miércoles, 19 de agosto de 2009

Creación, Gore Vidal. Edhasa.

Cuando comencé Creación hará un par de meses, tal vez, todos me miraban como el hombre que leía el libro de las 854 páginas. Ahora que lo pienso, y con los comentarios de los amigos que visitan la librería, para algunos de los cuales leer un libro largo no sólo es un tedio insoportable, sino hasta de mal gusto, es casi un milagro que culminara, siquiera que comenzara a leerlo.
Pero Creación atrapa desde el primer párrafo con una crítica irrefutable a los historiadores largos y mentirosos. El libro es una novela histórica, larga y mentirosa. ¡Qué maravilla! Y eso no es todo, le creemos, le queremos creer cada palabra, si el mundo fue así no importa, al menos debió ser así.
Gore Vidal, sí, el maricón fantástico que los conservadores norteamericanos se empeñan en ocultar, nos cuenta la vida del siglo V antes de Cristo en Grecia, Persia y China a través de los ojos de Ciro Espitama, un nieto de Zoroastro y, en sus últimos años, embajador del Rey de Persia en Atenas.
A Espitama, descendiente de un profeta monoteísta, le interesa una pregunta: ¿qué había antes que nada? O algo así como ¿Quién o qué creo el mundo? Esta búsqueda lo llevará a conocer al Buda, a Confuncio y a los filósofos griegos, que le parecieron no sólo mentirosos, sino complacidos en sus mentiras.
El camino de este hombre no incluye sólo un difícil viaje hacia oriente y después a occidente desde Persia, sino un viaje espiritual a través del politeísmo, un viaje, si se quiere, más enrevesado que el físico. Ciro no se rindió en su búsqueda, aunque no supo nunca con exactitud si había logrado responder a sus dudas, supo al final de sus días, ciego, que estaba más cerca que al comienzo y que los caminos más interesantes suelen ser tortuosos. Como los libros largos. 
Carlos Augusto Jaramillo—Libélula libros.

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