miércoles, 29 de octubre de 2014

Victoria

Knut Hamsun, Nórdica. Trad. Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.


En 1891, siete años antes de la publicación de esta novela, Knut Hamsun viajó por Noruega dando conferencias, hablando de libros, autores y sobre la vida, que era lo que más le importaba. Las conferencias no sobreviven, pero sí quedaron rastros en los periódicos que reportaron su ataque frontal a los patriarcas de la literatura nacional (Ibsen, entre ellos, que fue a oír la conferencia personalmente). 

De soñar despierto, de los sentimientos misteriosos que emergen de la vida inconsciente de la mente, no saben nada”, dijo sobre ellos. La literatura que él trataba de hacer, que ya había comenzado a hacer, buscaba conectarse con la savia de la vida, con el misterio de la existencia, con la pasión desbordada que puede llenarnos de una angustia paralizante o de una alegría enceguecedora. 

Esta, su cuarta novela, hermosamente editada por Nórdica, sigue exactamente ese programa. Es un libro breve aunque cargado de pasiones que se dejan adivinar pero que, en su mayoría, permanecen inexpresadas, creando turbulencias interiores, desvaríos emocionales, hematomas del alma. De la novela puede decirse lo mismo que el narrador dice del agua, mientras desvaría en un trance, poseído por la escritura: es “tranquila y profunda, como un lago de plomo”.

La trama cuenta la relación entre Johannes, el hijo del molinero, y la muchacha del título, Victoria, hija de un rico terrateniente vecino. Johannes, enamorado de la muchacha desde la infancia, deja su tierra y vuelve convertido en un escritor prestigioso, pero Victoria está comprometida con otro hombre, menos prestigioso y sensible, pero con dinero en la familia. 

El amor de él hacia ella es indudable, pero los sentimientos de ella no resultan tan claros para él. Es cierto que alguna vez lo besó y le dijo que lo amaba, pero luego se comportó distante e irónica. ¿Cómo entenderlo? 

Acá, como en cualquier obra de los escritores vitalistas, de Nietzsche o Fernando González, de D.H. Lawrence o Henry Miller, lo que hay no es entendimiento en el sentido intelectual, sino una celebración de los torrentes del alma y de la mente que se esconden, todopoderosos y pesados, debajo de una superficie aparentemente tranquila. Exactamente como un lago de plomo. 

Manuel Kalmanovitz G.
Libélula Libros

1 comentario:

Paco dijo...

Excelente aporte y el diario de un dedicado al mundo de las letras, en verdad te felicito por tu oficio; además, que tienes grandes anécdotas para compartir con nosotros, incluso me inspiraría a compartir las vivencias que tengo en mi local llamado las puertas de piedra. Un saludo amigo y toda la suerte del mundo!
PD.- Excelente elección el fragmento que publicaste en está ocasión!