miércoles, 1 de junio de 2011

Álvaro Burgos Palacios, in memóriam


Habrá de ser cierto, auncuando no lo sea, que nació en Popayán*: allá lo conocí a fines de los sesenta; ya había sido periodista en El Tiempo: era fama que don Roberto García Peña lo había mandado —Álvaro recién veinteañero— como apoderado suyo a un homenaje en Santander; que había publicado en Lecturas Dominicales un ya legendario ensayo que nombraba a la Generación sin nombre; que era el autor de la espléndida Pre—biografía de una reina. La primera vez que fui a su casa reparé en dos fotografías que tenía en su secretaire: una de Ernesto Sabato —con quien se carteaba, y al que hizo resolverse a venir a Manizales— y la otra de Cecilia Coronel, su novia de entonces. “¿Sus papás?”, preguntó otro: “Sí”, respondió Álvaro sin titubeo.

Cumplía con curia, Álvaro, su papel de cicerone: de libros: fue el primero que puso en mis manos un libro de Pessoa; me dijo —señalándomelo en una vitrina— que: Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, era la cosa más tremenda que había leído; a él oí hablar por primera vez de Julio Ramón Ribeyro; y, aquí sí que conviene: etcétera. Y asimismo era cicerone magnífico de Popayán: sabía dónde vendían las mejores empanadas de pipián, con él probé el salpicón de Baudilia y la torta de piña de Clarita; y otro etcétera.

Con él, Gustavo Wilches Chaux —al que también me presentó—, y Francisco José Lemos, el inolvidable Piña, escribimos en El Liberal: Crónica de Cronos. Después la vida lo hizo juez, y al fin lo puso en Cali donde volvió al periodismo en El País: a veces leía su: Campana —que así nombró su columna; Neruda le había dicho que campana era la más hermosa palabra del castellano.

Mi ejemplar de su libro: Algarabía tiene dedicatoria de 1993, en los veinte años de nuestra promoción; lo vi otra vez, cinco años más tarde: sin concierto, llegamos al mismo hotel; fue como si nuestra conversación no se hubiera interrumpido: supe que su oficio consistía en poner en palabras sencillas la jerigonza de fabricantes de medicamentos. Algo así como lo que cuenta don Antonio Machado al principio del Juan de Mairena: Burgos debía volver poesía las fórmulas.

La última vez lo llamé, hace años, por teléfono: me contestó su niña y me lo pasó; lo oí cansado: me refirió su mal. Estos días, por lo que fuere —tal vez por su cumpleaños: el 5 de mayo; de pronto por un terrible presentimiento— quería buscarlo. Ayer mi librera me contó de su muerte: para mí Álvaro Burgos vivió casi un mes más.


Jose F. Calle

1 comentario:

Tomás David Rubio dijo...

"Los muertos se multiplican formando un círculo de amigos". Montauk, p 21.