martes, 12 de julio de 2011

Hemingway, el hombre que supo decir menos

Hace 50 años Ernest Hemingway decidió tomar su escopeta de doble cañón, comprada en New York en el almacén de artículos deportivos Abercrombie and Fitch, ponérsela en la boca y descerrajarse dos tiros. Del cerebro capaz de crear algunos de los mejores cuentos escritos en el siglo XX solo quedó una mancha en el techo.

Hemingway no era un escritor, era la técnica pura. Mucho se ha hablado de su capacidad para recrear universos a partir de frases cortas y contundentes, pero su magia va más allá. El iceberg, su contundente forma de mostrar mundos enteros a partir de fragmentos, es una lección difícil de aprender, debido a la aparente sencillez que tiene su prosa.

Era un genio, de eso no cabe duda, pero incluso las mentes más brillantes necesitan pulirse y Hemingway lo hizo a través del ejercicio del periodismo y de una casa editorial que le enseño la esencia de lo que sería su propia voz. El periódico exigía escribir frases cortas y contundentes. Así aprendió lo que sería su estilo, pero también aprendió del periodismo a conocer a la gente, a entender a sus personajes.

Sus primeras crónicas fueron judiciales, cubría las comisarías, los hospitales y las estaciones de trenes, en donde conocía de vez en cuando a grandes personajes. Pero era a los seres invisibles a quienes prefería. Le gustaba contar las historias de los pobres, los miserables, los sin voz. Una de sus crónicas preferidas en aquellos primeros días fue aquella en la que describía a una mujer en un baile, y en la que al final el lector debe decidir si ella es o no una prostituta. Esta crónica prefiguró lo que sería su sello personal en donde el lector tiene mucho más que hacer que sólo leer.

Los años de la guerra

El autor de Adiós a las armas vería confirmada su vocación durante su viaje a Europa para tratar de estar de cerca en la gran guerra. Como no pudo enrolarse en el ejército debido a un problema de vista, se enlisto en la Cruz Roja y logró llegar a Italia como conductor de ambulancia. Allí, viendo de cerca los horrores de la guerra, logró captar algunos de los momentos más interesantes de su obra. La mayoría de sus descripciones estarían ligadas a sus propios recuerdos.

Hemingway en Italia durante la Primera Guerra Mundial

Durante un tiempo estuvo dedicado a entregar cigarrillos a los soldados, pero a la primera ocasión logró acercarse al frente, en donde siempre quiso estar. Esta única escapada fue suficiente para marcarlo de por vida. Una granada explotó a tan solo un par de metros de él. Aunque tuvo tan buena suerte que un soldado se encontraba entre él y la granada (la suerte de unos es la desgracia de otros). Aunque el cuerpo del soldado redujo el impacto, la pierna de Hemingway quedó llena de esquirlas. Sin embargo, y dando pruebas de su auténtico valor, el conductor de ambulancia levantó a otro soldado que estaba más herido y con su pierna casi inútil lo arrastró medio kilómetro hasta dejarlo a salvo. Luego la historia diría también que no dejó que lo llevaran al hospital hasta que no trasladaran primero al soldado. La verdad es que primero eran movidos los más heridos y después aquellos que no presentaban peligro de muerte inminente. De todas formas los de Hemingway no fueron simples rasguños, decenas de esquirlas le fueron sacadas de su pierna y durante muchos años lo acompañó el dolor como recuerdo de guerra.

En el hospital conoció a Agnes von Kurowsky, una enfermera que impidió que le cortaran la pierna y que estuvo a su cuidado durante la convalecencia. Hemingway se enamoró de ella y tuvieron un romance que duró durante toda la recuperación. El escritor le pidió que se casaran y regresó a Estados Unidos para ahorrar y trabajar pensando en su futuro matrimonio. Pero Agnes le escribió desde Italia diciéndole que se había enamorado de un oficial italiano. Hemingway nunca se pudo recuperar de esta pérdida. La historia de este amor fue contada magníficamente en uno de sus cuentos: “Un relato muy breve”.

Puede decirse que la pérdida de Agnes fue lo peor para Hemingway y lo mejor para la literatura. Si hasta ahora había sido contenido como escritor y como hombre, después de la ruptura amorosa se entregó a la aventura en su sentido más estricto. Aunque siempre había sido un deportista, comenzó a boxear en serio y no solo en el ring sino también en los callejones y bares. Sus contendores favoritos eran escritores y críticos. Luego vinieron la pesca y la caza en Cuba, Italia, África, España. Donde hubiera emociones allí estuvo presente. Su pasión por los toros era extraña en un norteamericano y más sus fantásticos relatos sobre toreros.

Hemingway y el torero Antonio Ordóñez practicando el tiro al plato en la residencia de Bill Davis cerca de Málaga. (Pie de foto tomado de: El verano peligroso.)

París era una fiesta

En 1920 París era la Meca de los intelectuales. Era el periodo de entreguerras y muchos escritores, pintores y artistas se reunieron en una peregrinación de bohemia y arte. Allí se relacionó con los escritores de la llamada «Generación Perdida»: Gertrude Stein, Ezra Pound y Francis Scott Fitzgerald. Esta época se vería reflejada en su novela Fiesta. Aunque al principio no hubo tal. Sus primeras obras no fueron muy exitosas y debía ganarse la vida vendiendo sus artículos periodísticos, haciendo de sparring para los boxeadores franceses y hasta cazando palomas. Sin embargo, su orgullo no le permitía reconocer estos momentos y escribía cartas a su familia en Estados Unidos diciéndoles que vivía en la mejor zona del barrio Latino.

Pero el éxito por fin llegó. Su peculiar estilo seco y personal, elusivo e impetuoso, no tardo en ponerlo al lado de los grandes narradores norteamericanos. Según confesó en una entrevista, su técnica consistía en saber mucho sobre el tema, pero no poner todo en el texto. Según decía, si el autor sabe de lo que habla, el lector se da cuenta, aunque no esté escrito.

Papa´s Special

En 1945 Hemingway se trasladó a Cuba. Ya había realizado varios viajes en los que se volvió un asiduo pescador del Marlín blanco, una variedad de pez vela. Pero esta vez viajó a realizar una serie de novelas sobre la Segunda Guerra mundial. Nunca lo logró. En cambio apareció una de sus obras maestras: El viejo y el mar. Esta fue la cúspide de su técnica, en menos de 70 páginas logró retratar todo un mundo.

A propósito del esta nouvelle le confesaría en una famosa entrevista a George Plimton: “podría haber tenido más de mil páginas, y dar cuenta de cada personaje de la aldea y del proceso de cómo vivían, cómo habían nacido, cómo se habían educado, tenido hijos, etcétera. Otros escritores hacen eso de manera excelente. Al escribir, uno está limitado por lo que ya se ha hecho de manera satisfactoria. Así que he tratado de aprender a hacer otra cosa. Primero traté de eliminar todo lo innecesario para transmitir experiencia al lector, para que después de haber leído algo, lo leído se convirtiera en parte de su propia experiencia, y le pareciera que realmente había ocurrido. Es algo muy difícil de hacer, y trabajé muy duramente para lograrlo. De todos modos, para no explicar cómo se hace, tuve una suerte increíble en ese momento y pude transmitir la experiencia completamente. Y pude lograr que fuera una experiencia que nadie había transmitido antes. La suerte fue que tuve un buen hombre y un buen muchacho, y que últimamente los escritores se han olvidado de que todavía existen esas cosas. Después, el océano: vale tanto la pena escribir sobre el océano como sobre un hombre. Así que también fui afortunado en eso.

He visto el acoplamiento de los peces espada, así que es algo que conozco. Eso no lo cuento. He visto un cardumen de más de cincuenta ballenas en esa misma zona del agua, y en una oportunidad arponeé a una de casi dieciocho metros de largo, y la perdí. De modo que eso no lo cuento. No cuento ninguna de las historias que conozco sobre la aldea de pescadores. Pero ese conocimiento es lo que constituye la parte sumergida del iceberg”.

En cuba era tratado como un visitante de honor. Incluso, después de la llegada del castrismo tuvo las puertas abiertas, el dictador cubano lo apreciaba e incluso lo leía. En los bares de Cuba le ponía su nombre a los cocteles que él inventaba para ellos, como el Papa´s Special, que contenía un chorrito de lima, un chorrito de zumo de uva, algo de hielo y cuatro onzas de ron.

Hemingway en la barra del "Floridita"

Él mismo llegó a sentirse cubano, cuando ganó el Premio Nobel dijo que era el primer “sato cubano que recibía este importante premio”.

Después de vivir 20 años en Cuba regresó a Estados Unidos, pero ya no era el mismo. Se encontraba enfermo y cansado. A esto se sumó la depresión por haber perdido la “inspiración”: ya no podía escribir, y consideraba que estaba perdiendo su hombría por la impotencia.

Finalmente no soportó más y la madrugada del 2 de julio de 1961 hizo lo que él consideraba una salida digna. Hay quienes piensan que no se suicidó, que fue un accidente limpiando el arma. Otro, tal vez, pero Hemingway sabía limpiar un arma y sabía dispararla.

Carlos Augusto Jaramillo Parra

(Publicado originalmente en el Papel Salmón del 10 de julio de 2011.)

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