lunes, 19 de enero de 2015

Metrópolis

Thea von Harbou, Gallo Nero. Trad. Amparo García.


Para empezar, una fascinante fotografía al interior de un apartamento berlinés de inicios del siglo XX. Ella tiene en su regazo un enorme libro, mientras él, tendido con la cara hacia el suelo, se entretiene con otro. Ella fue escritora, actriz y guionista. Él también fue guionista y actor, además de productor y director de cine. Ella es Thea von Harbou. Él es el austriaco Fritz Lang. Y esta es la testimonial fotografía impresa al interior de la cubierta de Metrópolis, novela maquinada por von Harbou y presentada en 1927, en el momento en que Lang, su prometido, estrenó la película que bajo el mismo nombre se volvería una pieza de colección infaltable en cualquier filmoteca. Sin embargo, Fritz se exilió en Hollywood empezando los años 30 del siglo XX, luego de rechazar la propuesta de producir propaganda para el Tercer Reich, mientras von Harbou tomó para sí la despiadada dureza del régimen totalitario.

Joh Fredersen, el padre y Amo de la gran ciudad-máquina nombrada Metrópolis, poseedor de una voluntad poderosa y concentrada; Freder, su hijo; María, una hermosa joven habitante de la ciudad subterránea, la “Ciudad de los Muertos”, sobre la que se alza Metrópolis y sus excesos; una multitud de obreros engañada, ebria y ávida de destrucción; Rotwang, el gran inventor de máquinas y procesos, y su sofisticado instrumento compuesto de vidrio y metal, una andreida, a la que nombra “Futura” “Parodia” o “Engaño”, son los engranajes principales de esta novela.

Con una imaginación desbordante, von Harbou fabrica una novela que, entre traiciones y amores inexplicables, muestra de manera disimulada cómo una democracia de masas en crisis permite no sólo la manifestación de un poder horroroso, sino, además, la transmisión del mismo a un sucesor, para la prolongación de su dominación. Bajo un sueño febril, Joh Fredersen, el Amo de la ciudad-máquina, engaña a los habitantes, tanto de la superficial Metrópolis, como a los de la subterránea “ciudad de las tumbas”, con la ayuda non sancta de Rotwang, el gran inventor, con la única intención de convertir a su hijo Freder en redentor de una masa extrañada frente al mundo. 

Así, adquieren significado las palabras pensadas por Joh luego de ver realizados sus planes: “Vosotros sufristeis y fuisteis redimidos por el sufrimiento. Así alcanzasteis la felicidad. ¿Vale la pena sufrir? Sí”, palabras que cualquier führer asumiría plácidamente, mientras que la multitud, luego de ver truncada su voluntad de destruir el sufrido mundo que conocía, reanuda su trabajo nuevamente.

William Ospina Mejía
Libélula Libros

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