lunes, 7 de abril de 2014

Temporal. Tomás González. Alfaguara

Es innegable la vena novelística de Tomás González. Tiene la facultad de hacernos sentir en nuestro medio, de acercarnos a sus personajes. Se podría decir que es el novelista de lo cotidiano. Su prosa, sobria y poética, utiliza una ironía tan discreta que, como en esta novela, es difícil saber quién es el protagonista. El padre parece serlo, pero a medida que se lee se descubre que es un “ídolo con pies de barro”. Es tan anticuado en su machismo que hace ver la novela, por ratos, como si fuera de otra época. Es la antítesis de su mujer Nora, llena de sensibilidad, de imaginación, de poesía y hasta de profecía. Tal vez el protagonismo resida en la lucha entre estos dos extremos.

Nora fue una mujer muy bella, rubia y espigada, con una educación humanística que supo hacer con brillo. La madre de Nora, rectora de un liceo femenino en Cali, solía decirle que no entendía cómo una mujer como ella, “a semejante hippie, se le había ocurrido casarse con semejante bestia”. Agrega el narrador: “Nadie en el mundo había odiado y despreciado tanto al padre como ella” (Pág. 96). Nora había comenzado a perder la razón cuando los hijos aún eran niños. Cuando crecieron la llamaban “la loca ventiada” una expresión paisa para desdramatizar una situación, en este caso la locura de Nora. Sin darse cuenta era una influencia del padre, desinteresado completamente por su mujer; sin embargo, esa expresión encerraba una punzada, en especial en Mario. El más afectado. “La aflicción del mellizo por la enfermedad de la madre y la enfermedad de ella serían igual de infinitas, estarían llenas las dos de ruido y de furia, para él serían tan mudas e inexpresables como la magia del manglar” (Pág. 40: en esta frase faulkneriana y shakesperiana está encerrado el sentido de la novela). Al padre, nunca llamado en la novela por su nombre (tal vez porque un súpermacho tiene carácter pero no individualidad, es un producto genérico, al fin y al cabo son iguales en todas partes; en todo caso no es por respeto), venido de las montañas de Antioquia, sólo le importaban los negocios. Se casó con Nora, sin quererla, para no dejarla sola con un hijo (Javier); dos horas después llegó el otro, Mario. Este evolucionó mal. Perdió todo gusto por la naturaleza, perdió alegría y cuando tuvo un pequeño romance con una joven de las vecindades, terminó a los golpes (¿será que un sentimiento de afecto, tal vez de amor, ponía en peligro su odio por el padre, que se había convertido casi en su identidad?).

Javier, que le había sacado la figura al padre, ojos negros, penetrantes, estatura mediana, resultó ser el más sensato de esta jaula de locos. Le gustaba el mar, los atardeceres, las estrellas y, como si fuera parte de la naturaleza, la marihuana. Creo que esta desnaturalizada yerba le ayudaba a Javier a mantener el equilibrio. En todo caso no se dejó llevar a esa especie de “muerte en vida” de Mario. Mantuvo el control de sus sentimientos y fue el que evitó que las cosas entre el padre y Mario pasaran a mayores. La novela empieza a las 4 a.m. con los preparativos para una pesca en grande. El horizonte, cuando los rayos lo iluminan, amenaza con temporal. A los barcos de pesca industrial se les prohíbe al salir del puerto. Los pescadores artesanales no necesitan advertencias: conocen bien el mar. Pero el padre siempre va en contravía. Quiere mostrar que no le tiene miedo al mar. Es la primera fanfarronada del viejo.

Nora, que habita una de las cabañas, no se queda sola. En su casa hay un “gentío” de voces que la halan en distintas direcciones. A ratos parece una sabia profetiza: “La ola llega siempre al lugar al que va y parte siempre del lugar en que se ha incubado. Lo mismo pasa con el viento. Ola y viento. Corazón humano” (Pág. 68). A ratos es la reina de Persia Sajamarakanjanda V. A veces es muy lúcida y no muy cortés: “Si no fuera por el odio y el resentimiento que se te salen por los ojos y delatan tu condición de esclavo, me engañarías” (Pág. 70) le grita al marido de la cocinera que está encargado de vigilarla e inyectarle y se desmadra. A veces es visionaria: “Frágiles aquellos que nunca amaron” (Pág. 123). En fin, las voces de Nora son un tesoro de sorpresas. Es, por supuesto, el personaje más interesante de la novela.

El final del libro es revelador sobre el padre. Un mes después de que terminó la pesca, éste se ha repuesto del tobillo. Toma a Manny, el hijo suyo y de Iris para bautizarlo en el mar. “Por favor, Dios, que este no me salga débil como los otros dos, ¿sí?” Grandioso, aquí se pinta de cuerpo entero. Fracasó con Nora y su único interés con ésta es que no moleste (egoísmo a la n potencia). Fracasó con los hijos que le sacaron sus mejores rasgos, pero para él son unos cobardes. Y ahora con su amante Iris y a los 71 años, piensa que este niño sí puede llenar sus expectativas. Tiene tan poco conocimiento de sí que además de fanfarrón es un personaje grotesco. Su horizonte no se vislumbra con un Manny hecho un hombre, sino con un sujeto acumulando fracasos. Nora y los hijos le quedaron grandes. Sólo admite a alguien inferior a él y es difícil que encuentre quién lo haga. Ni las costeñas empleadas de él en el hotel se le miden; lo respetan pero viven bien con sus gentes, sus culturas, al menos en este caso, son incompatibles. 

Javier Vélez Acosta
Libélula Libros

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