lunes, 9 de junio de 2014

Sobre mi almohada una cabeza de Micaela Chirif, es un libro sin duda intenso, de esos que mantienen a raya la amargura de una desolación hábilmente comunicada con franqueza e ironía en sus mejores momentos, sin muchos artificios en apariencia.

El libro gira en torno a la muerte. La muerte concebida sobre todo como el encuentro de un lugar físico: un cuerpo, un espacio, un alrededor, unos detalles; y el instante, la entrada en el puro tiempo, del tránsito. Una obra, pues, que habla desde un lugar extremadamente difícil de describir, de verbalizar, desde un presupuesto que, por lo general, impide que broten las palabras.

La muerte, la gran protagonista de estas páginas, es también el enfrentamiento del poeta con la posibilidad de la desaparición del amor, ya que la percepción de la vida es física, es corporal, es carne; y el sentimiento amoroso, que es, por naturaleza, trascendente, se enfrenta con dureza a la posibilidad de carecer de sentido. Micaela Chirif escribe esto de un modo sutil, inteligentísimo, ya que articula su libro como un hondo homenaje, como una profunda declaración de amor, en que la amante (ella) se funde por completo con su objeto, el poeta José Watanabe, y se apropia por derecho —el derecho que impone el amor— de su discurso poético, un discurso que negaría justamente la trascendencia del sentimiento, que afirmaría la inmanencia y buscaría la ataraxia, la serenidad, el desapego.

Pero el hecho de apropiarse amorosamente del discurso no es lo llamativo, sino la manera que tiene nuestra poeta de apropiarse de la forma. Véase, por ejemplo, el poema “a veces me llama un amigo muerto…”; ésa es justamente la declaración de amor, el modo que encuentra la autora para establecer una dialéctica que, sin negar la inmanencia, ni renunciar a la búsqueda de la serenidad en el dolor, expresa con precisión la pérdida, su anhelo casi desesperado —aunque quizá sea esta última una palabra altisonante y en este caso no muy apropiada.

La forma es cuerpo, el cuerpo amado, y la autora es muy consciente de ello; por eso evita cualquier caída en abstracciones, en heroísmos; por eso los elementos, digamos, watanabianos, los animales-víscera —léase el fragmento sobre el corazón en la calle—, las anatomías escotomizadas, esas cabezas independientes que vagan por ahí, sin rumbo, los animales, plantas y detalles domésticos, que en este caso son los alrededores y el interior de un hospital; por eso los elementos watanabianos, decía, son reformulados porque el discurso de los poemas no se dirige sólo al lector, sino, por encima de todo, al amado desaparecido, dialoga antes que nada con el hombre amado y su obra. Y ésa es una característica que revela grandeza, que nos recuerda, al menos a mí, al mejor Montale, por poner un ejemplo.

Abraham Gragera
Libélula Libros

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