martes, 26 de enero de 2010

Algo no funciona en el mercado del libro electrónico


Entre el 27 y el 28 de diciembre pasados circuló en los periódicos una noticia según la cual subió el valor de las acciones de Amazon en la bolsa Nasdaq debido a la supuesta venta desbordada del lector kindle durante la pasada navidad. Amazon sin embargo, y según lo señalan las mismas publicaciones, se abstuvo como ha venido haciéndolo de suministrar información acerca del número de aparatos vendidos. La negativa como es obvio genera suspicacias y provoca molestia frente a la evidente falta de trasparencia que inunda los mercados: no puede existir razón valida para guardar el dato. Sirve la oportunidad sin embargo para volver a pensar en la pertinencia y futuro del libro electrónico aun cuando otros consideren inútil el debate pues le dan por ganada la batalla frente al libro tradicional, un análisis un tanto menos prejuicioso podría indicar todo lo contrario.

En primer lugar cabe advertir que el libro electrónico es un gadget, es decir un artilugio tecnológico como todos los demás que emocionan y agobian a ciertos consumidores; basta con revisar los comentarios que circulan en internet acerca del mismo y descubriremos que casi todos se presentan en paginas dedicadas a estos elementos. Curiosamente sin embargo no he conocido aun tienda no virtual alguna de elementos tecnológicos, que los ofrezca como sucede con otros, incluso los más novedosos. Debe insistirse entonces que el libro electrónico es un elemento tecnológico creado por la industria tecnológica y que pretende mercadearse como lo que es. Se sustenta en una necesidad satisfecha y pretende resolver requerimientos inexistentes o al menos no planteados de manera genérica. La necesidad de lectura la resolvió el libro de manera ingeniosa y práctica, y no hay quien haya manifestado el deseo de andar con cien o doscientos -y no digamos mil quinientos- libros al hombro. No solo es absurdo sino absolutamente inútil. El libro electrónico, digámoslo de manera clara, no resuelve una necesidad, se sustenta en una ya existen y resuelta, y esta es su primera dificultad.

Debe revisarse entonces la necesidad sobre la que descansa la pertinencia del lector electrónico, que tal como se ha dicho se encuentra ingeniosa y eficientemente resuelta, así como su comparación con el ipod. Los niveles de lectura son bajos, aún en los países más cultos, sobre todo si se comparan con los niveles de audiencia de música. Es decir se lee poco y se escucha mucha más música, sobran incluso los ejemplos, y basta con observar el entorno. Y es lógico que así sea, la lectura implica un nivel de exigencia del lector, la música casi nunca, por esta razón todos, aun los menos oyentes pueden tener interés en el ipod y por tanto alguna tendencia a su compra y utilización. No sucede igual con el lector electrónico. Para querer comprarlo se debe ser primero lector, y por supuesto un lector al que le sirva adquirir un elemento relativamente costoso, es decir un lector que lea al menos varios libros al año. Consideremos las siguientes cuentas: el lector kindle cuesta según la página Amazon quinientos mil pesos (US$259), si al mismo le agregamos al menos cinco libros no pirateados, tendremos que sumar setenta mil pesos más (siete dólares aproximadamente por cada libro), es decir que en total serían quinientos setenta mil pesos, cifra que le permitiría comprar en nuestra librería dieciséis libros, a razón de treinta y cinco mil pesos cada uno, es decir para un lector promedio en Colombia, tal cantidad significaría lecturas para ocho años, dieciséis en México, o para un lector medio en España entre tres y cuatro años y para un lector Francés dos años.
Ahora bien el libro electrónico ha sido creado por la industria de tecnología, es decir no surge del mundo del libro sino del mismo escenario interesado en crear otros y diversos elementos tecnológicos y la lógica del mercado de estos productos descansa sobre el principio de su constante renovación. No en vano se han vendido más de cien millones de ipods en el mundo. Muchos de los compradores del ipod están y estarán interesados en cambiar su modelo cada año o cada dos años, y ahí reside el negocio, no en el suministro del aparato sino en su constante renovación, por eso precisamente se le agregan utilidades alternas o no coincidentes con su cometido inicial. Basta considerar la forma como se utiliza el ipod y compararla con la posibilidad de utilización del libro electrónico, las diferencias saltan a la vista.

Surgen entonces razones o justificaciones adicionales al aparato: reduce el espacio que ocupan los invasivos libros en nuestras viviendas y es ecológico pues no utiliza el papel. El primer argumento es baladí si consideramos las pocas bibliotecas privadas que sobreviven, pero además desconoce el cariño que los diseñadores tienen por los libros, no existe fotografía de habitación o vivienda que aparezca en las revistas de arquitectura que no considere el espacio generoso para los libros. La segunda razón coincide con el afán contemporáneo de encontrar culpables del deterioro ambiental, que deben buscarse además en lugares y consumidores más susceptibles a la crítica, pero es también absurda pues desconoce que la mayoría de los libros se hacen con papel reciclado. Más allá sin embargo de estas apreciaciones debe advertirse que los argumentos esgrimidos a favor del libro electrónico son más románticos e ingenuos que los que formulamos los amantes de los libros: que son bellos, que se pueden palpar, oler, probar, prestar, arrojar, romper, envolver y regalar. Estos últimos son reales, calculados, probados, es decir son ciertos, no meras conjeturas.

Algo no funciona en el mercado del libro electrónico, algo de carácter financiero y de mercadeo que algún tecnócrata escapado del mundo financiero que recién se derrumbó, se resiste a reconocer. Tal vez algún banquero como Alberto Vitale, citado por Schiffrrin*, que obstinado provocó inmensas perdidas en Random House. Es cierto que el mundo contemporáneo está empecinado en hacernos consumir lo que no reclamamos y necesitamos, lo paradójico es que en este caso el optimismo de los productores del libro electrónico es mayor que el de quienes durante años hemos intentado que la gente lea. El futuro del libro electrónico depen-de del incremento en los niveles de lectura, hasta niveles interesantes al propio mercado, pero cuando estos niveles se incrementen se contará con consumidores cultos y formados que probablemente compraran el aparato pero no estarán dispuestos a cambiarlo cada año. Así las cosas el mercado no será interesante para los productores del aparato.

Por lo pronto los lectores empedernidos podremos comprar el kindle y aprovecharlo hasta que sus propios gestores lo vuelvan una antigualla. (pfa)

* “...Bob Bernstein fue despedido como parte del plan magistral de S.I. Newhouse, y sustituido por un antiguo banquero incompetente llamado Alberto Vitale, que no paraba de ufanarse de que estaba siempre demasiado ocupado para leer un libro". Una Educación política. André Schiffrin. Peninsula. 2008.

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