miércoles, 28 de septiembre de 2016

"Ensayo sobre la supresión de los partidos políticos", Simone Weil (con dos ensayos de Simon Leys y epílogo de Czeslaw Milosz). Confluencias. Trad. José Miguel Parra.

La editorial Confluencias está haciendo una gran tarea: su fondo responde a esa idea renacentista de que los libros de un catálogo son las páginas con que el editor escribe su propio libro. Leys –a quien también publicó Confluencias: Ideas ajenas– y Weil pertenecen a ese raro pero fecundo clan de las letras francesas: los escritores católicos. A Leys –sinólogo y chestertoniano– y a Weil –destacada helenista– les cabe lo que decía Nicolás Gómez Dávila de sí mismo: paganos que creen en Cristo. Otro vaso comunicante entre los tres: Milosz fue el primer traductor de Weil al polaco y Leys el primero en traducir este ensayo al inglés (para el NYRB). Los ensayos de los dos ya valen todo el libro (en especial, la anécdota sobre Camus, el Nobel y la visita a la madre de Weil). 

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El título es chocante y agresivo –sin duda–, y no tiene nada que ver con la clásica, directa elegancia de Weil. Tal vez responde a un gusto por ir al grano, como el de los antiguos. Y como en los antiguos, el ensayo no trata de lo que el título expresamente anuncia; Weil quiere abordar las grandes preguntas, esas que ya no creemos valga la pena hacernos: ¿es la democracia un bien o un mal? Si es un bien, ¿qué clase de bien? Si es un mal, ¿es un mal que valga la pena ser soportado? Eso que el año de 1789 vio nacer, ¿nos hace más o menos libres? Weil avanza con la paciencia de un monje medieval. Y la parábola de Chesterton sobre el monje y la luz –que Leys cita en su prólogo– ilustra como ninguna por qué necesitamos monjes todavía, quizá más que nunca. 

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"El verdadero espíritu de 1789 consiste en pensar no que una cosa es buena porque el pueblo la decide, sino en que si se dan ciertas condiciones el deseo del pueblo tiene más posibilidades que ningún otro de ser conforme a la justicia". Hoy, aun después de los sobrados ejemplos del siglo XX, pocos aceptarían que el problema de la democracia es precisamente que en su sistema de partidos y de mayorías se esconde –sin remedio, como cree Weil– el fantasma del totalitarismo: "El fin primero, y en el fondo el único, de cualquier partido político es su propio crecimiento, y ello sin límite alguno". Y luego: "Debido a esta triple característica, todo partido es totalitario en germen y en sus aspiraciones". "Ninguna cantidad finita de poder podrá ser considerada como suficiente, sobre todo una vez obtenida". Estas son las conclusiones, pero los argumentos que Weil utiliza para llegar a ellas no son menos fascinantes. (La teoría de Weil según la cual el sistema de partidos es una institución protestante provocada por la Inquisición es muy original.) 


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Los partidos son malos, sí, pero sus efectos son peores. "El espíritu de partido lo contamina todo". ¿Cómo? La respuesta es sencilla, engañosamente sencilla: nos hemos acostumbrado a pensar "a favor" o "en contra". ¡Y en todos los campos del conocimiento! Weil da muchos ejemplos, y creo que todos tenemos un listado personal. Otra vez tiene razón Chesterton: "Lo que está mal en el mundo es que no nos preguntamos qué está bien". 
 
Christian Camilo Londoño
Libélula Libros
 
 
Algunas frases de Simone Weil apuntadas por Simon Leys en Ideas ajenas:
 
"El pasado, cuando la imaginación no se regocija en él, justo en el momento en que una casualidad lo hace surgir con toda su pureza, es un tiempo del color de la eternidad. El sentimiento de realidad es puro entonces. Es pura alegría. Eso es la belleza. Proust". 
 
"Soledad. ¿En qué consiste, pues, su recompensa? Su recompensa consiste en la posibilidad superior de atención".
 
"La atención absoluta, sin mezcla, es un oración. Cada vez que prestamos verdadera atención destruimos una parte del mal que hay en nosotros".

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