viernes, 10 de junio de 2016

"Voces de Chernóbil", Svetlana Alexiévich, Debate. Trad. Ricardo San Vicente.

Cuando la vida deja de ser todo lo que conoces.

No sé si Svletana Alexiévich merece o no ser reconocida con el Premio Nobel, tampoco quiero entrar en esa discusión que además de pretenciosa me parece un tanto inútil. Lo que sí sé es que Voces de Chernóbil merece –por mucho– ser leído. Más que del drama de la explosión de uno de los reactores de la Central Atómica de Chernóbil en una madrugada de abril de 1986, el libro de lo que nos habla es del Hombre Soviético, de lo que significa serlo y de cómo condiciona la manera de actuar de cada individuo ruso en su ámbito privado y respecto del colectivo.

El modo de ser soviético es fruto de la mezcla de vivencias extremas como la Revolución, la Gran Guerra, el cerco de Leningrado, temperaturas inclementes, pogromos, expatriaciones, gulags, Stalin; todo esto traducido en un sentido profundo del sufrimiento, un fatalismo al exceso, una sensación permanente de ser engañado, negación y nihilismo. Educado en un sistema que le provee de lo básico y que decide su destino, en términos generales el hombre soviético es un hombre inocente y desvalido, sin ninguna iniciativa. En palabras de Natalia Arsenievna –una de las voces a las que Alexiévich da eco– “Han hallado el sentido y la justificación de cuanto ocurre en el propio sufrimiento, lo restante parece no tener importancia…”. Por otro lado, preparados por décadas para responder a la guerra, a los ataques de occidente; entienden la vida como una lucha, para ellos “la victoria no es un acontecimiento, sino un proceso”, con una permanente “necesidad de encontrar un lugar para dar muestras de valor y heroísmo”.

No de otra forma se explica la manera como toda una sociedad, cada quien desde su perspectiva social y cultural, respondió a la peor tragedia de origen nuclear que la humanidad haya imaginado. Después del incendio, nada volvió a ser igual. Aunque el sol siguiera brillando, los campos produciendo, los ríos corriendo, toda la vida había dejado de ser lo que había sido hasta entonces. Un estado de guerra sin guerra, los hombres reclutados para atender el desastre: hombres indefensos puestos en la línea de fuego que mueren como en la guerra, pero en tiempos de paz, evacuaciones, campos abandonados, niños indefensos, jóvenes viudas, el silencio del gobierno y claro, la muerte que parece ir de fiesta por toda Belarús.

El libro permite que oigamos la voz –que más que voz es el grito– de hombres, mujeres y niños que de alguna manera vivieron ese Chernóbil que aún hoy no comprendemos y que nos muestra una vez más la infinita fragilidad del ser humano. 

Leonora Castaño
Libélula Libros

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