martes, 17 de diciembre de 2013

Los libros son todas las cosas

Imagino que es inevitable para todos los que en algún momento somos padres desear, al menos de manera secreta, que nuestros hijos hagan, tengan o prefieran cosas por las que nosotros tenemos especial aprecio.

Digo “lo imagino” y “todos” con alguna fe secreta que se termina notando en esa primera frase. Sin embargo, mi confesión es solamente una experiencia particular que hace parte de mis días y que vivo felizmente desde que Emilia, mi hija, juega con sus libros.

Tenemos, seguramente todos, lugares preferidos en los lugares donde vivimos. Hasta ahora, parece que uno de los lugares preferidos de Emilia es la biblioteca y, específicamente, sus libros. Se sienta enfrente de una pequeña hilera de objetos, de diversos tamaños, con dibujos y sin ellos, suyos y a veces míos que se cuelan en el juego.

Prefiere uno, lo muestra, lo manipula, le dobla las páginas, las rasga. Señala en su interior dibujos particulares, imita los sonidos de los animales que encuentra, me mira diciéndome algo que entiendo a la perfección, en ese juego en el que sus gorjeos se traducen en algo que solo nuestra imaginación juega a comprender.

En ese juego maravilloso la observo con una conmoción que me dura hasta siempre y que parece colarse en este texto. La pienso feliz con sus libros; afirmo para mí, “está leyendo”.

Parece que no es así. Una amiga que conoce del tema me hace caer en la cuenta de que se trata de un ejercicio de interacción con objetos que ella (Emilia) no comprende como vehículos de contenido, sino como cosas llamativas, que se le han ofrecido y en las que no distingue casi nada, más allá de aquellos personajes que parece reconocer en las páginas. Que son para ella juguetes, decoración o divertimento y que equivalen a lo mismo que sus juegos con cajas o sonajeros.

Que sus juegos de ahora no indican en absoluto una inclinación hacia la lectura. Que son procesos distintos los que intervienen en estos primeros momentos y la formación del lenguaje, los hábitos, el placer.

Para ella, en resumen, parece que no son libros. Para mí la experiencia se vuelve aún más maravillosa y ya no veo a Emilia solamente leyendo, sino jugando con caballos y con automóviles, con castillos, con ladrillos, con telas, con sirenas, con princesas, con sombras y dragones. Ahora la veo, en su biblioteca, jugando con todas las cosas.

Misael Peralta
Libélula Libros

La Virgen y el niño leyendo (Madonna de Ince Hall), Jan van Eycke (1433).

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