domingo, 14 de septiembre de 2008

A la sombra de las hojas

Leo, otra vez: después de tantos años, en Parejas, transeúntes (Alfaguara, 1986) de Botho Strauss: “Siento nostalgia de los gritos en el desierto, como se los he oído a Yukel y Sarah en los libros de Edmond Jabés.” Leer: oír las voces inventadas de manera que no se distingan de aquellas de los que confiamos ciertos; oír lo que apenas puede verse —como quería Baudelaire: “oye, querida, oye a la noche que avanza”.
Y como, además: “Leer es una trampa”: Darío Jaramillo Agudelo, con el sólo estímulo de aquella cláusula salí en persecución de la única obra de Jabés publicada entonces en castellano: “El libro de las semejanzas”. La hube, ya lo habré contado, sólo cuando me había resignado a no conseguirla: me forcé en Medellín a entrar a una de esas librerías que ponen talanqueras a los clientes, y alcancé a vislumbrar muy arriba los lomos grises antes característicos de Alfaguara; una escalera de mano me permitió comprobar para mi pasmo que allí me aguardaba el libro de Jabés perseguido. No veía la hora de oír los gritos de Yukel y Sarah, así no ocurrieran en esa precisa obra. Apenas recuerdo el asombro que, seguro, transmití a mis prójimos: talvez sólo uno recibió el testigo: Pablo Felipe Arango, lector de Jabés, es decir: lector.
Una digresión, como si todo lo que apunto fuera algo más que puras digresiones (torpe aprendiz de Sterne): deliberadamente empleo: prójimo; es la compasión lo que nos hace participar a otros del entusiasmo de nuestras lecturas. Otra: esta vez me había propuesto escribir de: Una lectora nada común, de Alan Bennett (Anagrama); la reina, su protagonista, pervertida —“quizá me estoy convirtiendo en un ser humano.”— por la lectura, anota: “No pones la vida en los libros. La encuentras en ellos”. Una delicia: de índole semejante: trata de la lectura, de libros y de autores, a 84, Charing Cross Road.
Sigo: abro ahora, otra vez: después de tantos años, El libro de las semejanzas y caigo, preciso: ““¿Oyes desplazarse al aire o alisarse el agua?”” A la sombra de las hojas de Jabés oigo la noche que avanza, y los gritos de Yukel y Sarah: que oía Botho Strauss.
“… agregó —reb Bérid, según Jabés: “Se muere siempre entre cuatro paredes de palabras...”. Amén.

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