domingo, 21 de febrero de 2010

Dissipatio humani generis. Guido Morselli. Laetoli. Traduc. Elena del Amo.

Todos los hombres han desaparecido de una manera extraña y definitiva, solo uno pervive, uno que precisamente quería excluirse, vivir al margen: solitario y renegado, un provocador inteligente e hipocondriaco que prefería la soledad de las breñas, molesto por la idolatría del mundo contemporáneo a la comunicación. Su propósito había sido suicidarse en el lago de una caverna pero se arrepintió, cuando regresó a la superficie todos los seres humanos se habían volatizado, lo demás estaba intacto, o mejor inmóvil, sin vestigio alguno de violencia, la naturaleza seguía su marcha, pero sin hombres.
El superviviente no se extraña ni se molesta, al fin y al cabo detestaba aquel mundo absurdo y autocomplaciente. Tal vez se trate, piensa, del fin del mundo y Dios se ha olvidado de él, razones no faltarían: "Los hombres han desencadenado, durante treinta siglos, aproximadamente 5.000 guerras. Han tenido la culpa (el hallazgo es de Albert Camus), si no de comenzar la Historia, al menos de continuarla. No los condeno. Su culpa peor o más reciente ha sido el Afeamiento del mundo. Se solían añadir otras imputaciones: la Contaminación, el Salvajismo (o, dicho con eufemismo, la "violencia"). La Inflación (sin eufemismo: la peste monetaria)".
Las primeras horas y días de soledad son felices, es el heredero absoluto, el vértice final de lo humano, el fin. Su sueño de soledad y autonomía ha sido alcanzado, puede vivir y moverse a sus anchas, pensar sin ser agobiado, moverse sin ser requerido a la conversación.
La sensación de soledad sin embargo es angustiosa, duele. El hombre deambula e intenta encontrar otros seres humanos, sin lograrlo. Está realmente solo, infinitamente solo. Presiente que habita una dimensión extraña pero los objetos que lo rodean, y los vestigios del abandono –la forma como quedaron las camas que aparentemente ocupaban- delatan que son los demás quienes han partido a otra dimensión. Se siente abandonado en un mundo borgiano, el Apocalipsis tal vez. El afeamiento y la comunicación habrán sido sin duda las razones de la molestia divina, pero ¿y las de su exclusión?. Reclama entonces en un estado de alucinación ser recogido, reintegrado al grupo, vuelto de nuevo a la especie. El suicidio ahora es imposible: la vida como el tiempo y como la historia quedan en suspenso si estamos solos, quitársela entonces es un absurdo.
Dudo que sea una metáfora. Morselli no era un moralista. Dissipatio humani generis es la creación de un universo oblicuo y aterrador. A nadie debe importar si esta historia es posible o no, nadie puede sentirse aquel solitario y menos un justo volátil. Mas vale pensar en el genio de Guido Morselli que habiendo imaginado y escrito este portento no lo vio publicado. Se suicidó en 1973, a los 69 años, autoexcluido del mundo literario italiano; a Calvino le había escrito, huyendo y escondiéndose: "Para no serle del todo desconocido: soy emiliano, autodidacta, vivo solo sobre un pequeño trozo de tierra donde hago de todo, incluso el albañil…"
"Existe algo desesperado y, al mismo tiempo, apacible en estas páginas" dijo de ellas Calasso cuando las publicó en Adelphi. Sin duda. Yo dosifiqué su lectura cuanto pude. (pfa)

No hay comentarios: