miércoles, 24 de agosto de 2011

A la sombra de las hojas

Me cuenta Pablo Felipe que demora aposta la lectura de Elegía de Philip Roth. La está tasando: no por mezquindad, como prescribe el diccionario, sino para gustarla. Eso mismo hago con el libro más reciente de Jean Echenoz: Ravel, 124 páginas, apenas treinta y siete caracteres por renglón y veinticinco renglones por página: el editor —Anagrama— no precisa el tamaño de la letra, que contempla al présbite.

He conseguido la hazaña de demorar diez días la lectura de esta maravillosa miniatura: no más de doce páginas al día, casi la medida de cada capítulo; muchas sentadas: ni a dos, o tres, tirones —no por difícil: para hacerla durar harto.

Para aclarar su asunto y modo mientan las Vidas imaginarias de Schwob y al arduo Michon: ni tan sucinto como aquél —Echenoz se deleita en el detalle— ni alambicado como éste: Ravel, que trata de su gloria y precoz decrepitud, discurre sin rebuscamiento.

Y burla la clasificación de género: “Los pasajes donde hay diálogos, por ejemplo, no los he inventado.”, dice en La Razón: 7 de junio pasado. “Aquí se trataba de una persona real”, dice en Letras Libres de octubre, “aún si la estaba reinventando como un personaje casi imaginario.” Y: “Creo que si hay que llamar de algún modo al resultado final, se trata de una ficción en libertad vigilada.”

Todo con su marca: “Pero, en fin, con eso ya es suficiente, y como todos esos días se asemejan, para qué eternizarse, saltémonos los tres siguientes.” (página 43).

Casi al final, ilustra el deterioro con un episodio conmovedor: el productor Canetti invita a Ravel a supervisar la grabación de su Cuarteto, lo que éste hace con indiferencia: precisa algo, corrige un tempo. Oigan a Echenoz: “Una vez han acabado, mientras los músicos guardan los instrumentos en sus fundas y se guardan a sí mismos en sus abrigos, Ravel se vuelve hacia Canetti: Ha estado muy bien, dice, realmente bien, recuérdeme el nombre del compositor. No es obligatorio creerse esta anécdota".

He guardado la última página para leerla mientras oigo el Très lent del Cuarteto: sé que no puedo hacer dos cosas a la vez, pero no son dos cosas: es la música de Ravel que es la misma escritura de Echenoz.

José Fernando Calle
Libélula Libros

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