lunes, 12 de abril de 2010

La tumba de las luciérnagas—Las algas americanas. Akiyuki Nosaka. Traduc. Lourdes Porta y Junishi Matsuura. Acantilado. 2007

La literatura de posguerra de los países perdedores es autodestructiva. El reconocimiento de la perdida viene acompañado de un sentimiento de autoincriminación que tarda en superarse. Sebald no solo fue un gran escritor, sino que contribuyó además a superar el difícil entramado literario tejido por las culpas y temores de autores como Henrich Boll o Gunter Grass. Yukio Mishima hizo otro tanto con la literatura del Japón, pero en su caso tenía la casi imposible tarea de levantar el espíritu de un pueblo orgulloso y milenario, que sentía amenazado su pasado y su futuro por el mundo occidental. Es decir, Alemania contaba con Europa, al fin y al cabo eran europeos, el Japón en cambio debía enfrentar el temor de ser absorbido por el mundo occidental que, después de la guerra, se sentía con el ímpetu y el derecho necesario para colonizar.
En medio de todo lo anterior deben entenderse las breves novelas La tumba de las luciérnagas y Las algas americanas, gracias a las cuales se concedió a Akiyuki Nosaka el premio Naoki en 1968. Se trata de dos desgarradores relatos de posguerra. En el primero las dificultades y penurias de la pérdida erradican casi cualquier gesto de solidaridad y amor. En el segundo una ridícula mujer representa la desagradable pretensión de la sociedad japonesa de acercarse al mundo norteamericano. Su esposo enfrenta la rocambolesca situación provocada por ella, de una manera bizarra e igualmente resentida. En un caso la sociedad japonesa se ha deshumanizado y lucha apenas por sobrevivir, en el segundo se enfrenta a una sensación de pérdida de identidad. En ambas novelas Nosaka es magistral y breve. Y ya sabemos la fortuna de la brevedad. Tal vez hubiera merecido mejor el premio Akutagawa, pero no puede exigirse a un pueblo que aparte de ver el dolor que generan sus miserias, premie a quien las evidencia. (pfa)

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