viernes, 13 de mayo de 2011

Simon Leys deja la impresión de ser un hombre común y corriente, de esos que disfrutan la vida, o mejor, que la acepta tal cual viene. Diletante, inquieto, curioso, puede preocuparse por lo más sublime y lo más sencillo, posee la facultad sin embargo para apuntar bien y dar en el blanco. Lector acucioso y memorioso hasta el punto de que, mera conjetura de nuevo, se debe sentir más lector que cualquier otra cosa, muy a pesar de que reconozca que “los libros son esencialmente inútiles (uno se lo temía ya un poco, y por otra parte, es por eso por lo que se les ama tanto)”.

Su condición de sinólogo está más que reconocida, la de novelista ya había sido advertida a los lectores en español gracias a la publicación por parte de Anagrama de “La muerte de Napoleón”, una fabula maravillosa sobre la historia, la vida, la muerte, el amor, ¿exagero?, no quisiera, son solo poco más de cien páginas llenas de humor y buena literatura. Después de leerla conviene dejar todo lo demás a un lado y disfrutar con el regusto. Ahora además, Acantilado nos entrega “La felicidad de los pececillos” un conjunto de notas, Marginalia pone a algunas, yo las llamaría así a todas. Notas de lecturas y de reflexiones que ponen en evidencia una y otra vez la precariedad de lo que algunos pomposamente denominan proyecto de vida. Ni siquiera la literatura puede serlo. Menos cuando la estupidez nos rodea y hasta la alimentamos; el único salvavidas que nos permite sobreaguar es el arte y el afán de persistir. Recuerda Leys la respuesta que Hugh Grant dio a un periodista estadounidense quien le preguntó, después de haber sido descubierto teniendo sexo con una prostituta, si iría donde un psicoterapeuta, el actor le contesto: “No, en Inglaterra leemos novelas”. Y seguro Leys agregaría: y ponemos notas al margen, que sería el equivalente a contestar las preguntas del psicoterapeuta, así luego las extraviemos, o tal vez de eso se trata, de que sepamos extraviarlas.

pfa

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