lunes, 19 de enero de 2015

Antigua luz

John Banville, Alfaguara. Trad. Damià Alou.

En 1995 Javier Marías ganó el premio Rómulo Gallegos con Mañana en la batalla piensa en mí. Ese dos de agosto leyó el discurso Lo que no sucede y sucede, y recordó que alguna vez Emil Cioran dijo que era una pérdida de tiempo leer ficción, que la vida tenía suficientes tribulaciones como para dedicarnos a lo falso, a lo que no fue ni va a ser. Marías acepta que las biografías, las crónicas y la historia hablan de lo que somos, que en alguna medida a ellas deberíamos dedicarnos, pero advierte que no son lo único de lo que estamos compuestos: en nosotros también existe lo que no sucede, llevamos en la cabeza los proyectos truncados, imágenes de amores que nunca fueron nuestros, de besos que nunca recibimos, de gestos que se quedarán esperando la ocasión. Poco sabemos de esa zona sombría que son los recuerdos, armamos y desarmamos el pasado que creíamos estable hasta que se hace movedizo el piso que nos sostiene. Deberíamos leer ficción, dice, porque estamos compuestos de ella, es otra forma de conocernos.

Al principio de Antigua luz uno cree que John Banville hizo algo parecido al libro con el que premiaron a Marías y que ese discurso bien podría haber sido el suyo. Uno podría creerlo cuando Alex Clave, el viejo, dice que a cierta distancia de los hechos uno ya es incapaz de distinguir si son recuerdos o invenciones, y que “Hay quien afirma que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madame Memoria es una gran y sutil fingidora”, uno podría creerlo, pero erraría. 

Alex se enamoró de la madre de su mejor amigo cuando él tenía quince y ella le llevaba veinte de ventaja. Dice que la primera vez que la vio como mujer y no como madre fue casual, caminaba por un pasillo de la casa en la que estaba como invitado y vio en un espejo grande, que estaba ubicado en diagonal dentro de una habitación, el reflejo del espejo del tocador que estaba en el extremo opuesto (era uno de esos espejos viejos con marco de madera torneada y divididos en tres partes cuyos dos extremos se abrían y cerraban según lo que se quisiera que mostraran), en el espejo reflejado estaba ella, desnuda, y afuera él, inmóvil, deseando el reflejo de un reflejo. No se enamoró de ella, sino de un tríptico de su copia. Recuerda que en el panel central del espejo torneado la descubrió, los ojos de ella a la altura de los suyos, mirándolo como si le dijera “Sí, aquí estoy, ¿qué piensas hacer conmigo?” Ese instante cambió su vida y la de Lydia, su esposa, y la de todas las mujeres que lo amaron y que terminaron convirtiéndose en dibujos hechos y deshechos sobre otro dibujo más fuerte, más intenso. 

Aunque no hubiera existido, ese instante cambió su vida. Luego del recuerdo Alex piensa que no era posible que fuera abril y él estuviera en vacaciones, hacía demasiado calor para ser abril, además no tiene sentido que ella estuviera a su altura, ella era, no por poco, más alta que él, tendría que estar agachada cuando lo miró, ¿cómo era posible que el reflejo de un reflejo se viera tan grande, tan natural?, y aun así no entiende cómo podría ella mirarlo si estuvo siempre de espaldas. Posteriormente dice: “(…) cuando le pregunté a la señora Gray negó que tal cosa hubiera ocurrido, y dijo que debía tomarla por una auténtica fresca –fue la palabra que utilizó– si imaginaba que se exhibiría de esa manera ante un desconocido en su casa, y encima un muchacho, y además el mejor amigo de su hijo. Pero mentía, estoy convencido de ello”. Y así es todo en esa novela: uno va convencido, como en muchas otras, de que va conociendo al personaje, de que va sabiendo qué es lo que pasa y va atando hilos, pero no alcanza uno a estar seguro de algo cuando ya una duda de Alex o un recuerdo que no cuadra con los otros hacen que aparezca la angustia, la incertidumbre.

Marías dijo que debíamos leer ficción porque la ficción hace que suceda lo que no ha sucedido, pero lo de Banville es distinto. Hasta en la ficción hay algún grado de certeza, uno se va por una de las bifurcaciones y los eslabones juntos lo llevan a otro lado, y uno acepta esa otra posible unión, aunque imaginaria. Pero lo que Banville insinúa es que ni siquiera somos ficción, o que lo somos sólo en el mejor de los casos. Con Marías entramos en aguas calmas, con Banville uno se pierde en la turbulencia de un laberinto de cristal poblado de eslabones sueltos. Quizá el desespero que le causa a uno ese piso gelatinoso sobre el que está parado Alex Clave lo haya entendido mejor Szymborska cuando dijo, en el poema A todos alguna vez: “Nos cuesta reconocer que es un acto banal / unido al transcurso de los hechos”.

Jhon Isaza
Libélula Libros

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