miércoles, 19 de febrero de 2014

Los mejores del 2013 (I)

Agradeciendo siempre su paciencia les presentamos el nuevo boletín de la librería, el número 65, que trae los que para nosotros fueron los mejores libros de 2013. Ya es febrero, sí, pero esperamos que estas recomendaciones no lleguen a mala hora –este boletín tiene una ventaja y es que sale sin afán, se va armando poco a poco y eso no nos parece malo–. Antes de empezar a hacer la lista estábamos prevenidos y se nos pasó por la cabeza que el 2013 no había traído tantas cosas que valieran la pena. Pendejadas: casi no logramos reducir los casi 40 títulos postulados en la lista final, que son dos. Como en 2012, escogimos un libro que se sale de las listas y que bien puede ser el mejor de todos; pero decir eso es muy difícil, así que dejémoslo por fuera y que se distinga del resto. 



Christian Camilo Londoño - Tomás David Rubio



1. “El plantador de Tabaco” de John Barth. Editorial Sexto Piso.

En realidad la novela de Barth es una reedición del libro que ya había publicado Cátedra en 1991, pero esta vez en un formato mucho más apropiado: y esto importa porque antes cargarlo y hasta verlo era una tragedia. El humor, el desorden –todo lo bueno y malo que éste trae–, y cómo éstos se cuelan todo el tiempo en las aventuras de Ebenezer Cooke, hacen que no nos parezcan exageradas las comparaciones de este libro con Dickens y el Club Pickwick, con Sterne, con Diderot. Cooke es un personaje que no es capaz de distinguir entre los países de los cuentos de hadas que leía de niño y una región llamada Francia. En otro momento uno de los personajes lee el Quijote y apenas lo termina decide dejar su empleo y entregarse a la lectura. Una novela para valientes, como podrán ver: tiene 1176 páginas. Una dicha.

1 comentario:

Jose F dijo...

«Leo a menudo y sin sistema, es decir, tengo mi propio sistema, pero no es ortodoxo. No tengo ninguna prisa.»

Esta cláusula, del propio Barth (La ópera flotante, Ediciones del Cotal 1980, página 19: Sexto piso promete volver a publicarla), me sosiega: habrá lugar para dedicarse, con mi propio sistema nada ortodoxo y sin prisa, a este tocho.

«... y al mismo tiempo», mientras tanto, «evita que usted suponga que simplemente estuve ocioso toda la tarde, cuando de hecho llevé a cabo una fructífera contemplación de pared.» (página 221 de la misma ópera).