martes, 25 de noviembre de 2008

El infinito viajar. Claudio Magris. Anagrama 2008. Trad. Mª del Pilar García Colmenarejo

“No dejaremos de explorar/ Y el final de nuestra exploración/ Será llegar al sitio desde donde partimos/ Y conocer el lugar por primera vez” dijo T.S. Eliot en los Cuatro cuartetos (Little Gidding). La utilidad del viaje está fuera de duda, el mandato natural a la exploración nos hace humanos, más incluso que otras condiciones que causan mera vanagloria. Somos viajeros, no importa el número de kilómetros recorridos, o las maletas gastadas, y nuestro viaje es eterno y uno. Magris comprende y comparte los versos de Eliot: “Quien viaja es siempre un callejeador, un extranjero, un huésped; duerme en habitaciones que antes y después de él albergarán a desconocidos, no posee la almohada en la que apoya la cabeza ni el techo que le resguarda. Y así comprende que nunca se puede poseer verdaderamente una casa, un espacio recortado en el infinito del universo, sino tan sólo detenerse en ella, por una noche o durante toda la vida, con respeto y gratitud. No por azar el viaje es ante todo un regreso y nos enseña a habitar más libre y poéticamente nuestra propia casa.”
No importa que se trate de la recopilación de textos escritos por Magris para periódicos y revistas, se trata de sus mismas pasiones y amores. Puede advertirse incluso cierta especial maestría para los relatos medianamente cortos, aquellos en los que la restricción en el número de caracteres o palabras lo acosan. Tienen la gracia incluso de contener las opiniones del escritor provocadas en sus viajes más allá de las fronteras europeas, sensatas y cuidadosas como todas, pero en cierta forma frías y distantes. Porque Magris es fundamentalmente, y por encima de cualquier cosa, un europeo enamorado de Europa, que la descubre en los pliegues más pequeños y escondidos, como por ejemplo en las historias de Sobios y Cicis, pueblos casi insignificantes de los que sobreviven apenas unas decenas de miembros, pero que aún así preservan sus tradiciones, con tranquilidad y sin aspavientos. Bien sabe Magris que el nacionalismo no solo es el más grave y terrible mal que puede carcomer una sociedad, sino que, además, contradice el espíritu de Europa, y por eso lo crítica de manera acérrima, a la vez que lo fotografía tal como se retrata al asesino que porta el arma humeante; al fin y al cabo es generador del caos que perturba no tanto el quebradizo entorno como el espíritu: “el viajero es un anarquista conservador; un conservador que descubre el caos del mundo porque para conmensurarlo usa un metro que desvela su fragilidad, su provisionalidad, su ambigüedad y su miseria”.
A Emiliana mi hija le molesta el título de este libro, desde que lo vio en la vitrina manifestó su desagrado. Dice que no suena, que no va: cree contradictorios los términos. Según ella nadie viaja de manera infinita. Para colmo me ha visto nuevamente con el libro en la manos, y de manera burlona me ha preguntado si no he terminado de leerlo después de tantos días, no le he respondido, pero la verdad es que aunque llegué a la última página, aun no he terminado de leerlo, y esa es precisamente la fortuna de los libros de Magris, su lectura puede ser perpetua como perpetuo puede ser efectivamente el viaje. Es más, los libros de Magris no son sobre viajes, son un viaje, tal como todos lo demás buenos libros.
                                                                                                      

No hay comentarios: