martes, 1 de abril de 2014

Lo que nunca se sabrá. María Cristina Restrepo. Seix-Barral

Hacía tiempo que quería escribir sobre María Cristina Restrepo, rendir público homenaje a quien me parece una de las más interesantes escritoras colombianas actuales. Me brindan ahora esta oportunidad los amigos de la librería Libélula Libros, a raíz de mi lectura de su muy singular novela Lo que nunca se sabrá

Es una novela orientada por dos personajes femeninos, que vienen a ser como las dos máscaras de la tragedia griega: una mujer madura y adinerada (Jimena Rojas), que acaba de experimentar libertades sensoriales y espirituales en salones esotéricos; y una joven (Amanda Arboleda), hermosa y provinciana, circunstancialmente pobre, pero ambiciosa. La primera melancólica, la segunda vitalista, pero ambas rebeldes para la moral de la época gris que les toca vivir. Sus vidas se cruzan en Medellín en el momento en que estalla la primera guerra mundial, y enseguida se gesta entre ellas una amistad que, sin remedio, levantará recelos entre los vecinos, allegados, amigos y familias en el seno de una sociedad provinciana que se fagocita a sí misma, presa de sus prejuicios y estrechez de miras vitales. Será el testamento por el que la primera cede sus bienes a la segunda lo que acabará echando a rodar una intriga de evidentes tintes melodramáticos que enfrentará a las familias de ambas mujeres, dando como resultado un exhaustivo retrato de la sociedad de su tiempo, pero también una tragedia en que se pondrán a examen la nobleza y la ruindad humanas, la inestabilidad de sus sentimientos y el interés de sus relaciones, el bien y el mal, que pende sobre sus actos y conciencias cuando intermedia el dinero.

Puede que este aspecto sea el mayor guía de la novela: nuestra autora nos deja a solas con su ficción, donde parece no querer inmiscuirse demasiado para no entrar a juzgar a las partes, para que seamos nosotros, los lectores, quienes juzguemos a sus personajes a partir de sus conductas e intervenciones en la piel de la realidad. Durante el tiempo que dura el proceso judicial en torno a la herencia impugnada por la familia Rojas, nos toca elucubrar a nosotros quién finge, si es que finge, y quién se muestra con sinceridad, qué mueve a cada cual a comportarse como se comporta. Y todos los personajes, al menos los principales, dan suficientes pruebas de lo uno y de lo otro, confunden porque son lo bastante complejos como para oscilar de un extremo al otro, sus actos y dichos jamás se avienen a categorías absolutas. En este sentido, supera, sin proponérselo, los valores de la tragedia griega, las máscaras maniqueas a que hacía referencia al inicio.

Habría de añadir también muy a favor de esta entretenidísima e inteligente novela el habilidoso trenzado de la trama —donde lo riguroso nada resta a lo sorprendente—, así como la recreación de los usos y las costumbres de una sociedad extinta quizá en las maneras, pero no en los contenidos (sexista, racista, de doble moral, etcétera). Tanto el estilo como la calidad de los personajes de Lo que nunca se sabrá quedan muy por encima de su anecdotario, que vendría a ser, según lo entiendo, la excusa para un proyecto de mucha más envergadura y enjundia: un ensayo inevitablemente contextualizado sobre la naturaleza humana, sobre la convivencia de sus miserias y grandezas. Proyecto que, sin duda, se cumple, y con creces.

Recomiendo encarecidamente la lectura de esta novela a todos aquellos que siguen creyendo, como yo, que la novela no ha muerto.

Libélula Libros

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