jueves, 29 de marzo de 2012

Sobre Carlos Cuartas

Ya que escribí dos notas sobre Fischer y Tal, me digo que debería hacer una sobre Cuartas. Carlos Cuartas. Que se murió el año pasado y apenas ahora me doy cuenta.

Resulta pues que Cuartas era como el Botvinnik colombiano, pero sin las mañas, sin las marrullas. Mejor dicho, Cuartas era el maestro. Qué digo: es el maestro. Una vez me contó el otro grande —es Óscar Castro de quien hablo, ya se habrán imaginado— que la primera vez que él, Castro, ganó el campeonato nacional, cuando enfrentaba a Cuartas éste le hizo una mueca aprobatoria en la partida que estaban disputando; y lo dejó ganar.

Puede sonar a arreglo. Pero Cuartas no arreglaba. Para mí que era una mueca de ironía ante el reconocimiento —sólo él podía ver las variantes invariantes que nadie más veía— de que estaba perdido. Estaba perdido. Como todos, tenía que lidiar con un alma, pero en su caso se trataba de encontrar el patrón oculto en la dispersión de piezas y escaques. A eso le entregó la vida: Carlos es la confirmación de que el ajedrez no es un mero juego, sino un destino. Había que hacer cosas, de todos modos, y en ocasiones bebía. Bebimos. Nunca hubo un silencio tan elocuente. Apostaba. Apostamos. Nunca hubo un tahúr con tal temple: sabía más que nadie que el triunfo o la derrota son apenas incidentes. Lo que importa es jugar, si acaso. La única verdad que han legado siglos de pensamiento es que no hay que quejarse. Carlos la exhibía con el aplomo de los árboles.

En un famoso tango que celebra la vida del polaco Goyeneche se dice: “a vos, que tanto me enseñaste, el día que cantaste, conmigo una canción”; a vos, gran Cuartas, te van estos días de la mente mía ahora que supe —tarde, como siempre— que derivaste en mineral, que es lo que somos. Y como dijo otro grande, Calle, para mí viviste un año más.
Pablo Arango, el malo
Libélula Libros.

1 comentario:

Jose F dijo...

Después de ésto, es decir: de este obituario tan hermoso, uno debería dejar de emborronar.