lunes, 13 de julio de 2009

A la sombra de las hojas

Iba Toño Mejía por la parcela: trajeado de campesino, me contaba el mismo Toño, y se encontró con un vecino de Montebonito que le puso conversa: “Don Antonio ¿y usté vive en Manizales?” Que sí, le dijo Toño, y el otro volvió a preguntar: “¿Y en qué trabaja?” Toño contestó: “Soy vicerrector de la Universidad de Caldas” “Oí a éste”, comentó el otro: estrujándolo: “dizque vicerretor: usté si charla muy bueno, don Antonio” Esta habrá de ser la cifra: el doctor Mejía: el catedrático, el abogado, el funcionario; y don Antonio: el campesino, el montañero que no quería dejar de ser: “Señorita, de esas botas de la vitrina ¿habrá como pa yo?” Buscado el número la vendedora vuelve y le dice: “No señor: no nos quedan”, y le corrige, bajito: “Y no se dice: pa yo, se dice: pa mí” Pero tampoco doctor Mejía: “Qué lidia, Jóse”, se me quejó una vez: cuando puso oficina, “para que me pusieran en el tablero: Toño Mejía”
Así, después de casi un año de avisarnos que se iba a morir, ahora se murió del todo Toño Mejía. Me resisto a hacerle un obituario al uso: en octubre de 1982 escribí en El Editorial:
“Toño Mejía maneja con igual destreza los códigos y los trompos. Hay que verlo sacar uno, enrollado con qué práctica, listo para ponerlo a bailar, del bolsillo de su chaqueta, con la ingenua seriedad de las cosas verdaderamente importantes. Le habrá de parecer que servir para hacer trompos tiene que ser uno de los mejores destinos de la madera. Tal vez para eso justifique él, guardabosque oficioso, que se tumbe un árbol. Para eso o para hacer una carretilla qué enganchar a su yegua, extranjera en las calles asfaltadas del barrio donde vive Toño, él mismo extraño a ellas. / Toño tiene dentro un carretillero que se le sale por las manos, jartas de teclas, mejor dispuestas para manejar riendas. De ahí que muestre con singular orgullo su patente de carretillero. Pero su carretilla tiene un especial destino: pasear a los muchachitos de su vecindad. Y a Miguel y a Felipe*, los hijos del carretillero. /
Si Saint—Exúpery le hubiera dedicado El principito a Toño Mejía, no se habría visto en el predicamento que pasó para hacerlo a Leon Werth. Le habría bastado con poner: a Toño Mejía que a pesar de la envoltura es un niño. O, como él mismo mejor lo dijo: que es un niño grande.”

*Aun no nacía Simón, su Cachorro: Simón El Avispadito. Conste.

Jose F. Calle
Libélula libros

4 comentarios:

Libélula libros dijo...

Recuerdo cuando entre los libros de mí casa encontré un pequeño folletín que relataba la historia de una familia en Marsella. Lo leí de un tirón, yo era apenas un niño. Guarde el librito entre mis cosas. Más tarde cuando ya terminaba el colegio y comenzaba a tener por la literatura una pasión vital, me enteré que el autor de aquella obrita era el columnista de La Patria que yo leía. En otro lugar vi su foto. No miento si digo que buscaba su cara entre los transeúntes de la carrera 23. Aun veo el Señor con quien lo confundí, y a quien en una oportunidad seguí por varias calles.
Luego conocí a Toño en la Universidad, estaba de campaña a la Alcaldía, después fue mi profesor, y casi mi amigo. Tengo los tres cuarzos que me regaló un día ya siendo yo también abogado, en Salamina, un sábado en la tarde, recogidos en el rio Chamberí o algún sitio así. Uno para Carolina, otro para Susana y el otro para mí (Emiliana aún no nacía), la idea, según él, era que aquellas piedras nos protegerían.
Cierto día cogí aquel volumencito, busque a Toño y se lo lleve de regalo. Vi que las lagrimas asomaron a sus ojos. Casi ni recordaba aquello.
(pfa)

Jose F dijo...

Entrañable recuerdo, Pablo Felipe, como todo lo concerniente a nuestro bien querido Toño.
El texto de El editorial lo recortó y guardó, doblado, en la billetera, hasta que prácticamente se le deshizo.
Alguien debería ponerse en la tarea de recoger (y recuperar, como dicen ahora) el anecdotario de Toño, para el disfrute de los que no tuvieron la dicha de su trato.

Pablo R. Arango dijo...

Conocí a Toño estando yo muy niño en la oficina de mi papá en Pensilvania. Mi papá lo quería y era correspondido. Luego vine a Manizales y el Dr. Calle me volvió a presentar ante Toño. Luego lo vi mucho pero nunca nos acercamos. Luego me volví columnista de La Patria (donde él escribía desde hacía muchos años). Un día critiqué una cabalgata y él se me vino encima, entre otras cosas, porque, siendo yo un montañero, no concía la diferencia entre boñiga y cagajón. Le respondí y volvió a la carga con una loa a Pensilvania, en la que remataba con algo como: "Pero como no hay dicha completa, aquí tenemos un intelectual francés, nacido en el Higuerón, que se cree el repartidor de bienes culturales...". (Ése era yo, por supuesto). El final era, más o menos: "Si se molesta porque nos gustan los caballos, ¿qué diría si supiera que también nos gustan las mujeres?". Me reí como nunca. Luego, creo, se dio cuenta de que yo era hijo de su querido colega, y dejó la cosa así. Entrañable, franco, leal, desopilante. Si Dios existe, debe de estar pasándola del demonio con Toño ahora.

Jose F dijo...

Pablo R.: ahora que mencionas a tu papá: su parecido tiene con Toño (y a ambos he querido hace mucho).
Hace años Toño y yo coincidimos en Aguadas (el pueblo de mis mayores): la dicha de él por estar allá quedó puesta en una frase: "Somos puebleños, Jóse: vos y yo somos puebleños".
Y Javier Arango Mejía agregaría yo ahora.