jueves, 28 de noviembre de 2013

La nostalgie de la Maison de Dieu

La nostalgie de la Maiseon de Dieu. Héctor Bianciotti (existe traducción al español: La nostalgia de la casa de Dios, Tusquets. Trad. Ernesto Schóo).

Qué bueno es siempre comenzar por el final. Llegaba el verano a París y un homenaje tenía lugar. Hacía calor y la sala de eventos de la Maison de l’Amérique Latine estaba llena de personas mayores, no tan bien vestidos como yo esperaba. Escritor argentino y miembro de l’Académie française, Héctor Bianciotti.


El evento fue previsto así. Video de 15 minutos: una especie de portrait intellectuel, para luego dar paso a las intervenciones de sus amigos. María Kodama no pudo ir. Mandó carta. Hablaron –no en este orden– Silvia Baron Supervielle; luego una italiana, cuyo nombre no recuerdo aunque no sin impedirme olvidar que dijo: “Héctor était un homme d’une mauvais fois redoutable”. Risas. No sé si merece las comillas, porque la frase no era ésta, no exactamente. Su sentido sí, y me impresionó; no por su veneno (0%) sino por el tono, muy francés, para referirse a alguien que cultiva el sarcasmo y la ironía sin ningún otro fin que el de extraer verdades a través de comentarios irresponsables. También habló su confesor, un cura belga que nos sacó a todos las lágrimas. Héctor había entrado a la casa del Señor, sin experimentar quizá mucha nostalgia, así como entran muchos. Los allí presentes estaban ebrios de nostalgia.

La mía no fue espontánea. Mi nostalgia, digo. Llegué a este evento pues unos amigos hablaron con aquella que no vino al homenaje. Blondhaussen dijo: “lea a Bianciotti”. No lo leí inmediatamente pero fui a su encuentro. Después del homenaje, quedé con dos antojos: leer uno de sus libros y tomarme un café con Silvia Baron Supervielle. Sólo el primero ha sido posible. Llegué al punto final del texto, pero no llegué al final; algo que podría calificarse de síndrome de Aquiles y la tortuga. Borgiana en ciertos pasajes, esta novela muestra la vida y la música, la búsqueda como enfermedad tal vez, y ésta y la familia. La novela muestra esas pequeñas redes, propiciando que tanto el principio como el final se hagan esquivos, borrosos. Invocar a las musas y sentir que la habitación se llena de otro tipo de seres.


Felipe Calderón Valencia
Libélula Libros



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