sábado, 9 de agosto de 2008

Hice un pacto silencioso con la librería.


Hace poco más de cinco años entré por primera vez a la librería y buscando algún libro de Pizarnik, (libro que aún hoy espero encontrar al abrir alguna de las emocionantes cajas que llegan), me detuve en el lugar en el que se ubica la sección de poesía. No he sido amante de la poesía y raras veces la comprendo, pero Pizarnik causó un efecto insospechado y buscándola encontré a Pessoa en medio de esa extraña afición que consistía en descubrir libros por mi propia cuenta.
“Al final la mejor manera de viajar es sentir,” así comienza el primer poema de Álvaro de Campos, libro III. No, no es cansancio y otros poemas.
Supe que este libro debía esperarme. Desde entonces hice un pacto silencioso
con la librería y me prometí comprarlo. Años después el libro continuaba esperándome y cuando empecé a trabajar como dependienta, era inevitable temer el riesgo de que el libro fuera vendido o peor aún de que yo algún día me viera en la compleja situación de introducir el libro en una bolsa naranja mientras le agradecía al feliz lector por su compra. Por fortuna en noviembre de 2007 y después de tanto esperar logré conseguirlo.
Esta clase de pactos con los libros no siempre llegan a feliz término. He visto la hendidura que deja ese rastro ausente del tan anhelado libro, que por razones de universo o de destino da con otro. Siempre queda una buena sensación cuando se vende un buen libro porque sin duda estos se alejan dispuestos a recorrer el camino que como Borges nos recuerda: “… da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos”.
Claudia Tamayo G. – Libélula libros.

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