiado es una vergüenza, ambos: premiador y premiado solo buscan reconocimiento social, si fuéramos serios y generosos deberíamos pagarles un psiquiatra y acabar con esa tontería. Pero encontré un escritor que supo hacer con los premios lo que se debe: ganarlos, sacarles la plata, y voltear la cara, mera necesidad económica, no importa. Es necesario vivir del oficio literario cuando no se tiene ningún otro al cual acudir. Se trata de Sensini, o mejor dicho, de Antonio Di Benedetto, el personaje del cuento de Roberto Bolaño creado a partir de su encuentro con el autor de Zama (o de Ugarte), y por quien el escritor chileno sintió una atracción especial una vez descubrió que, como él, había participado en un concurso literario, que para colmo no ganó ninguno de los dos, desde entonces y a partir de la búsqueda que de Sensini-Di Benedetto hizo Bolaño, se hicieron amigos, y se convirtieron en cazarrecompensas.
En un estante de la librería, en el que reposan los libros editados por Adriana Hidalgo, estaba la obra casi completa de Di Benedetto, por el que con excepción del escritor Orlando Mejía nadie había preguntado. Y una tarde de sábado después de haber tomado El silenciero por mera curiosidad, comencé la lectura de sus libros, uno tras otro, casi de manera ansiosa, y fue un mes Sensini en todos los sentidos.
Di Benedetto (Mendoza 1922) fue encarcelado por la dictadura Argentina de turno en 1976, nunca le informaron las razones; fue liberado un año después gracias a la presión que ejercieron intelectuales y escritores del mundo entero. La prisión y las torturas lo marcaron de tal forma que nunca más volvió a escribir tal como lo había hecho hasta antes de su captura. Di Benedetto se quejaba de su incapacidad que se veía acompañada además de la soledad, el olvido, y un profundo desasosiego. Tal vez algunos de los sobrevivientes de una guerra sufran aun más cuando aquella termina, porque tienen el alma en trozos cuando otros tienen una sonrisa permanente en el rostro. La grosera alegría casi nunca es dulce, pero no importa, porque siempre es fugaz. El caso es que la muerte le vino a Di Benedetto en 1986 poco tiempo después de haber regresado de España donde estaba exiliado; “creo que esta historia es muy larga para un cuento tan corto como creo que soy yo”, le había comentado a Ricardo Zelarayan(2).
Borges fue cauto en los comentarios acerca de Di Benedetto, Cortázar, si se quiere, grosero. La evidente deuda con El pentágono constituía un fantasma del que seguramente quiso evadirse. Ahora los comentaristas y críticos intentan encontrar algún comentario elogioso de ambos para acompañar las carátulas y las cintas de las reediciones de los libros. Y sobran. No hacen falta, son suficientes aquellos personajes neuróticos y sus entornos confusos y asfixiantes al igual que su narrativa desprovista de adornos, limpia y directa, que seguramente pocos estarían dispuestos a catalogar como latinoamericana.
La prosa de Di Benedetto es ágil, dura, sin estridencias, pulida. Extraña en nuestro medio, sin antecedentes ni descendencia. Solitaria, triste, contenida, y sobre todo silenciosa, tal como cabe imaginarse al mismo Di Benedetto. Y onírica claro, en la medida en que todos queremos creer que el absurdo cotidiano no es real, sino mero reflejo de los sueños de alguien.
Su obra es amplia, diversa y breve, prefería las novelas cortas y los cuentos rápidos. Mientras que en las primeras cierta morosidad anímica hace ver a sus personajes varados en medio de la nada, en los cuentos emplea un ritmo desbocado y delirante. Sabía Di Benedetto que el problema no reside en la suspensión o el paso rápido del tiempo, en ambos casos el resultado es el mismo. El problema está en el hombre, en su alma, en el puesto que ocupa en el universo, en su condición de extraviado.
Zama es su novela más reconocida. Don Diego de Zama espera en Asunción las noticias de mejora en su cargo, el dinero que pueda enviarle su mujer, y las razones para mantener una esperanza que se agota. Sabe sin embargo que no tiene sentido aquella espera, que el destino lo ha arrojado a una esquina del mundo como queriendo deshacerse de él, que carece de fuerzas para revelarse y entonces apenas da vueltas y enreda aún más su madeja ya hecha un nudo. El funcionario de la corona española no encuentra razones para su existencia, a pesar de que se procura cuanta peripecia amorosa o litigiosa pueda percibir. Pero es claramente limitado, no es un héroe, es apenas un hombre que intenta sobrevivir y ni siquiera recibe el dinero necesario para su sustento. Su simplicidad no lo exime sin embargo del tormento de fantasmas y seres aun más fríos y grises, entonces el destino se acuerda por fin de Don Diego y lo reintegra al río de la existencia de una manera abrupta pero al fin y al cabo generosa. La pampa se abre prodiga e infinita: le ofrece vida sin consuelo.
Zama refleja una rara maestría: si bien relata sucesos del siglo XVIII, lo hace de una forma que el lector olvida que pudiera tratarse de mera recreación histórica. No obstante recupera un lenguaje y vocabulario formidablemente castizo. No es que construya la historia como si ella fuera de ahora, lo que sucede es que traslada al lector –o tal vez al personaje y su entorno- en el tiempo con tal delicadeza, que la historia de Zama y su figura misma nos conmueven de una manera contemporánea.
En El silenciero, en cambio, un escritor de provincia acosado por su propia incapacidad para sentarse a escribir, es agobiado por el ruido y la bulla. El mundo es mera bulla, absoluta algarabía, y en consecuencia querer huirle al ruido es querer huirle al mundo, lo que por supuesto será objeto de reproche. Han notado los críticos que el silenciero es el mismo Di Benedetto, afirmación que no compartía, sin embargo es evidente, no tanto la similitud de personajes como el padecimiento y agobio sufrido por ambos, debido a esa bulla invasora y perturbadora. Tal vez Di Benedetto hubiera preferido la advertencia de que él era toda su obra, y que su vida, sus libros, personajes e historias integran un mismo y único universo. Así hubiera aceptado también la sugerencia de que el periodista encargado de escribir una crónica, protagonista de su novela Los suicidas, era él mismo. La particular y obsesiva preocupación por quienes se quitan la vida, era sin duda una inquietud, nada ingenua, de Di Benedetto. Se percibe en esta novela, nuevamente, esa morosidad señalada en El silenciero. El periodista, hijo precisamente de un suicida, es un ser desasido e inestable, que acata el encargo formulado por el jefe de la agencia de noticias, no tanto por cumplir con su oficio, como por descubrir las razones que pudieran tener las personas que deciden dar por terminada su vida. No descubre nada, todo es gris y nebuloso, tal vez la razón no sea otra que la sensación de desapego que el periodista y Di Benedetto sienten. Sensación en cierto grado similar a la del novio de Laura en El pentágono (reimpresa como Anabella), aquella novela experimental que puede leerse como relatos, o como un solo cuerpo, y a saltos y que refleja un terrible y profundo “desajuste” entre el ser y el mundo que lo rodea. Un triangulo amoroso que resulta de la conjunción en un mismo punto de “dos triángulos que, compartiendo un mismo vértice (el yo narrador), trazan a su vez relación entre los dos rivales (Rolando y Orlando). En medio de esta engañosa simetría se encuentran las mujeres (Laura, la amada imposible, y Barbarita, la esposa infiel) y, en la cúspide, imponiendo su mayestática presencia: el yo”. La estructura, el juego, la ruptura de formas sugiere otro libro, ¿cierto?, sí, El pentágono fue escrito en 1955 en Mendoza, el otro en 1968.
Pero la obra de Di Benedetto la conforman además de novelas como las mencionadas, un conjunto generoso de cuentos por los que sentía un curioso afecto. Esos cuentos que comparaba con motas de nieve que pudieran caer en los labios de un negro en Haití, o “pequeños tesoros de la imaginación”, le impedían “construir grandes catedrales”, y en cambio “modestas capillas”; pero los aceptó e incluso fueron su fortuna mientras estaba en la cárcel desde la que enviaba cartas a la escultora Adelma Petroni: “anoche tuve un sueño muy lindo: voy a contártelo…”. Uno fue Aballoy, aquel ser memorable que como los estilitas decidió subirse a su caballo para pagar una pena recorriendo la pampa. Este comportamiento estrambótico deja de serlo a medida que el lector comprende el alma de aquel gaucho, e incluso lo acompaña en su cabalgadura. La dulzura que provoca es reconfortante; la lectura de Aballoy podría bastar para mucho tiempo, y no porque sature sino porque hace suspender –así sea temporalmente- la búsqueda. Efectivamente es una capilla, serena, dulce, y profundamente espiritual.
“Toda la producción narrativa de Antonio Di Benedetto es, como la de Witold Gombrowicz, un constante asedio a la forma” ha escrito Jimena Néspolo (3), sin duda. Pero es algo más también, es una narrativa hondamente humana y - ¿en consecuencia?- pesimista y anímica. Gombrowicz jugaba ajedrez en un bar de Buenos Aires recordándole a sus contertulios que era un aristócrata, Di Benedetto le pidió a un entrevistador: “-Ponga: como usted ve, soy un tipo simple. Vulgar póngale”. Que va, merece la gloria, este mes yo se la concedí a Sensini.
(pfa)
Notas:
(1) Frase casi tomada de algún aparte de “Sensini” de Roberto Bolaño (“Llamadas telefónicas”, Anagrama, 1997). Visite: http://www.barcelonareview.com/63/e_rb_span.html
(2) En Luchar contra la palabra. Dialogo con Antonio Di Benedetto, publicado en “Cuentos claros”. Adriana Hidalgo. 2004.
(3) Prólogo Lecturas impertinentes a El Pentágono. Adriana Hidalgo. 2005.

Adriana Hidalgo ha publicado: “Zama”, “El silenciero”, “Los suicidas”, “El pentágono”, “Absurdo”, “Cuentos claros”, “Mundo animal – El cariño de los tontos”, “Sombras nada más” y “Cuentos completos”.

1 comentario:

Cinemagnificus dijo...

Excelente blog. Le sigo ;)