jueves, 12 de marzo de 2009

Bajo el volcán

Allá, en los recovecos de la memoria, Álvaro Burgos, todo anteojos y barbas, me sigue señalando, en la vitrina de una librería, un libro; es la cosa más estremecedora que he leído, le oigo decir, casi hablando consigo mismo. El libro es Bajo el volcán, en una desdeñable edición.
Más acá, en otra librería, ya en Manizales, escruto el mismo texto, en una limpísima, hermosa, edición de era. Al final no me resuelvo a comprarlo, y lo vuelvo a dejar en el estante con –así lo creo entender ahora— extraño pavor.
Seguramente será el ejemplar que compra H. Lo lee de corrido, de un tirón, conjeturo; con el afán que después le conozco, y le discuto. Flaco, pálido, amanece con algo roto por dentro. Comienza a hacer el Cónsul; se vuelve habitante de cantinas. Apóstol de una religión no por vital menos inverosímil.
Ahora veo el libro sobre mi mesa de noche. No queda escapatoria. Peleo con él; lo voy fatigosamente remontando, contra la corriente. Me pesa, me estruja; no es posible, como otras veces, con otros libros, abandonarlo.
"Y así, a veces me veo como un gran explorador que ha descubierto algún país extraordinario del que jamás podrá regresar para darlo a conocer al mundo: porque el nombre de esta tierra es el infierno […] Claro que no está en México, sino en el corazón".
Faltan ochenta páginas, ochenta de cuatrocientas. Voy a meterme en ellas. Apenas alcanzo a escribir esta advertencia.
José F. Calle
(esta nota apareció en la revista Grafía Plena de la Librería Palabras –sin fecha, aunque sospechamos que es de la década del 80. El escrito aparece sin firma).

No hay comentarios: