viernes, 10 de junio de 2016

Elogio de Hernán Hoyos


Estaba transitando de niño a muchacho cuando leí por primera vez una novela de Hernán Hoyos. Al lado de la casa, en Palmira (Valle), siempre hubo un taller de rebobinados eléctricos con lo que ahora se llamaría una oficina de atención al cliente. La novela de Hoyos la encontré sobre el escritorio del dueño del taller: “Cuidado con eso”, “No la deje ver”. La llevé para la casa y la leí en par patadas. Tengo en la memoria remota la conmoción psíquica y el sacudón hormonal que produjo la lectura cargada de descripciones abiertas, descaradas y lúbricas. Las novelas de Hoyos, al lado de los libros de vaqueros, detonaron un gusto por los libros como portadores de secretos y revelaciones de intimidad. 
     Hace unos cuatro o cinco años, en Cali, mi hermano Óscar organizó una fiesta con asado incluido. La rumba empezó pasadas las diez de la noche, el humo del carbón nos sacó para la calle. “Te presento a este man que le gustan los libros como a vos”, pudo haber dicho mientras nos invitaba a estrechar las manos a un profesor catedrático de la Universidad del Valle y a mí. Tres o cuatro medias de guaro después, el profesor de filosofía daba cátedra sobre la vida y obra del más grande escritor de pornografía que ha dado Colombia: “Escribió más de cuarenta novelas y las he vendido con libros piratiados”. En la madrugada, el profesor de filosofía y librero informal del centro de Cali prometió hacerme llegar un ejemplar de El Tumba Locas, considerada opera prima del porno nacional junto a Sin calzones llegó la desconocida.
     La novela llegó por Servientrega con un predecible “Que la disfrutés” escrito en una tarjetica de presentación de las que usa mi hermano en su actividad profesional como veterinario. La portada tiene un diseño de apariencia ingenua: en la parte superior, en un recuadro amarillo desteñido, se lee Obras Completas. Un dibujo a lápiz de un rostro de hombre maduro, regordete y satisfecho ilustra la portada dominada por un fondo negro. El título está escrito con letras chuecas dándole un aire cómico al diseño general. 
     Empecé a leer imaginando la manera como un libro pudo tatuar la memoria de alguien ya muy lejano: lo vi sentado en la oficina de un taller de reparaciones eléctricas, leyendo sin entender y sin saberse observado.

Mario Hernán López.
Libélula Libros

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