viernes, 10 de junio de 2016

Una reflexión sobre la lectura

Me solicitan mis amigos de la librería Libélula que escriba un texto en el que exprese mis deseos para el año ya en curso en lo que al mundo editorial se refiere, y no puedo sino repetirme. Insistir una vez más en mis deseos de que mis hermanos en la lengua acaben por encontrar el modo de mantener una actitud mucho más distendida en su relación con la cultura. Ojalá se termine de una vez por todas con ese ritornelo de que la letra con sangre entra. Es patético comprobar cómo año tras año vemos que en nuestros países se destina a las peores personas para orientar la cosa cultural, y oír constantemente, a los que creen estar al otro lado, eso de “cultura gratuita para todos”. Quien no lee es quien prescribe la muerte del libro y también la cultura gratis para todos. Apelemos, pues, desde estas páginas al sentido común, a la reivindicación una vez más de la lectura, de una lectura libre y no prejuiciada.

Alejandro, un estudiante de once años, sorprendentemente por lo prematuro de sus palabras, dijo: “Para mí lo más importante del arte es traducir una cosa bien. Saber traducir algo que tenga un buen contenido, algo especial. Porque ¡dentro tenemos el arte!, ¡todos lo tenemos!, pero hay que saber traducirlo para sacarlo fuera y ofrecerlo a los demás”. ¿Qué es si no la lectura? Al leer traducimos en el sentido en que lo dice nuestro amigo Alejandro, sacamos al exterior aquello que permaneció oculto y que la lectura es capaz de detectar en nuestro interior.

Hoy por hoy si, por lo que se ve, lo que se pretende es otorgar a los niños sólo un PC en las escuelas y no se les provee de un buen archivo, es decir, de una biblioteca, la falta de memoria de los mismos, es decir, la ausencia en ellos de la cultura de sus antecesores se va a agudizar más y más. Me refiero a que cundirá más y más en ellos la ignorancia hasta el punto de que ni siquiera sabrán qué es ese archivo llamado historia. Van a laminar su memoria.

Pocos niños saben hoy, porque nadie se lo ha enseñado antes, lo que es y significaría para sus vidas la singular experiencia que consiste en leer solo y en silencio. Huelga decir que la responsabilidad la tenemos los adultos, padres y maestros. Nadie ha sabido ejercer sobre ellos la seducción necesaria para que adquieran el placer de la lectura. Nadie los ha dirigido como lo que son, personas. Si los niños son sagrados lo son precisamente por los hombres en los que se convertirán en el futuro. Y como dijo un sabio, "los niños no son propiedad de nadie salvo de su libertad futura". Hemos preferido actuar como agentes censores inculcándoles la necesidad y obligación de la lectura, antes que haber creado en ellos estados de perplejidad que favoreciesen el acceso a ese maravilloso descubrimiento que está esperándolos y que puede abrir sus ojos a mundos ignotos, propiciarles diálogos con personas con las que nunca hubieran pensado encontrarse, viajar a otros lugares, etcétera. En fin, nos ha aterrorizado dotarlos de los instrumentos necesarios para que sean seres autónomos y libres.

De todos es sabido que se empieza a leer por el oído. En el origen de mi formación infantil de lector, siempre lo digo, tuve el privilegio de contar con dos mujeres. Una mi madre, que me leía en voz alta; otra, una cocinera extremeña, empleada en casa de mis padres, que me contaba historias como nadie jamás me las contó. Es decir, accedí a la literatura por sus dos vías naturales: por la oral y por la escrita. Ambas supusieron un lujo para mi vida posterior y constituyeron las piedras miliares y morales sobre las que se construyó el que después fui. A ambas, en suma, les debo lo mejor que la vida me trajo después.

La lectura no es innata al ser humano; la escucha, sí. Narraciones, canciones, juegos orales, lecturas compartidas en voz alta, algo que casi se ha olvidado ya y que ha sepultado la velocidad de nuestras vidas, todo eso constituye las primeras invitaciones a la lectura, pero no sólo cuando el niño aún no sabe leer, sino también mientras está aprendiendo e incluso cuando ya lo ha conseguido de forma autónoma. El placer de leer es un acto de amor, de contagio, y va acompañado, no se nos olvide, de ritos, de ritmos, de ecos, de recuerdos de gente que ya nos dejó, de entonaciones, de prosodia.

Estamos en un momento en que ya no se trata sólo de establecer mayores índices de lectura, esos que gustan tanto a las “autoridades”. Pues si bien es cierto que en nuestros países existe actualmente un porcentaje muy alto de personas que no leen un solo libro en su vida y un porcentaje afortunadamente menor de analfabetismo, también lo es, y esto es lo más grave y preocupante, que entre aquellos que leen o han leído se disparan los porcentajes de falta de comprensión real de cuanto han leído. Nos encontramos, pues, en una situación en que además de seguir impulsando la alfabetización, se hace necesario, y yo diría que imprescindible, enseñar a leer, es decir, enseñar a comprender aquello que se lee, además de que lo que se lea sea de calidad.

No es lo mismo comprender un buen chiste, que un chiste malo. Y desde luego, lo mismo da no comprender un chiste, sea éste bueno o malo. 


Manuel Borrás
Fundador y editor de la editorial Pre-Textos.

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