lunes, 13 de enero de 2014

Utz. Bruce Chatwin, Quinteto. Trad. Eduardo Goligosky.

Desde niño, y sin saber muy bien por qué –su médico dio un diagnóstico muy fácil: “Una perversión”–, Kaspar Joachim Utz sintió una rara fascinación por las porcelanas. Su ascendencia más o menos noble le permitió dedicarse desde muy joven a estudiar esos objetos y a perseguirlos con el afán de hacerlos parte de su colección privada, especialmente la serie Meissen, atesorada durante años por el emperador Rodolfo II. Utz decidió ser el nuevo Rodolfo y alcanzó a guardar en su pequeño apartamento de Praga más de un millar de estas figuras. No fue fácil: en esa ciudad oyó los bombardeos de los nazis y los aliados, y con cada grupo colaboró en su momento; poco después juró lealtad y abstención a las tropas comunistas que se tomaban Checoslovaquia. Su desvergüenza sólo buscaba proteger sus porcelanas, con tal de que lo dejaran tranquilo inclinaba la cabeza ante éste o aquél, su mundo eran esas figuras inanimadas que, “comparado con éste, la Gestapo, la policía secreta y otros gamberros eran criaturas de oropel. Y los acontecimientos de este siglo tenebroso eran, por lo que a él le concernía, otros tantos ‘ruidos de fondo’”. 

Las porcelanas teóricamente no tenían ningún valor: eran loza doméstica, por eso Utz pudo mantener su colección y sacar provecho de ese vacío que los comentaristas marxistas-leninistas no lograban explicar muy bien. ¿Las piezas eran obras de arte? ¿Eran simples bienes del hogar? Lo mejor era no pensar y mirar hacia adelante: dictar que eran tesoros era inventar un trámite más y el Partido no tenía tiempo, el tren del progreso tenía que seguir su camino.

Utz, cómo no, pudo salir de Praga y escapar del régimen: varias veces estuvo en Vichy. Pero en Occidente –ese “abismo pavoroso”– se preocupaba por sus finanzas y “se pasaba las horas despierto”, sin poder dormir. En Checoslovaquia no tenía finanzas dignas de ese nombre y en Praga “dormía profundamente”, tenía su tesoro y de éste se había vuelto un prisionero más... esa colección, “¡por supuesto, me ha arruinado la vida!” Y Praga al fin y al cabo era “una ciudad donde uno oía caer los copos de nieve”. Los funcionarios que le concedían la visa de salida no podían entender cómo regresaba cada vez a ese estado loco y aniquilador, cuando podía escapar a Francia o a Estados Unidos, a Italia o a Inglaterra y gozar de la aparente libertad que esos lugares no menos corruptos ofrecían. Los occidentales lo creían loco a su vez, o peor: estaban seguros de que era un espía.

¿Y Chatwin? Ahí está como el visitante que oye, como el investigador que quiere registrar algo que extraña, como el autor invisible que acepta que la historia y el personaje son lo más importante y que por esto hay que ser discretos. Anoto una última historia a propósito del estado comunista que espía todo el tiempo:

“–¿Escuchan?

–¡Constantemente! –Dejó escapar una risita–. Hay un micrófono en esta pared. Otro en aquella. Otro en el cielo raso, y no sé dónde más. Escuchan, escuchan, escuchan todo. Pero este ‘todo’ es demasiado para ellos. ¡Así que no oyen nada!”.

Tomás David Rubio
Libélula Libros


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