viernes, 17 de octubre de 2014

El capitán de altura

Roberto Bazlen, Trama editorial. Trad. Cristina García Ohlrich.


Sólo hasta que el Capitán se descubrió en el ancho y oscuro mar, y vio que estaba solo, comprendió que naufragar disuelve los amores fallidos, el olvido, el ruido, todos los libros. 

En Así que Usted comprenderá Claudio Magris recrea el mito de Eurídice y Orfeo. Sabíamos que Eurídice había muerto y estaba en el Tártaro cuando Orfeo, de tanto amor y soledad, bajó por ella, encantó con su música al can Cerbero y a Caronte y al mismo Hades, y pretendía regresar con su mujer a la vida de todos los días cuando, por lo que la historia dice que fue un acto estúpido de egoísmo, dio una vuelta prematura para verla caminar tras él e incumplió así el pacto. Pasó lo que se había advertido y Eurídice volvió al lugar en que juzgan las almas, y él la vio alejarse y morir de nuevo. Lo que la historia no dice pero Magris sí, es que no fue el egoísmo de Orfeo sino todo el amor que tenía para darle a ella lo que hizo que Eurídice prefiriera el Tártaro. Algo similar pasa en El capitán de altura, esa novela plural de Roberto Bazlen. 

El Capitán y su esposa han discutido por una pequeñez: de tanto quererlo le bordó un pantalón rojo y de tanto quererlo olvidó que el Capitán sólo vestía de blanco y azul. Lo recibió con cortesía, lo dejó a un lado y zarpó de nuevo. “No me entiende”, pensaron ambos, y fue el inicio de la distancia. Bastó poco para que murieran las flores, el canario y el amor. Ya no había comida para el perro y cuando llegaba de dar vuelta al mundo no había para el Capitán un abrazo cálido y no había para la mujer cariño ya. La mujer se va a la taberna, se entrega al tabaco, al licor, a un cojo, un tuerto y un picado de viruela. El hombre al mar. Tomó decisiones: 1) sacar el retrato del marco, 2) estudiar, ahora sí, la física moderna, 3) casarse con una sirena, ¡pero claro! –pensó– era un capitán de altura, ¿cómo había sido tan estúpido para pensar en conformarse con una mujer que vive en tierra? El Capitán naufraga. Lo que pasa después no es preciso. Los amigos de Bobi Bazlen dicen que la novela quedó inconclusa y que a eso se debe que sí encuentre a la sirena y que luego hable de haber estado dentro de una ballena y haber salido ileso. Quizá crean que a eso se deban los desórdenes sintácticos y esos capítulos que uno no entiende y que son como naufragios en la mente del Capitán. Mientras uno intenta encontrar el hilo de Ariadna el Capitán está perdido en puertos, gitanas, tabacos y se vuelve un mendigo, está borracho siempre, o casi siempre, y no puede más que pensar que quizá habría sido correcto sonreír y ponerse el pantalón rojo que, en últimas, quizá no le hubiera quedado tan mal.

Después del naufragio Ulises regresa a casa. Su mujer, que lo creía muerto, le esperaba con el pantalón rojo rehecho y una chaqueta recién bordada. Las flores y el canario y el perro y el amor están en su lugar. Hablan de la taberna, de la muchacha del bosque que enamoró al Capitán, de un pueblo de pescadores homéricos que vivían sin afanes, como sin medida del tiempo y de las cosas, algo “demasiado tosco quizá para nosotros, (…) para la miseria de nuestro refinamiento (…) para nuestro intelectualismo degenerado”. Hablan del amor: “nos queremos demasiado –le dice el Capitán–, y eso es un signo de inmadurez”. Y sólo en ese punto uno va entendiendo que pasa algo de lo que no se tenía consciencia: se está terminado de tejer la telaraña. Algo así decía Bobi en sus Informes de lectura sobre El hombre sin atributos, que a pesar de fragmentaria e inacabada hay un punto en el que el lector advierte que ha ido formando lentamente parte “de un mundo vividísimo, (…) que la acción de la cual no te habías percatado, fluye que es un placer”. Hablan de la novela que el lector no sabe que el Capitán escribe, y mientras ellos hablan verá el lector que no fue el amor lo que hizo volver al Capitán, así como no fue el amor lo que llevó a Orfeo hasta las profundidades del Tártaro.

Jhon Isaza
Libélula Libros

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