lunes, 12 de septiembre de 2011

Adivinen: Tomás González

Que las editoriales intenten a toda costa crear mitos es desesperante. Cada una quiere su Bolaño, su otro boom de autores, el relevo generacional. En Colombia, Alfaguara ha revivido hasta el cansancio el proyecto iniciado por Norma hace unos años: el del "secreto mejor guardado de la literatura colombiana". Hablamos de Tomás González, que por estos días estrena su nueva novela: La luz difícil. La portada en la revista cultural Arcadia, varias páginas en la revista El malpensante, un cubrimiento no menos que espectacular en el periódico El espectador, todo esto parece anunciar que estamos delante de un prodigio de las letras, que el no haberlo leído es la mayor de las torpezas. 

  En la librería varios clientes lo han leído: unos, la minoría, no por eso menos críticos, afirman que escribe admirablemente; uno en especial, tras algunas cervezas, le concede los más importantes premios. Seguro exagera, pero así es su entusiasmo. Otro nos cuenta que conoció a González cuando este trabajaba como barman en "El goce pagano", famoso bar salsero de Bogotá, nos cuenta que fue uno de los que le ayudó a publicar Primero estaba el mar, su primera novela. Primero estaba el mar, nos dice, le parece excelente. Por otro lado está la mayoría, que en la librería no es democracia ni última palabra. González, para ellos, es un autor sobrevalorado, cansón con su supuesta ingenuidad y "pureza". Un escritor que no logra apasionar. ¿Y yo? pues no lo he leído, y confieso que no tengo planeado hacerlo. La razón, más allá de hacerle caso a unos o a otros, se resume al asunto del comienzo: no quiero más Bolaños, no quiero más Zambras, no quiero más escritores que tengamos que agradecer a los editores y no a los lectores -y es claro que cada vez estos dos personajes se alejan más y más.

  El sábado varios preguntaron por La luz difícil, vendí varios ejemplares; es la novedad de un personaje que entiende que encerrarse dentro de las primeras páginas de los medios no tiene nada de contradictorio, de extraño. Que su notoriedad siempre dependa de su proclamada reclusión es una artimaña comercial que algún día tiene que quebrarse. Lo que me preocupa es que cada vez las lecturas de los clientes que veo una vez al año son el resultado de una exitosa campaña de marketing.

Tomás David Rubio-Libélula Libros


13 comentarios:

Martín Franco dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Martín Franco dijo...

¿Y si, de repente, eso de que le huye a los medios es verdad? O bueno, está bien: asumamos que es una campaña de marketing... ¿Eso le resta méritos? ¿Le quita algo a su escritura? Yo no creo. A veces me da por pensar como usted: que hay mucho marketing editorial detrás de cada autor porque deben vender y blablablá. Pero a veces, también, pienso que quizás el entusiasmo que ha despertado la nueva novela de González es genuino y los críticos, periodistas y etcétera de verdad se sintieron conmovidos por la lectura. ¿Por qué no? ¿No puede pasar eso en un lector? ¿O es que estamos ya en el punto en que el mercado ha aniquilado la emoción que hay tras unas páginas?

Tomás David Rubio dijo...

Franco: creo que lo de González es impostura: no le huye a los medios, le gusta. Que le reste méritos, absolutamente no. No somos tan pendejos. Créame: es mucho marketing. Y por eso la relación ha sido tan perfecta. ¿Ha leído a González? Sin problemas le confieso que no me molesta contradecirme: esta semana no más, un cliente me prestó la primera edición de Primero estaba el mar; estoy dispuesto a leerla.
Apenas lea le cuento.

Martín Franco dijo...

Bien lo dice usted, Tomás: "cree", o intuye que lo de González es impostura, pero eso no significa que así sea. Es su percepción, simplemente. Ahora, con respecto a su pregunta: sí he leído a Tomás y mi opinión es que es un buen escritor; no "el secreto mejor guardado de la literatura" y esas cosas que dicen, pero el hombre logra estremecer con su prosa (tan poética, sí) y eso es un gran mérito. A mí me gusta, sobre todo este último libro. Y claro: me parece bien que lo lea antes de descalificarlo.

Libélula libros dijo...

No creo que le problema acá sea la calidad literaria de Tomás Gonzalez, sobre la que se pueden opinar muchas cosas. Mi juicio, y que formule hace ya varios años cuando se dio el primer embate mediático para resaltar su obra, fue que se trataba de una obra normal, ni excelente ni mala. Ahí, del montón. Tal como son además las obras de casi todo los escritores contemporáneos colombianos. Que tengo prejuicios se me dirá, sin duda me apresuro a confirmarles. Soy lector prejuicioso como todos. Me resisto al rigor y el método de los profesores gringos.
Pero, insisto, creo que aquí el asunto es otro: el odioso despliegue de medios y publicidad - y quien crea que todo lo que hemos presenciado en los últimos días no obedece a una estrategia de marketing muy bien diseñada y desplegada, es obtuso-, que se aplica para que la obra de un escritor se convierta en best seller. Que se trata de algo corriente y legitimo, podrá ser, pero es detestable y hasta perjudicial para el propio escritor. Y que además pretendan resaltar que el escritor es tímido, retraído, casi un monje zen, es más repelente aún.
Ah, y propongo una comparación: ¿Cuándo encontramos un medio, una revista de gran circulación por ejemplo, que de manera evidente resalta las supuestas virtudes de un producto, no reclamamos que se advierta que es un publirreportaje?, pues bien, aquí igual. Que nos digan que el despliegue de Gonzalez es eso. Y todos tan tranquilos.

Libélula libros dijo...

No creo que le problema acá sea la calidad literaria de Tomás Gonzalez, sobre la que se pueden opinar muchas cosas. Mi juicio, y que formule hace ya varios años cuando se dio el primer embate mediático para resaltar su obra, fue que se trataba de una obra normal, ni excelente ni mala. Ahí, del montón. Tal como son además las obras de casi todo los escritores contemporáneos colombianos. Que tengo prejuicios se me dirá, sin duda me apresuro a confirmarles. Soy lector prejuicioso como todos. Me resisto al rigor y el método de los profesores gringos.
Pero, insisto, creo que aquí el asunto es otro: el odioso despliegue de medios y publicidad - y quien crea que todo lo que hemos presenciado en los últimos días no obedece a una estrategia de marketing muy bien diseñada y desplegada, es obtuso-, que se aplica para que la obra de un escritor se convierta en best seller. Que se trata de algo corriente y legitimo, podrá ser, pero es detestable y hasta perjudicial para el propio escritor. Y que además pretendan resaltar que el escritor es tímido, retraído, casi un monje zen, es más repelente aún.
Ah, y propongo una comparación: ¿Cuándo encontramos un medio, una revista de gran circulación por ejemplo, que de manera evidente resalta las supuestas virtudes de un producto, no reclamamos que se advierta que es un publirreportaje?, pues bien, aquí igual. Que nos digan que el despliegue de Gonzalez es eso. Y todos tan tranquilos.

Martín Franco dijo...

Obtuso, pues. Tardo en comprender. Será... supongo que ustedes conocen al dedillo ese mundo; después de todo, están en el negocio. Pero vamos por partes: yo le acepto, quizás, que la editorial tiene una estrategia de marketing bien diseñada, pero de ahí a que todos los medios estén confabulados para endiosar a Tomas... ay, no, tampoco: creo que los críticos tienen un juicio propio, ¿o no? La editorial hace su campaña, el crítico lee y luego opina. Es su trabajo. No en todas partes, por supuesto, pero yo sí le creo a tipos como William Ospina en El Espectador, por ejemplo. Quizás ustedes no (y están en su derecho), porque en realidad es del montón "la obra de casi todos los escritores colombianos contemporáneos" a Tomás. ¡Ay, cómo suena eso! Pero bueno: es un vicio muy arraigado eso de mirar por encima del hombro sin dar siquiera el beneficio de la duda. Yo no sé si es que para que una obra sea (al menos) tenida en cuenta deba ser publicada por Anagrama, para así poder citar extractos de ella en alguna columna. Quizás sea eso. O quizás, sí, es que yo soy muy obtuso.

Libélula libros dijo...

Ni obtuso ni tardo, Martin. Usted es periodista y supongo que aun cree en los medios de comunicación. Yo no. Y en algunas ocasiones no solo no creo sino que me repugnan. Claro que es una posición elitista, de esa de mirada por encima del hombro, pero no me preocupa.
Y no crea que me define tan facilmente endilgandome snobismo anagramero. Que va, es una editorial que lleva algo más de un año sin ofrecer algo que me emocione como lector.
Esperemos a ver que pasa con Tomás Gonzalez. Será suficiente con unos pocos meses porque los lectores tampoco son tontos.
Si yo fuera amigo de Gonzalez le hubiera recomendado seguir allá en su finca, escribiendo, tranquilo, sin dejarse manosear. Pero alla él, tampoco ese retiro lo haría mejor o peor escritor, pero sin duda habría seguido siendo él y no lo que ahora quieren que sea.

Martín Franco dijo...

No crea, Pablo: a mí los medios me repugnan tanto como a usted muchísimas veces. Pero, a pesar de todo, hay algunos en los que aún creo. Está claro. Ahora, con respecto a Tomás, no queda más que esperar. A mí me pareció una buena novela, emotiva, bien escrita, pero, repito, creo que se les va la mano a la hora de alabarla.

Jose F dijo...

Vea usted, Martín Fierro, y uno perdiendo el tiempo con Nabokov, Bernhard y Sebald: tres despreciables autores de Anagrama, cuando ahí está escondido: Super Tomás.

Martín Franco dijo...

¿Usted sí se sale de Anagrama, doctor Calle? Yo que no creo...

Martín Franco dijo...

(Con todo respeto, claro. Digo, es que lo otro como que no, ¿cierto?).

Sergio Daniel Barón M. dijo...

Apreciado Tomás, quisiera decirte algunas cosas, la primera de ellas, lamento escribir tan tarde, casi con tres meses de retraso a tus palabras y a tu experiencia, pero hasta hoy acabando el año me llegó esta botella lanzada al mar. Por otra parte, comparto contigo la horrible manía casi de sello discográfico, que ahora tienen las editoriales y los medios respecto a inventarse nuevas estrellas y venderlas como si fueran astros o quizás inmensas nebulosas titilando en la boveda de la cultura existente. Pero he de decirte que deberías tener cuidado en confundir las estrategias de lo que tú, mejor que yo seguramente sabes, proponen las editoriales y lo que son las propuestas artísticas. Lamento que por ciertos prejuicios -que me recuerdan a una amiga que no lee a Cortazar porque es muy famoso- pierdas la oportunidad de leer a Tomás González. Mejor te cuento mi experiencia: lo leí hace ya algunos años, seis o siete, no estoy muy seguro, y lo leí en la facultad... me "obligaron" a hacerlo, es decir, lo tenía como tarea... era apenas un relato, de cerca de cincuenta páginas... además casi nadie lo conocía, no existían reseñas y Norma apenas empezaba con su intento de rescatarlo... pero esa noche, sentí que algo se había quebrado en la forma en que comprendía no sólo la historia, o la literatura, sino la vida... perdonaras ese extracto místico de mi parte, pero luego no pude dejar de leerlo, devoré uno a uno sus libros y me emocioné con cada uno de ellos, hasta el punto de llevarlo a un estudio un poco más serio...
Para no extenderme tanto, he de decirte que hace poco tuve una especie de certeza... pasé varios años de mi academia combatiendo desde las trincheras más estrechas e inservibles del posmodernismo la lectura de los clásicos... pero Calvino me ayudó, a tiempo creo, a pensar que valía la pena leerlos pues eran libros que habían, a través del tiempo y del espacio -pues esto no es lo crucial- influido en la manera de pensar y de sentir de muchos seres humanos -esto sí!-, sin importar muchas veces su condición, época o perspectiva, pues en el fondo, como sugiere Rulfo y Fielding, esos libros hablaban de lo que significa la humanidad (ponle a esta última palabra la cursiva por mí por favor). Por eso, a pesar de todo lo dicho, Cervantes siempre acalla el ruido de cinco siglos a su alrededor, o Proust se escapa al agudo análisis de Benjamin o Kafka le puede a Max Brod y hasta a la Kristeva, je. Quizá eso nos ha sucedido a muchos con este autor y por eso no nos cansamos de invitar a otros que lo lean, para poder hablar con ellos de nuestra experiencias de lectura o tal vez para que dejen de leer tantos "Mendozas", "Francos" y "Restrepos" e inviertan su tiempo que nosotros consideramos, vale la pena, en un autor como este o como Rosero Diago. A pesar de eso, puede que lo leas y pienses que hacíamos mucha bulla, pues las lecturas son múltiples, variables y sin duda, prejuiciosas, aunque claro, yo seguiré haciendo el mayor ruido posible. Por último y para despedir esta respuesta que ya va siendo tan larga como tu comentario, disculparás, te recomiendo -si al final te decides- que empieces con "Primero estaba el mar" o los cuentos de "El rey del Honka Monka", y dejes "La luz difícil" para después, si es que llegas. Y para discutir los méritos literarios, artísticos o estéticos, si lo lees y lo deseas, podremos hacerlo siempre, aunque claro, antes deberás leer a Flaubert -para empezar- muy bien. Mucha suerte!