lunes, 3 de noviembre de 2008

Metro.

Esta tarde compré un libro de Witold Gombrowicz. Esto lo hice luego de salir de clase, antes de subirme al metro e irme a casa. El metro lo tomo en la estación Saint Miche//Notre-Dame, para bajarme en Port d'Or leans y caminar hasta la Rue Foubert, donde vivo, chez moi.
Mi objetivo era estrenar el libro en el metro. Que bueno leer Le festin chez la comtesse Fritouille et autres nouvelles. La portada es hermosa, y lo mejor es que solamente costó 1,20€.
Desde Saint Michel hasta Porte d'Orleans no fueron muy ágiles mis ojos leyendo pues cambié de asiento tres veces. Quedé con ese... ese... hábito de los colombianos de desconfiar de todo el mundo. Cuando subí al metro me senté al lado de un negro y un indio. No me parecieron de fiar y cambié. Me ubiqué en una parte donde estaban dos alemanas. Olían mal y me cambié, además estaban sospechosas. Finalmente terminé solo en un asiento frente a la puerta, presto a salir corriendo, para dejar de sentirme asfixiado, para perder el tiempo y hasta el espacio porque se llenó de gente y tuve que levantarme de mi asiento según las instrucciones del metro; cinco estaciones y había leído página y media. Creo que hablaba –el relato de Gombrowicz- de una carreta y una maleta de viajes. De un telegrama también, entregado en la mano.
Es raro, pero desde que llegué a esta ciudad sólo he visto que aquellas personas que leen en el metro –que son muchísimas- llevan muy poco en su libro, máximo hasta la página 50. Estoy seguro de que no han pasado de ahí, y son siempre libros de más de 400, si mis cálculos no fallan.
Todos los días entro y salgo del metro y del RER (Réseau Express Régional) y la escena se repite: gente que está empezando a leer su libro.
Cuando llegué a París, Rafa fue mi guía y hablando de tantas cosas llegó a decirme que los parisinos leían no por cultos o intelectuales, sino por estrategia, con el afán de poner una barrera entre ellos y el mundo. Es raro asimilar que las propiedades cortantes del papel no se pierden en las suaves hojas de los libros. Ahora veo mucha fuerza en las palabras de Rafa, veo soledad entre personas que están sentadas a menos de diez centímetros de distancia entre ellas. Igual, no es para alarmarse, sólo he estado acá once días.
Paris 30 septiembre 2008.
Felipe Calderón V.—Libélula libros

1 comentario:

Gatomico dijo...

La portada dice 2 euros pero me costó 1,20 euros. No permitan que la imagen los engañe.