viernes, 26 de septiembre de 2014

La prueba

Alguna vez en una edición previa de este Boletín que no encuentro pero que creo que no me estoy inventando, Pablo Felipe contó que soñó que Libélula era atravesada por un río. Luego, meses o años más tarde, Pablo Rolando soñó que un barco encallaba justo afuera y que éste venía repleto de cajas con libros. Dos sueños que imaginan el horror del agua con el papel y su constante amenaza. Sin embargo ninguno es una pesadilla, todo lo contrario, los dos lo cuentan como algo perfectamente posible, los dos soñadores sienten que falta algo.

Una librería en el malecón de Riohacha
Algo parecido vi en Riohacha hace dos semanas en la Feria Itinerante organizada por la ACLI, la Asociación colombiana de libreros independientes: una librería al lado del mar. Un proyecto que busca llevar las librerías a lugares donde no son comunes o ni siquiera son conocidas, a Florencia y a Ibagué, a Villavicencio y a Barranquilla, a Popayán. Un trabajo que demuestra que lectores hay en todas partes y que lo importante es saber llegar. No es fácil y por eso el trabajo de la ACLI tiene que celebrarse, Colombia es muy grande y muy descuidada, que los libreros intenten hacer algo no deja de llamarme la atención, este oficio puede tener responsabilidades que van más allá de los inventarios y los cortes. 

En Riohacha veía que la gente preguntaba y miraba, con desagrado o sorpresa entraba o seguía de largo, preguntaba por García Márquez y por la Biblia y por el Quijote, “uno no necesita más”, me decía un señor que quería el último libro de... sí, lo juro, de Coelho. Y se reía porque lo teníamos, el Quijote, pues. De todo esto se trata, de conocer a otros lectores, otras influencias –una de las actividades de la Feria era una conferencia sobre la influencia de la Guajira y los wayuu en la obra de García Márquez: duró casi tres horas, todas deliciosas e inimaginables– y otros caprichos. 

“Manizales, eso sí que está lejos”, me decía uno de las visitantes mientras hojeaba la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y su señora. “No creo”, le dije, “ese libro y usted son la prueba”.


Tomás David Rubio
Libélula Libros

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