lunes, 26 de mayo de 2014

El hombre que amaba los perros. Leonardo Padura, Tusquets.

En la cubierta del voluminoso libro (¿valdrá la pena detenerse en la desaliñada cubierta, además de decir que peca de simplona?) vemos en un plano general al inconfundible judío de pelo desordenado, barba blanca y rostro avejentado observado con interés profesional por un par de perros en su refugio francés de 1933. Lev Davidovich Trotsky es el primer personaje de esta novela de 2009 de Leonardo Padura (La Habana 1.955), aunque comparte roles con otros dos personajes quienes tienen en común, entre otros hechos, que aman a los perros, que han crecido y vivido a la sombra de las ideas comunistas, no digamos marxistas, bien por militancia o por destino y que los tres, de un modo u otro, resultan siendo víctimas y victimarios de la dictadura del proletariado. León Trotsky, Ramón Mercader, conocido también como Jacques Mornard, e Iván Cárdenas Maturell representan los caracteres sobre los que se construye esta historia trágica. Un escritor desencantado, Iván, conoce por azar, en Marzo de 1977, a un viejo, un extranjero que pasea por la playa con dos galgos rusos y entabla con él una charla que trata de perros borzois y luego va hacia otras cosas, el clima, el dolor, la mujer, en fin, y lentamente y sin quererlo va llevando a Iván a conocer los secretos de aquel viejo que está a las orillas de la muerte. En los capítulos se van intercalando las biografías de estos tres personajes del siglo XX, el uno gestor de la revolución de octubre y luego expatriado por la enfermiza ambición y paranoia de Stalin; el otro, Mercader, un militante comunista sin hígados metido hasta el cogote en la guerra civil española junto a su madre, Caridad del Río; y, finalmente, el mentado Iván Cárdenas, un escritor de militancia tibia al borde del alcohol y el desencanto en la Cuba de los años 70s, los años del fracaso de la Gran Zafra y la guerra de Angola. 

La novela histórica tiene un carácter particular: algunos lectores esperan encontrar en ella lo que los libros de historia eluden o rechazan: las menudencias de la vida cotidiana, ciertas miserias y escatologías en las que el novelista deambula a su placer. Otros le reclaman fidelidad, verosimilitud y apego a los hechos olvidando que se trata de una interpretación, de una versión (sub-versión) de los hechos asumida para satisfacer apenas la necesidad del escritor de ver su obra publicada. Sin embargo, vale la pena recordar en este punto a Juan Gabriel Vásquez, quien en un texto esclarecedor sobre la novela histórica cita a Antonia Byatt cuando dice: ”La idea de que toda historia es ficción condujo a un nuevo interés en la ficción como historia”. A lo cual agrega J. G. V.: “Yo voy incluso más allá: la idea de que toda historia es ficción ha permitido a la ficción ganar una libertad inédita: la libertad de distorsionar la historia”. Lo que hace virtuosa esta novela no es, a mi modo de ver, la fidelidad histórica según se discutió supra, sino que es capaz de contar muy bien contadas tres historias que van y vienen en el espacio-tiempo y que terminan en una gran desazón, la sensación del desencanto total, la gran marea que circunda la isla: por ejemplo, cuando en 1994 salen los balseros, Iván recuerda: “Nunca se me va a olvidar el negro grandote y voluminoso, con voz de barítono, que desde su balsa ya navegante gritó hacia la costa: “caballeros, el último que salga que apague la luz del Morro”, y de inmediato empezó a cantar, con voz de Paul Robeson: siento un bombo, mamita m´están llamando”. Esta anécdota desencantada que sucede en la página 541 se va haciendo más densa conforme pasan las hojas y el tiempo, y en la pág. 650 alcanza el clímax: “éramos la generación de los crédulos, la de los que románticamente aceptamos y justificamos todo con la vista puesta en el futuro (…) la generación que sufrió y resistió los embates de la intransigencia sexual, religiosa, ideológica, cultural y hasta alcohólica con apenas un gesto de cabeza y muchas veces sin llenarnos de resentimiento o de la desesperación que lleva a la huida antes incluso de que les dieran la primera patada en el culo”.

Gustavo López Ramírez
Libélula Libros

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