lunes, 3 de noviembre de 2008

"Incluyendo el presente, la suma total de mi felicidad llega a 16 minutos."


1. La colección "Pequeños Grandes Ensayos" de la UNAM, advierte amenazante en sus contraportadas: "Lee este libro: puede cambiar tu vida". 2. El diario El País recientemente, en ocioso reportaje pregunta a 100 escritores en español: "¿Qué 10 libros han cambiado tu vida?"  3. El doctor Calle al respecto es contundente: sería espantoso que la vida en diez oportunidades -¡diferentes!- nos diera un vuelco, un giro radical. 4. Pues bien, en los pocos años entre libros yo sí tengo uno segurísimo (para diluvios, guerras nucleares y demás) que de alguna forma afectó toda percepción: La perorata del apestado de Gesualdo Bufalino.
Ocho meses después de aquel perorar silencioso, llega generosamente a mis manos un libro: Calendas Griegas, Recuerdos de una vida imaginaria (Norma, La otra orilla. Trad. Laura Cannas), del mismo autor que, una noche silenciosa de fin de año, entre una cama fría, interminables comas, me demostró que la Literatura es, ante todo, un veredicto de belleza, una "infracción de cada día".
El libro es una "despedida de puntillas", la autobiografía de un escritor que es caso especial: Bufalino (1920-1996), nacido en la siciliana Comiso, soldado durante la segunda guerra mundial, fue un profesor de provincia la mayor parte de su vida, con un detalle que por muy poco se escapa para siempre: escribía, escribía mucho, sólo para él, "al mismo tiempo lengua y oído", desde "un cuartito de dos por dos metros a un abismo de cielos vacíos". Bufalino no publica, jamás llega a pensar en el otro, es un "aficionado a manipular las palabras en una hoja blanca, pero no a dar razón de ellas a los lectores", así se pasan sesenta años de una vida rural, alejado de lo que para él sería "la vanidad de perdurar". Pero ante todo el conflicto es el mismo, inmutable: [la escritura] "si se trata sólo de un juego para ganar o perder en soledad ¿por qué tantas lágrimas?"
1981, aparece publicada su primera novela Diceria dell'untore, Perorata del apestado; el Doctor Calle, de nuevo: "tal vez el relato de una pasión entre enfermos (que somos, en últimas, todos)". Bufalino empieza un período de premios y reconocimientos: incómodo, lo imagino escribiendo sus Calendas Griegas, o sea sus "días imposibles, que nunca serán": "Así me quedo muy quieto, en el pasajero éxtasis de que nadie me busque, de que para nadie yo exista, de que solamente me habite, invisible para todos e imposible de hallar". Hay una obsesión en este libro de memorias: no llegar a ver el nuevo milenio. Bufalino es consciente de sus muchos años, sobrevive a la vejez con tedio, con el tormento de que su libreta telefónica parezca más un obituario: el tan humano miedo a la muerte: "No quieres morir. Sin embargo has vivido lo suficiente, cualquier día es ya una película vista infinidad de veces, que te aburre." En un trágico accidente automovilístico Gesualdo Bufalino muere el 14 de junio de 1996, patético diré, fiel al último capítulo de un libro que confirmó que, como elemento, no necesariamente cambia una vida, pero que sí puede producir agradecimiento por vivirla: Quia Pulvis... (199...). “« ¿Ha terminado la vida? », se pregunta. Y se responde: «Ha terminado»"
En definitiva, un maestro: "Cuando todas las noches, por pereza, por avaricia, volvía a soñar el mismo sueño", volvía a leer a Gesualdo Bufalino.
Tomás David Rubio Casas. Libélula Libros

1 comentario:

Gatomico dijo...

Grande tomás!!! Muy buen texto.