martes, 25 de noviembre de 2014

Noches insomnes

Elizabeth Hardwick, Duomo. Trad. Marta Alcaraz Burgueño. 


Por qué no hay más traducciones de Elizabeth Hardwick al español, es la primera pregunta que creo que se han hecho muchos lectores de Noches insomnes. Un estilo que con una rara fidelidad han elogiado personajes como Susan Sontag y Joan Didion, como Philip Roth y Derek Walcott. Un prodigio, no se equivocan. ¿Qué otra cosa podemos leer de ella? ¿Cuándo? A pesar de que después de leer esta novela uno quede confundido (sobre todo por la pareja despareja del último capítulo), o con una sensación de debilidad y torpeza por lo que acaba de pasar, es justamente eso lo que nos obliga a pedir más: nos queda faltando algo del tesoro.

No conozco las circunstancias en las que Elizabeth Hardwick publicó este libro y no quiero averiguarlas, pero me parece que fueron producto de esto que estoy intentando explicar: simplemente la gente, sus amigos, querían seguirla leyendo, saber más de esa vida que la novela describe con tanto recelo y belleza. Porque sí, Noches insomnes es un libro autobiográfico, o eso supone, la idea es contar una vida, la de una escritora nacida en el Sur pero que rechaza esta “mancha del lugar”, que la entiende, cómo no, ser del Sur, como un destino, ese del aburrimiento y la tragedia. Se va entonces para Nueva York: “la autopista, los senderos de asfalto, los ladrones, los cielos contaminados como un sofocante abrigo de piel raída y los millones de almas en sus barrios: ése es mi verdadero hogar”.

Luego pasa la vida de la que uno ya no se acuerda y al querer contarla ¿qué debemos recordar, qué hay que inventarse o fingir? Tantas cosas perdimos que nos angustia no saber lo que nos pasó, y la memoria más que esclarecer inventa y consuela la inquietud de esas noches, ese momento vago.

Noches insomnes juega con todo esto y por eso es un libro lento, que obliga a empezar de nuevo cada tanto. Al comienzo hablé de debilidad y torpeza: de uno pero también de Hardwick, porque en el fondo no nos cuenta mucho de su historia; la torpeza viene dada por la vergüenza y el recato que siente al pensar que no hubo mucho dramatismo en su vida, que simplemente leyó muchos libros. Pero claro, se equivoca y ella mismo lo anota: “la vergüenza es ingeniosa” y ese pasado que consideraba un cementerio se apodera y vuelve, a diferencia de Simone, uno de los personajes, el presente no le basta a la autora y por eso, desorganizadamente, sin ninguna esperanza de método o de fechas o de números, escribe su vida, lo que mal recuerda de ella, con una energía que se apodera de la memoria y la llena de un pudor y una elegancia parecidos a cuando le damos la mano a un desconocido. Uno que prefiere hablar solo pero que estará listo a responder el teléfono.

Tomás David Rubio
Libélula Libros

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