lunes, 19 de enero de 2015

Gabriel García Márquez Una vida

Gerald Martin. Debate. Trad. Eugenia Vásquez Nacarino. 

Las glorias latinoamericanas tienen que ser ratificadas, nos guste o no, por la seriedad y el rigor europeo. Creo que Gerald Martin cumple con esta condición, como ya lo había demostrado, en los años 80, con su participación –con ensayos y notas– en la edición crítica de Hombres del maíz y El señor presidente de Miguel Ángel Asturias.

Martin es alguien que sabe admirar con independencia; que sabe entresacar de los innumerables datos de la vida de García Márquez lo que más cuenta; que sabe relacionar aspectos de la vida privada del novelista con su obra literaria sin caer en reduccionismos psicológicos o de otro tipo, y lo más importante, que es tal vez el mejor crítico literario de las novelas y cuentos del escritor colombiano.

Estas dos cosas juntas, un buen biógrafo sumado a un buen crítico, es lo mejor que le ha podido suceder a García Márquez. Si tenemos en cuenta que mantenerse en el tiempo es el mayor logro de un escritor, independientemente de ventas o premios –incluido el Nobel­–, un estudio como el de Martin puede inducir a que otros trabajos serios vengan después y comience a darse la consagración del escritor, si es que ello ocurre. En ese caso Martin habría hecho un trabajo invaluable.

Martin es duro con el biografiado y con la sociedad colombiana: “Como es natural, el espectro del incesto, cuya sombra planea inevitablemente sobre un matrimonio como el de Nicolás y Tranquilina (ambos ilegítimos y además hermanastros), añade otra dimensión, mucho más siniestra, al concepto de ilegitimidad. Y más adelante Nicolás sembró, tal vez, docenas de hijos ilegítimos después de casarse. Vivía, no obstante, en una sociedad profundamente católica, en la que se respetaban todas la jerarquías y esnobismos tradicionales, en la cual los órdenes más bajos correspondían a los negros o los indios (con quien, por descontado, ninguna familia respetable quería verse relacionada en ningún sentido, a pesar de que en Colombia prácticamente todas las familias, incluso las más respetables, tienen esa clase de parentesco). Esta mezcolanza caótica de raza y clase, con tantas probabilidades de ilegitimidad y un único camino, recto y estrecho, a la verdadera respetabilidad, es el mismo mundo en el que muchos años después crecería el pequeño García Márquez, y de cuyas perplejidades e hipocresías participaría” (pág. 31).

Pero no todo estaba perdido. Nicolás, el abuelo, el coronel, jugó un papel fundamental en la vida de su pequeño nieto. Hizo las veces de figura paterna, le sembró las bases para afrontar el mundo y para ser relativamente autónomo.

“Tanto en España como en América Latina tradicionalmente el ámbito de las mujeres era la casa, mientras que la calle era el de los hombres. Fue el abuelo, el coronel, quien lo rescató poco a poco de aquel mundo femenino de superstición y premoniciones, de aquellas historias que parecían surgir del lado oscuro de la naturaleza misma, y quien lo instaló en el mundo de la política y la historia que es propio de los hombres; lo sacó, por decirlo así, a la luz del día” (pág. 73).

Si bien el abuelo murió cuando el nieto tenía ocho años, el bien ya estaba hecho. García Márquez tendría una familia más monógama que la de su abuelo y que la de su padre, que era incurable en este aspecto. El abuelo lo capacitó para vivir pero también para desplegar su talento.

Javier Vélez Acosta
Libélula Libros

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