martes, 21 de abril de 2009

A la sombra de las hojas

Un anónimo redactor del Correo de Exopotamia (número 39, página 3), acaso Ricardo Rozental, escribió: “Bach está sonando en nuestros días mucho más parecido a lo que sonaba en los suyos propios…” Y explica: “… si se dispone de la técnica barroca y de instrumentos barrocos, Bach sonará más a Bach y menos a Mendelssohn…” (Mendelssohn ha muerto: ¡viva Mendelssohn!). En el número siguiente (abril de 1996, página 5) el Caballero Ch. Whiteford respondió: “… es de esperarse que si en 1996 se ejecuta la “Pasión según San Mateo” con instrumentos como los que usaron los músicos de Bach, con coros dispuestos como los organizó Bach, en un edificio como el de la catedral de Santo Tomás, donde Bach dirigiera su opera magna, es bastante seguro que el sonido de 1996 fuera el mismo de su presentación en 1736. Bach sonará a Bach.” Y remata: “Pero, ¿se escuchará igual a Bach? ¿Significará lo mismo el trance martírico de Cristo a un burgués emprendedor y protestante del siglo XVIII que a un melómano de 1996, cuyos kiries se dirigen a Deutsche Grammop-hon o a Erato?” (Mendelssohn est vivant)
De todas maneras, al lector sensible: con sus oídos del siglo XXI ya, le aprovechará oír esta golosina: http://www.alpha-prod.com/sound.php?id=9&format=mp3 Y hablando de confiture, el doctor Braithwaite, en El loro de Flaubert (Julian Barnes, Anagrama 1986, páginas 111 y 112): “En 1853, cuando estaba en Trouville, [Flaubert] vio como el sol se hundía en el mar, y declaró que parecía un gran disco de mermelada de grosella roja… Ahora bien, ¿tenía la mermelada de grosella roja que se hacía en Normandía el año de 1853 el mismo color que la se hace allí mismo en nuestros días?” Le averigua a un fabricante: “…aunque es posible que un tarro de esa mermelada preparada en Rouen en 1853 no fuese tan transparente como la actual debido a que el azúcar que se utilizaba entonces no estaba muy refinado, el color debía ser aproximadamente el mismo. De modo que al menos eso está claro: ahora ya podemos imaginar de qué color era aquel sol crepuscular.” Entonces, enseguida, el experto en Flaubert se formula la tremenda cuestión: “Pero ¿entiende el lector lo que estoy tratando de decirle?”
José F. Calle
Libélula libros

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