lunes, 19 de enero de 2015

Diario de 1926

Robert Walser, La Uña Rota. Trad. Juan de Sola.

A Robert Walser, cuando decidió enloquecerse, primero en Waldau y luego en Herisau, le gustaba quedarse horas separando habas y lentejas. Dicen que lo que sufría, más que algún tipo de demencia, era uno de autismo de esos que le da a los genios: Asperger. Sebald lo dirá mejor: “esa silenciosa catástrofe”. Quedarse sentado escribiendo o separando semillas.


Amaba la escritura, o incluso más que esto, amaba la sensación de estar trabajando en un escritorio, alejado de todos: “la irrealidad aparente tiene para mí más importancia, es decir, es mucho más real que eso que tanto se elogia y glorifica y que de hecho existe y llamamos realidad” (pág. 64). Este libro es una especie de nota al pie a El paseo, la obra que mejor muestra lo que es el estilo de Walser: el de escribir como quien parpadea, exaltando lo pequeño que se esfuma, “hablar de esto y de lo otro”. No es un libro para empezar a leer a Robert Walser, el “I progress as I digress” es aquí llevado al límite: si en El paseo lo recorrido se vuelve infinito tiempo, en este Diario no hay ni siquiera paseo o camino y todo es cavilación y fijación, añadidura y desorden. Y si esto hace parte de lo último relativamente largo que escribió Walser, queda una sensación terrible: el descaro de la digresión es acaso el aviso de su viaje a sí mismo, el de decidir encerrarse y decir no más.

Pero quizá es por esto que me gusta tanto, que lo releo sin entender muy bien la fascinación; es como cuando intentamos recordar un buen sueño y la memoria no alcanza, decide dejar todo igual y no angustiarse. Uno se levanta: empieza a caminar.

Tomás David Rubio
Libélula Libros

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