miércoles, 5 de noviembre de 2014

Ulises

De pronto alguien mencionó el Ulises de Joyce y debí apurar una o dos disculpas para evadir el tema. ¿Quién no ha leído el Ulises? Pues Joyce. Entonces me dio tontamente por indagar cuál de las traducciones sería la mejor. No conviene a un lector pretencioso ir a una librería y hacer semejante pregunta que desnudaría del todo su ignorancia crasa y sí, mejor, corresponde hacer una indagación en el señor que todo lo sabe por nosotros, léase el Google, y la respuesta primera me llevó a una página en la que Juan José Saer ensaya una respuesta al tema, que dice: El destino en español de Ulises. Refiere que existen al menos tres versiones digeribles: la última de Francisco García Vanegas y María Luisa Tortosa, la segunda de José María Valverde y la prima de 1945 de la editorial Santiago Rueda en traducción de J. Salas Subirat. Si bien no toma partido de inmediato por una de las tres, Saer se detiene, con innegable simpatía, en la traducción de Salas Subirat: “el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor —aparte quizá de Roberto Arlt— había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad. La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas”. Lo que hay de extraño y sorprendente en esta historia es que el primer traductor de Ulises, además de ser porteño, carecía de ese bagaje académico que lo hiciera merecedor del reconocimiento del mundillo literario. Lo que sigue es la más completa biografía de J. Salas Subirat que se pueda conocer escrita por Saer: José Salas Subirat no era ni catalán ni chileno como la vaguedad usual de cierto periodismo literario pretendió revelar más de una vez; nació en Buenos Aires el 23 de noviembre de 1900 y murió en Florida, una localidad bonaerense, el 29 de mayo de 1975. Está enterrado en el cementerio de Olivos. Fue autodidacta y trabajó, entre otras cosas, como agente de seguros, oficio sobre el que escribió un manual: El seguro de vida, teoría y práctica. Análisis de la venta, que publicó en 1944, es decir, un año antes de que saliera la traducción de Ulises. En los años cincuenta publicó libros de autoayuda, como La lucha por el éxito, El secreto de la concentración, y una Carta abierta sobre el existencialismo, que Santiago Rueda incluyó en su catálogo. Pero había escrito novelas sociales y artículos en la prensa anarquista y socialista de los años treinta, y un libro de poemas, Señalero.

Voy a la librería a buscar la improbable edición de Santiago Rueda. Doy dos o tres vueltas, me detengo en la vitrina y después de pensarlo entro. Uno de los dependientes, no sé cuál, viene hacia mí y, antes de que me haga sentir avergonzado tomo un libro cualquiera de la mesa de la entrada y lo llevo a casa sin mirarlo. Cuando lo abro no puedo dejar de asombrarme: la carátula dice Enrique Vila-Matas y el libro Dublinesca.

Gustavo López Ramírez
Libélula Libros

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